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902 Words
La luna se ocultó detrás de un manto de nubes como si rehusara presenciar el horror. El viento, frío y cortante, aullaba entre las piedras rotas del viejo templo abandonado que se erguía como un espectro olvidado en medio de la aldea oculta. Elara, aún inconsciente, colgaba entre los brazos de dos figuras encapuchadas. Su cuerpo se estremecía por la fiebre, la herida en el cuello aún fresca por el dardo adormecedor que la había silenciado. Ella había peleado por escapar de aquello, pero todo había sido muy bien planeado. Desde las sombras, emergió Kristal, vestida de blanco. Un vestido de seda bordado en hilos de plata que se agitaba al compás de su risa quebrada. Tenía la belleza frágil de una muñeca costosa, pero sus ojos —grandes, brillantes y crueles— delataban su corazón podrido de rencor. Había que reconocer que ella si ostentaba el título de esposa del alfa. —¡Pónganla allí! —ordenó, señalando el altar de piedra ennegrecida. Los brujos obedecieron. El cuerpo de Elara fue colocado sobre la roca sagrada como si fuese una ofrenda maldita. El lugar, otrora templo de sabiduría, ahora era sede de un rito de venganza. Las antorchas crepitaban y el aire se impregnó de incienso espeso, casi irrespirable. Kristal se acercó y acarició el rostro de Elara con una ternura fingida, repugnante. —Siempre quise saber por qué te amaba tanto —susurró—. No eres más bella que yo...pero si te reconozco que en batalla debes saber algún que otro truco ... Se irguió con furia infantil, y de su escote extrajo el collar de obsidiana. Brillaba con un fulgor antinatural, como si hubiese sido tallado en la noche misma. Lo levantó con ambas manos. —¿Saben lo que es esto? —dijo a los brujos—. Fue forjado con piedra de luna muerta, en el corazón del abismo. Solo un alma loba puede sostenerlo sin que lo devore… y ella lo hará. Pero no recordará nada. Los brujos comenzaron a entonar cantos guturales, antiguos, como si cada palabra despertara a los dioses del olvido. Una daga ceremonial pasó de mano en mano hasta llegar al sumo brujo. Este la alzó sin vacilar y trazó una línea profunda en la palma de Elara. La sangre brotó oscura y espesa, como si también hubiese sido contaminada por el rencor de Kristal. —¡Hazlo ya! —gritó la loba desquiciada, y colocó el collar sobre el cuello de Elara, encajándolo como una trampa. Al contacto con la piel, el obsidiana pareció fundirse. Un estallido de energía recorrió el templo y la loba gritó, desgarrando el silencio con una voz que no parecía humana. Elara se retorció, presa del dolor, mientras su mirada se rompía en mil fragmentos. La magia la atravesaba, deshilando recuerdos, borrando rostros, arrancando nombres. Zar. Daniel. Su madre. Su primer aullido. Su miedo a la tormenta. Todo se deshacía como polvo en el viento. —¡¡¡¡NO PUEDEN HACER ESTO!!!! Kristal sonrió. Disfrutó del dolor, pero no por mucho. —Puedes... borrar mis recuerdos... Kristal... La reina giró, sorprendida. —¿Qué dijiste? Elara escupió sangre y sonrió con los colmillos manchados. —Pero nunca... vas a borrar... mi instinto. Y cuando vuelva a encontrarte... voy a arrancarte... los ojos con mis propias garras. Kristal palideció por un segundo, pero enseguida rió, esa risa aguda e inmadura que ocultaba su temor más profundo. —¡Estás delirando, pobre perra! —se burló—. En unos minutos no sabrás ni hablar. —Puede ser... —susurró Elara mientras sus ojos se cerraban—. Pero algo dentro de mí... te recordará. Y cayó en la oscuridad. —Vas a vivir, Elara. Vas a vivir sin saber quién eres Entre humanos que te temerán, sin manada, sin destino. Un monstruo sola. Y lo mejor es que Zar nunca te encontrará. Una ráfaga helada barrió el templo. El canto se detuvo. Elara yacía inmóvil, con la mirada perdida. Respiraba, pero estaba vacía. Solo el collar seguía latiendo, como un parásito oscuro colgado de su garganta. Kristal la observó un instante más, y luego se volvió hacia los brujos: —Que nadie jamás la toque. Ella es mía. Su sangre es mía. Quiero que cada noche le recuerden que no es más que una herramienta. Que le extraigan la sangre para mis rituales... Y si algún día sospecha algo, repítanle que los lobos están extintos. Que fue la última y que sobrevivió por error. —Sí, reina —murmuraron los brujos a coro, jamás hubieran querido estar bajo el mando de semejante criatura caprichosa, pero así era el mundo, ellos eran los débiles. La luna seguía oculta. El cielo lloraba una lluvia muda, y las sombras celebraban en silencio el nacimiento de una nueva prisionera. --- Desde entonces, durante diez años, Elara fue mantenida en ese limbo, caminando entre humanos que la temían, vigilada por los siervos de Kristal, sometida a los rituales nocturnos donde su sangre era drenada gota a gota. Nunca escapó. No porque no pudiera… sino porque no recordaba a dónde volver. —No entiendo .... ¿por qué no recuerdo nada?— solía susurrar entre calvarios y delirios. Solo el collar le pesaba, como un eco mudo de algo que había sido importante. Pero la luna no se esconde para siempre. Y la memoria… siempre encuentra la forma de resurgir.
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