La noche en que Elara fue arrebatada del castillo se fundió en la historia como una tragedia silenciosa. Ni siquiera la luna, testigo de todas las cosas, osó gritar. Fue Kristal, la Reina de la Sangre Helada, quien orquestó el secuestro con precisión letal. Aprovechó la confusión de una cacería nocturna y el descuido de una guardia confiada. Con la ayuda de antiguos magos desterrados, cubrió su rastro con hechizos de niebla y silencio.
Zar jamás la vio partir.
Cuando regresó a sus aposentos, lo único que halló fue una marca de garras en la piedra… y el perfume de Elara, aún flotando en el aire, como un lamento atrapado.
Durante semanas, la manada buscó. Durante meses, Zar gritó su nombre. Pero un grupo de lobos salvajes —capturados en la frontera norte— confesó haberla asesinado. Confesiones logradas bajo el embrujo y el oro de Kristal. Zar, con el corazón destrozado, los ejecutó uno por uno. Nunca supo que había sido engañado por su propia esposa.
Kristal no murió entonces, pero sí fue desterrada.
Zar le dejó un pedazo de tierra maldita, una aldea humana olvidada por los mapas, lejos de todas las manadas y de toda magia pura. "Que vivas rodeada de los que te temen. Que no seas reina de nada", le dijo.
Pero Kristal convirtió esa miseria en poder.
Instauró un reinado de miedo y brujería, con ayuda de los mismos magos oscuros que la habían ayudado a robar a Elara. Al pueblo lo llamaron Lunaria, aunque la luna nunca brillara en sus cielos sin nubes.
Allí, Elara fue encerrada.
La primera noche, le colocaron un collar de obsidiana encantada que borró de su mente todo rastro de su pasado. No recordaba su nombre, ni su origen, ni el fuego en su pecho que alguna vez se llamó Zar.
Le dijeron que era la única loba sobreviviente, que su especie había sido extinguida por guerras antiguas. Que debía agradecer estar viva.
Y por diez años, Elara creyó.
No intentó escapar. No por cobardía, sino por un hechizo más cruel que la prisión: la ilusión de no tener adónde ir.
Kristal reinaba como una diosa entre humanos, disfrazada de benefactora, pero cada noche ordenaba que llevaran a Elara al templo. Los magos la ataban a un altar de piedra y le extraían sangre bajo los cánticos de la luna. Su esencia de loba —única en ese mundo humano— era usada para mantener el equilibrio de hechizos, sellar pactos, y prolongar la vida de Kristal.
Los rituales la dejaban exhausta, pálida, con las venas ardiendo y el alma temblando. Pero no recordaba por qué lloraba al dormir. Su cuerpo sí lo sabía, aunque su mente no.
Los aldeanos la vigilaban todo el tiempo. Le sonreían con hipocresía, pero detrás de cada puerta había un ojo. Las órdenes eran claras: “Que no recuerde. Nunca.” Porque el recuerdo traería poder, y el poder, libertad.
Los años pasaron como gotas de agua en una piedra. Desgastando.
Pero una noche, cuando la luna roja se alzó sobre Lunaria, algo cambió.
Elara soñó con un campo de lirios azules y un lobo de ojos dorados que le decía su nombre con voz temblorosa. “Elara… mi luna… vuelve.”
Se despertó llorando.
No sabía por qué.
En los días siguientes, los sueños continuaron: fragmentos de un castillo, un bosque, el sonido de un aullido. Y el rostro de un hombre: tan bello como la noche, tan salvaje como una tormenta. Ese rostro la hacía temblar.
Intentó hablar con los magos. Pero ellos la enmudecían con miradas. Los humanos la alejaban del templo. El collar apretaba cada vez que pronunciaba palabras como “manada”, “alfa”, o “amor”.
El pasado buscaba abrirse paso.
Kristal lo sintió.
El vínculo con el collar la alertaba cada vez que una grieta aparecía en la mente de su prisionera. Pero esta vez, era diferente. Algo se estaba rompiendo. Elara estaba cambiando. Ya no era solo una loba exiliada; era un recuerdo encarnado.
Kristal supo que debía actuar.
Pero esa misma noche, el destino —o los dioses— decidieron que era hora de ajustar cuentas.
Un mago, harto de sus abusos, envenenó su vino. Fue una muerte silenciosa, indolora… pero definitiva. La Reina de la Sangre Helada murió entre sedas, sin gloria, sin testigos.
Y con ella, se quebró el pacto que sostenía la prisión.
Los magos, sin su centro de poder, huyeron.
El collar de Elara crujió y se partió.
Y más allá del bosque oscuro, un grupo de lobos rastreadores —en misión para inspeccionar viejas tierras— encontró algo extraño: cenizas aún calientes, un altar roto… y el perfume, inconfundible, de una loba perdida.
Zar aún no lo sabía, pero su luna... no había muerto.
Solo había dormido.
Y estaba empezando a despertar.