Desde lo alto de la terraza del castillo, todos observaban cómo la sangre empapaba la nieve en el claro del bosque. El viento helado no lograba apagar el hedor a muerte. Los cuerpos decapitados de los vampiros aún humeaban bajo la luz pálida del amanecer. La ofensiva nocturna había sido osada, casi suicida. Pero eso no importaba. Lo que importaba era el mensaje.
Zar, el Alpha, caminaba entre los restos con la camisa rota y las garras aún extendidas. La sangre le cubría el rostro como una máscara de guerra. Sus ojos, encendidos por la furia, no parpadeaban.
—¡Esto es lo que pasa cuando se atreven a cruzar nuestros límites! —rugió. Su voz retumbó en los pechos de todos los presentes.
Los lobos reunidos asintieron en silencio. Nadie se atrevía a hablar. Nadie se atrevía a dudar. Las cabezas de los vampiros decoraban las lanzas clavadas en la tierra. Un mensaje. Un juramento.
—¡No tendrán piedad de ustedes si ustedes la tienen con ellos! —gritó Zar, y lanzó una de las cabezas a los pies de los jóvenes soldados—. Protejan a sus crías, protejan a sus hembras, protejan nuestra historia. El que flaquee, muere. Sé muy bien lo que es perder, se los aseguro.
Dorian, el beta del Alpha, permanecía inmóvil. Lo había seguido desde su infancia, pero nunca lo había visto tan al borde del abismo. Elara. Siempre era Elara. Desde su desaparición, Zar ya no dormía, ya no comía como antes. Su salud tambaleaba, y con ella tambaleaba el corazón mismo de la manada.
Los rumores se esparcían como peste. Que Zar estaba perdiendo la razón. Que sin su luna estaba incompleto. Que Kristal no bastaba. Que jamás bastó.
Esa misma tarde, Dorian se acercó al despacho del Alpha. Golpeó suavemente. Una voz ronca y molesta le dio paso.
—Habla, Dorian. No tengo paciencia hoy.
—Mi Alpha... llegaron cartas de dos familias importantes. Ofrecen a sus hijas como luna, en caso de que decida desterrar a Kristal...otra vez..
El sonido del puño de Zar golpeando la mesa sacudió los candelabros. Papeles volaron. El silencio se hizo mortal.
—¿Me están ofreciendo hembras como si fueran ganado?! —escupió.
—Solo querían mostrar apoyo... en caso de que...
—¡En caso de que destierre a Kristal! —Zar se levantó de golpe, su energía haciendo crujir el piso de madera—. Ya cometí ese error una vez. Ya tomé una reina por obligación. Y ella destruyó todo.
Dorian bajó la cabeza.
—Lo sé. Pero la manada necesita estabilidad. Y Kristal...
—Kristal será ejecutada mañana.
El beta lo miró con espanto.
—¿Está seguro, mi Alpha? Pasó tanto tiempo desterrada...10 años...pensé que tal vez la había hecho volver para llegar a un acuerdo...
—¡No me repitas eso! —gruñó Zar, pero luego su mirada se oscureció, vulnerable por un segundo—. Dime, Dorian... ¿Lo has confirmado? ¿Está muerta Elara?
Dorian suspiró. No quería llegar a esto. No hoy. No así.
—Ya se lo he dicho Alpha.No hay cuerpo. Ningún testigo. Los salvajes que confesaron su muerte fueron ejecutados, pero su historia era endeble. Sin embargo, ni su primo ni sus allegados tienen rastro alguno de ella. Es como si se la hubiera tragado la tierra, como si estuviera ...muerta.
Zar cerró los ojos con fuerza, como si el dolor le perforara el pecho.
—El lazo... no sé si está roto. No puedo sentir nada. Pero tampoco puedo dejar de pensar en ella.
—Podría significar que vive. O que está en algún estado entre la vida y la muerte.
Zar dio un paso hacia la ventana. Afuera, el cielo comenzaba a oscurecerse. Las estrellas titilaban como viejas heridas abiertas.
—No puedo seguir así. Me consumiré.
—Entonces, ¿qué hará?
El Alpha lo miró con una sombra en la mirada.
—Me perderé en el bosque. Cazaré vampiros. Si siguen intentando cruzar nuestras fronteras, los encontraré. Y los mataré. Hasta que el dolor se calle o yo lo haga. Quedas a cargo hasta mí regreso.
Sin decir más, Zar comenzó a desabrocharse la camisa. Su cuerpo cambió. Los huesos crujieron, el pelaje surgió, los ojos se tornaron dorados y feroces.
Dorian no intentó detenerlo. Solo lo observó mientras el lobo gigante desaparecía entre la espesura, aún con sangre ajena en el hocico y el corazón ardiendo por la loba que no podía olvidar.
Quería desalentar la idea de Zar, porque el dolor de la pérdida de su mate de verdad lo estaba matando, pero muy en el fondo su mente lo inquietaba.
y si tal vez......solo tal vez, en algún lugar...ella seguía con vida?
La noche se preparaba para no tener descanso. Quién se cruzara con Zar Stone, no vería el amanecer.