8
Elara cabalgó sin descanso hasta el borde del bosque prohibido, donde las sombras se espesaban como si respiraran. Daniel la había seguido en silencio, respetando su decisión aunque no la compartiera. Nadie se adentraba en las tierras del Rey Zar sin estar dispuesto a pagar el precio.
—No estás obligada —dijo él mientras desmontaban—. Podemos volver. Ya tenemos información.
—No es suficiente —respondió ella, ajustándose la capa—. No mientras él siga ocultando la verdad.
La fortaleza de Zar emergía como una bestia dormida entre los riscos. El aire era distinto allí. Más denso. Más antiguo. Como si el tiempo mismo se arrastrara.
La guardia de Zar los interceptó antes de que pudieran cruzar el puente. No atacaron, pero los rodearon con colmillos expuestos.
—He venido a hablar con su majestad —declaró Elara con voz firme—. Y sé que está despierto.
El silencio se hizo largo. Finalmente, uno de los guardias se apartó.
—El Rey ordenó que te dejáramos pasar… sola. Pero también ha dispuesto alojamiento para el alfa Daniel. Puede quedarse en la zona de los huéspedes, bajo vigilancia.
Daniel gruñó.
—No me gusta esto.
—Tranquilo —susurró ella—. No me hará daño. No hoy.
—¿Y si no regresas?
—Entonces busca respuestas. No venganza.
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Elara cruzó el umbral de piedra, sintiendo que cada paso la adentraba más en un pasado que aún no había comprendido del todo. Las paredes del castillo estaban adornadas con estandartes negros y símbolos antiguos. Todo olía a incienso, a sangre seca, a recuerdos enterrados.
Zar la esperaba en la sala del trono, de pie, sin corona. Su capa colgaba pesadamente sobre sus hombros, y su mirada tenía algo distinto esta vez: no era arrogancia, ni desafío… era un peso.
—Viniste —dijo, como si lo hubiera soñado.
—Tenías razón —dijo ella sin rodeos—. Esto es más grande que tú o yo.
Zar inclinó la cabeza.
—Lo supe desde que vi los cuerpos. ¿Quién más murió?
—Dos de los nuestros. Uno apenas era un cachorro. El otro, un amigo de Daniel.
—Lo lamento.
Elara lo miró con desconfianza.
—¿Lamentas la guerra? ¿O que no controlas al enemigo?
Zar suspiró y caminó hacia una mesa donde descansaba un antiguo libro de tapas de hierro.
—La guerra ya empezó mucho antes de que tú y yo naciéramos. Azrael no es un mito. Fue el castigo de nuestra especie por romper el equilibrio. Y ahora despierta… porque alguien volvió a invocarlo, y claro que él ha vuelto a nacer
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—¿Quién?
Zar guardó silencio.
—¿Quién, Zar?
Él levantó la mirada.
—Mi madre.
Elara parpadeó, sin entender.
—¿Tu madre? ¿La reina…?
—No es una reina. No lo fue nunca. Solo una portadora. Una bruja de sangre. Enviada por Azrael hace décadas para sembrar un linaje que abriría la puerta.
Azrael ha renacido miles de veces, en muchos tiempos distintos.
Elara retrocedió un paso.
—¿Y tú…?
—Soy el instrumento. Pero no la llave.
—¿Y quién es la llave?
Zar cerró los ojos.
—Tu madre. O al menos… lo fue.
Elara sintió que el mundo se tambaleaba bajo sus pies.
—Estás mintiendo. Ella murió protegiéndome. No pudo haber…
—Lo hizo para romper el vínculo. Para cerrar el ciclo. Pero no llegó a tiempo. Y ahora, el eco de su sacrificio nos llama a todos.
Un silencio helado se instaló entre ambos. La verdad dolía más que la traición.
—¿Por qué no lo dijiste antes? —preguntó ella, con la voz quebrada.
—Porque sabía que me odiabas. Y si te decía que nuestras madres fueron aliadas una vez, no me habrías creído.
—No te creo ahora —espetó Elara, aunque una parte de ella comenzaba a dudar.
—Entonces lee esto —Zar le ofreció el libro de hierro—. Es el diario de tu madre. Ella me lo dio antes de morir.
Elara lo tomó con manos temblorosas. Las páginas estaban llenas de símbolos, anotaciones en código y fragmentos en latín antiguo. Pero reconocía la letra. Era la de su madre. Y hablaba de Zar… no como un enemigo, sino como un niño perdido que necesitaba protección.
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Horas más tarde, Elara se hallaba sentada frente al fuego del castillo, leyendo en silencio, mientras Zar observaba desde la distancia. El diario revelaba una historia diferente: su madre había formado parte de un consejo secreto de guardianes, encargados de mantener sellado el portal de Azrael. Zar era parte del linaje destinado a cerrarlo. Pero algo se había quebrado.
—¿Por qué nunca lo cerraron? —preguntó ella sin levantar la vista.
—Porque uno de los guardianes traicionó el pacto. Y porque el miedo es más fuerte que la lealtad.
—¿Y ahora?
—Ahora tenemos que elegir —dijo Zar, acercándose—. O peleamos juntos… o morimos separados.
Elara lo miró por primera vez con otros ojos. No como el enemigo que la había obligado a someterse, ni como el Rey distante que gobernaba con puño de hierro… sino como alguien que también había sido víctima de un plan mayor.
—No confío en ti —declaró, pero sin dureza.
—Ni yo en mí mismo —respondió él, con una sonrisa amarga—. Pero eso no cambia el hecho de que necesitamos uno al otro.
—No estoy dispuesta a sacrificar más de lo que ya perdí —dijo Elara, devolviéndole el libro.
Zar la miró con seriedad.
—Quizá esta vez no tengas que hacerlo sola.
Un trueno retumbó a lo lejos. Elara levantó la vista. La tormenta se acercaba.
—Entonces unamos fuerzas —dijo finalmente—. Pero si me traicionas… te mato con mis propias manos.
Zar asintió.
—Justo lo que esperaba de ti, loba.
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Esa noche, mientras dormía en una de las antiguas habitaciones de piedra, Elara soñó con fuego… y con una voz conocida que le susurraba desde el más allá:
“El ciclo se repite… pero esta vez, no estás sola.”
Y al despertar, supo que el final estaba más cerca de lo que pensaba.