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1048 Words
9 La tormenta no cesó durante toda la noche. Los relámpagos cruzaban el cielo como grietas en la oscuridad, y el sonido del trueno retumbaba en los muros del castillo como un corazón latiendo con furia. Elara no podía dormir. No después de todo lo que había leído… ni con Zar tan cerca. Las palabras del diario aún ardían en su pecho: “Confía, aunque duela. Ama, aunque queme.” Un golpe suave en la puerta la sacó de su ensoñación. —¿Puedo pasar? —la voz de Zar, grave, amortiguada por la madera. —Adelante —respondió, casi en un susurro. Zar cruzó el umbral. Llevaba una camisa negra de lino, apenas abrochada, y una copa de vino oscuro en una mano. La lluvia había humedecido su cabello, que caía desordenado sobre su frente. No traía su corona. No traía su guardia. Solo era él, el hombre debajo del título. —No podía dormir —dijo, acercándose—. Pensé que tú tampoco. Ella asintió y se hizo a un lado para que entrara por completo. La habitación era pequeña pero cálida, con una chimenea encendida y el aroma suave de flores secas impregnando el aire. Zar le tendió la copa. —Es vino de sangre y moras. Ayuda a relajar… y a olvidar. —No quiero olvidar —contestó Elara, tomando un sorbo—. Quiero entender. Sus ojos se encontraron. Por un instante, no fueron loba ni rey, enemigos ni aliados. Solo dos almas cargadas de pasado, heridas que aún sangraban y secretos que temblaban por salir. —Hay una habitación —dijo él, bajando la voz—. Nadie entra allí desde hace años. Mi madre la usaba para rituales de silencio. Es el único lugar del castillo donde no se escuchan los ecos. —¿Y por qué querría estar en silencio contigo? —Elara alzó una ceja, desafiante, pero su voz no tenía fuerza. Sabía lo que se estaba formando entre ellos. Lo sentía. Zar sonrió apenas, esa curva oscura de su boca que siempre escondía algo más. —Porque en el silencio se dicen cosas que las palabras no pueden sostener. --- La habitación estaba oculta detrás de un tapiz viejo, en la torre más alejada. Zar la condujo en silencio, sin tocarla, pero con una presencia que rozaba su piel como un incendio contenido. Cuando llegaron, la puerta crujió al abrirse. Dentro, la piedra estaba cubierta de tapices rojos y dorados, y el suelo tenía inscripciones antiguas que apenas brillaban bajo la tenue luz de las velas. —Aquí no hay pactos —murmuró Zar al cerrar la puerta—. Solo verdad. Elara lo miró, el corazón latiendo en su garganta. —¿Y cuál es tu verdad, Zar? Él se acercó, despacio, como un lobo que no quiere asustar a su presa. Pero ella no era una presa. Lo supo cuando sus ojos se encontraron. Ella no retrocedió. —Mi verdad —dijo él, sin apartar la mirada— es que no te he podido sacar de mi cabeza desde aquella noche. Aunque me odiaras. Aunque yo me odiara. Hay algo en ti, Elara… algo que me arrastra. Elara sintió que el aire se volvía más denso. La tormenta seguía rugiendo afuera, pero allí dentro solo existía la tensión entre ambos. —Yo no sé si puedo perdonarte —dijo ella, la voz entrecortada—. Me arrancaste algo que no tenía precio. —Y sin embargo —Zar se acercó un poco más—, me entregaste tu vida… aunque fuera por los tuyos. —No fue por ti —aclaró, pero no se movió. Zar levantó una mano y la posó suavemente sobre su mejilla. No hubo fuerza, solo contacto. Su pulgar acarició su piel, lenta, reverente, como si midiera cada milímetro. —¿Y ahora? —preguntó él—. ¿Tampoco es por mí? Elara sintió que algo se rompía dentro. Una grieta en su armadura. Un deseo que había negado incluso a sí misma. —No lo sé —confesó, y sus dedos lo rozaron también, rozando su muñeca—. Pero si cruzamos esta línea… no habrá vuelta atrás. —Ya la cruzamos hace mucho —susurró él. Y la besó. --- Fue un beso cargado de rabia y necesidad, de cicatrices que querían volverse caricias. Elara respondió con la misma intensidad, sus labios chocando con los de él como una batalla sin tregua. Zar la tomó por la cintura y la atrajo contra su cuerpo, y ella dejó que la envolviera. Sus bocas se buscaron como si quisieran reescribir la historia. No había prisa, pero sí urgencia. No había palabras, pero sí confesiones en cada roce. Zar deslizó su mano por su espalda, sintiendo el temblor en sus músculos. Elara enredó los dedos en su cabello, acercándolo aún más. El mundo desapareció. La capa de Elara cayó al suelo sin que lo notaran. Zar la levantó y la llevó hasta el diván cubierto de terciopelo. No se separaron ni un instante. Allí, entre velas y secretos, las heridas encontraron descanso. Las respiraciones se mezclaron. El deseo contenido se transformó en calor. Zar la contempló como si fuera un templo olvidado y ella lo sostuvo como si él fuera su ruina más hermosa. Elara tembló cuando él rozó su cuello con los labios. Su aliento la marcó. Su tacto la despertó. Y sin cruzar el umbral de lo prohibido, encontraron algo más íntimo que la carne: el permiso de ser vulnerables. --- Horas después, aún entrelazados, ella le habló con voz suave. —¿Y ahora qué somos? Zar le acarició el cabello, sin responder de inmediato. —Lo que el destino no pudo romper —dijo al fin—. Y lo que el mundo aún no entiende. —¿Esto cambia algo entre nosotros? —Lo cambia todo —respondió él—. Porque por primera vez en años… tengo miedo de perder algo real. Elara cerró los ojos. Por fin, dentro de un castillo de enemigos, había encontrado algo parecido a la calma. Aunque solo fuera por una noche. Aunque el amanecer los devolviera a la guerra. Pero por ahora… eran dos cuerpos latiendo al mismo ritmo. Y dos almas que, por fin, se habían atrevido a tocarse.
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