10
La lluvia cesó al amanecer, dejando al castillo cubierto de un velo de neblina que abrazaba las torres como un secreto no dicho.
Elara despertó sobresaltada. Una pesadez extraña le oprimía el pecho, como si algo invisible hubiese estado mirándola toda la noche. Se levantó despacio y abrió las cortinas de terciopelo granate. A lo lejos, los bosques aún ardían de humedad y misterio.
No era fácil olvidar la conversación con Zar la noche anterior. Había algo en su mirada… algo que dolía y envolvía a la vez.
Bajó por el corredor de piedra, descalza, buscando distraerse. Todo estaba extrañamente en silencio. Los guardias habían recibido orden de mantener distancia. El castillo entero parecía contener la respiración.
Giró en una curva del pasillo y se detuvo en seco.
Zar estaba allí.
De espaldas, sin camisa, apenas cubierto con un pantalón oscuro. Su torso tenía cicatrices antiguas, marcas que contaban historias de batallas, de dolor... de soledad.
Elara quiso dar media vuelta, pero el crujido de la madera la delató.
Zar se giró. La miró como si la hubiese estado esperando.
—¿Te perdiste, mi loba? —preguntó con esa voz grave que le rozaba el alma.
—Solo... caminaba —respondió ella, con la respiración más rápida de lo que quisiera.
—Ven. Quiero mostrarte algo —dijo él, acercándose con calma.
Ella dudó, pero algo en su pecho rugía por seguirlo. Por entenderlo. Por enfrentarse, al fin, a lo que tanto tiempo había reprimido.
Zar caminó hasta una gran puerta escondida tras un tapiz polvoriento. Con una llave de hierro, la abrió. El sonido de los goznes oxidados sonó como una invitación prohibida.
La sala estaba en penumbra, iluminada solo por la luz trémula de un par de antorchas. Era una especie de biblioteca privada, con una chimenea encendida y un ventanal que daba al bosque.
—Aquí venía cuando no podía más —dijo él, dejando la llave sobre un mueble—. Cuando Kristal me miraba con desprecio, cuando el consejo me exigía que la tocara… cuando yo solo pensaba en ti.
Elara sintió que se le helaba la sangre. Zar no la miraba, hablaba al fuego.
—Te busqué tanto tiempo —continuó él—. Esperé que cambiaras de idea, que volvieras. Cuando supe que te habías unido a otra manada, supe que debía soltar. Pero no pude.
—Te casaste.
—Con una sombra. Me casé con Kristal para calmar al mundo. Pero no le di nada más. Ni mi cuerpo, ni mi alma. Ella se fue sola… y agradecí su partida.
Se giró hacia ella, ahora sí, con los ojos llenos de un fuego antiguo. Un hambre mezclada con pena. Deseo contenido.
—Pero tú estás aquí —susurró.
Elara se mordió el labio. Quiso decir algo, pero su voz se negó.
Zar dio un paso.
—No me toques si no me quieres —le advirtió ella, apenas un hilo de voz.
Él se detuvo.
—¿Y si te deseo más que al aire? ¿Y si tu perfume me sigue cada noche? —murmuró.
Ella bajó la mirada. Su loba aullaba en su interior. Cada fibra de su ser le gritaba que lo amaba, aunque su orgullo la retuviera.
Zar se acercó con lentitud. No la rozó. Pero su aliento le rozó la mejilla.
—Si me lo pides, no me moveré —dijo él—. Pero no me obligues a fingir que no te siento aquí...
Elara tembló.
Entonces lo hizo.
Alzó la mano y la posó en el pecho de Zar. Su corazón latía desbocado.
Y él no se movió. Esperó. Como un lobo esperando la orden de su alfa.
Elara lo miró a los ojos. Por fin, sin miedo. Sin cadenas.
—Quédate esta noche. Solo eso.
Elara dudó. Miró alrededor. La chimenea, el silencio, los libros antiguos. Su piel contra la de él. Su pasado contra su presente.
—Solo esta noche —susurró.
Zar sonrió, apenas. Se acercó a la chimenea y sacó dos copas de vino oscuro.
—Brindemos, entonces —dijo—. Por las decisiones que duelen… y los cuerpos que no se olvidan.
Elara aceptó la copa. Brindaron en silencio. El vino ardió como promesa en su garganta.
Y cuando se sentaron, juntos, en el sofá de piel junto al fuego, el mundo pareció desaparecer.
No hubo besos.
No aún.
Solo miradas, roce de dedos, y la certeza de que algo ancestral volvía a despertarse.
Una luna nueva asomó entre las nubes.
Y esa noche, aunque nada pasó en palabras o gestos abiertos, fue más íntima que cualquier unión carnal.
Porque ambos sabían que, desde ese instante, ya no habría vuelta atrás.