Los brujos del pueblo humano no sabían nada de Kristal desde hacía tres días. Su última aparición fue una mañana nublada, cuando descendió los escalones del templo con aire triunfal y la cabeza en alto, asegurando que el Alpha Zar la había convocado para una reunión urgente.
—Seguramente querrá devolverme mi lugar como luna —había dicho mientras alisaba el vestido—. Al fin entendió que Elara no fue más que un error del pasado. Ya no queda rastro de ella.
Nadie se atrevió a contradecirla. Los brujos, fieles por años a su voluntad caprichosa, la vieron partir con paso arrogante sin imaginar que sería la última vez. Lo que Kristal ignoraba era que Zar no la había convocado para rendirle honores... sino para sellar su final. El Alpha había descubierto todo y había dictado su sentencia: ejecución al amanecer.
—Les ordeno que mantengan el orden aquí, porque si no les juro que no se quedará así,bola de mugrosos....tengan en cuenta que regresaré como la verdadera Luna Reina que soy— fue lo último que dijo.
Desde entonces, los brujos quedaron huérfanos de órdenes. El pueblo seguía su curso: marchas lentas, susurros entre casas, rituales nocturnos. Pero ya no había castigos ni vigilancias constantes sobre Elara. La loba, mantenida como prisionera durante diez años, apenas salía de su choza de piedra y barro, donde dormía encadenada al rincón más oscuro.
Uno de los brujos, tal vez el más viejo y de corazón menos endurecido, fue quien cambió el rumbo del destino.
—La Reina ya no está —murmuró, con voz ronca—. Y mi casa está hecha un desastre. Esta criatura puede ayudarme, al menos hasta que decidan qué hacer con ella.
Nadie protestó. Sin la autoridad de Kristal, los brujos dejaron que el anciano se la llevara. Le pusieron cadenas y grilletes, como siempre, y ella caminó cabizbaja detrás del viejo hasta llegar a una casita apartada, a medio camino entre el pueblo y el borde del bosque.
—Vamos, querida. No tengo todo el día —refunfuñó el brujo, aunque su tono carecía de verdadera dureza.
En cuanto cruzaron el umbral, la cadena cayó al suelo con un tintineo apagado. Elara alzó los ojos, sorprendida. No lo miró directamente, pero sus dedos tocaron con cautela los grilletes que ya no apretaban sus muñecas.
—Puedes moverte libremente aquí. No intentes escapar. Hay magia en el aire... o la había —añadió en voz baja, como si hablara consigo mismo.
Elara no respondió. Nunca hablaba. Había olvidado el sabor de las palabras.
Comenzó a limpiar en silencio. Barrió los pisos de piedra, limpió el hollín de las ventanas, recogió hierbas secas del suelo. Movimientos simples, repetitivos, mecánicos. Hasta que vio el jardín.
Más allá de la ventana, un pequeño sendero de piedra conducía a un espacio escondido entre altos arbustos. Flores salvajes crecían enmarañadas, y un sauce se inclinaba como un viejo guardián sobre un banco de madera cubierto de musgo. Pero lo que atrajo su atención fue lo que estaba más allá: el bosque.
Un bosque real. Salvaje. Libre.
Elara se acercó al ventanal. El viento cruzó entre las rendijas y acarició su rostro con suavidad. Cerró los ojos. Por un instante, no era prisionera. Por un instante, era solo... ella.
Y entonces ocurrió.
Un crujido sordo la obligó a llevar la mano al cuello. El collar. El maldito collar de obsidiana que había mantenido su mente encerrada durante años... ahora tenía una grieta. Apenas perceptible, pero real.
Otra ráfaga de viento. Otro crujido. Elara retrocedió, asustada, y sintió cómo una oleada de energía le recorría la columna. Algo dentro de ella despertaba. Algo que había estado dormido demasiado tiempo.
El brujo entró en la sala y la encontró con la mano sobre el pecho, respirando agitadamente.
—¿Qué haces? —preguntó.
Ella no respondió. Pero sus ojos, por primera vez en años, brillaban con vida.
La transformación fue súbita.
Un aullido ahogado escapó de sus labios. Su espalda se arqueó, los huesos crujieron, su piel ardió. El collar se resquebrajó con un estallido seco. Las cadenas mágicas, invisibles hasta ese momento, se deshicieron como ceniza. Elara cayó de rodillas y gritó, un sonido que no era humano ni completamente animal.
El brujo retrocedió, aterrado.
—¡No puede ser... no puede ser!
Pero ya era tarde.
Un resplandor cubrió a Elara, y su forma cambió. Donde antes hubo una figura encorvada y sucia, ahora se erguía una loba de pelaje oscuro y ojos inteligentes. Su cuerpo, fuerte y ágil, vibraba con poder.
Elara no entendía del todo lo que pasaba. Su memoria aún era una maraña de imágenes inconexas. Pero su instinto gritaba una sola palabra: huye.
Saltó por la ventana antes de que el brujo pudiera reaccionar. Cruzó el jardín como una sombra, y cuando sus patas tocaron la tierra del bosque, un nuevo rugido brotó de su pecho.
Libre.
Libre por primera vez en una década.
Corrió. El bosque la recibió como a una hija perdida. Las ramas se apartaban a su paso, las hojas susurraban su nombre. No sabía a dónde iba. Solo sabía que debía seguir corriendo, lejos, más allá del control, más allá del dolor.
A lo lejos, el brujo gritaba su nombre. Pero su voz ya no tenía poder.
Elara era viento, era fuego, era loba.
Y el hechizo... el hechizo estaba en parte roto.
Muy lejos de allí, en el castillo de Zar, el Alpha se detuvo de golpe en medio del bosque donde cazaba. Su corazón, seco durante años, latió con fuerza. Algo lo atravesó como un relámpago.
Y por primera vez en diez años... la sintió.
Era tan similar como volver a respirar de nuevo.