La luna, escondida tras nubes densas, apenas dejaba caer su luz sobre las ruinas del pueblo humano. Lo que alguna vez fue una aldea, ahora no era más que cenizas y escombros. Los cuerpos calcinados de humanos y brujos yacían entre la madera chamuscada, y el polvo gris flotaba como un manto.
Zar Stone, Rey Alpha del norte, observaba en silencio desde una estructura destruida. Su porte imponente contrastaba con el abandono del lugar. No había palabras en su boca, solo el eco de sus pensamientos. Sostenía unas cadenas oxidadas que colgaban de una pared a medio derrumbar.
—¿Aquí...? —murmuró, apenas audiblemente. —¿Aquí estuviste?
El metal aún frío hablaba de noches enteras, de prisión, de humillación. Zar cerró los ojos con furia contenida. Su instinto lo había guiado hasta ese lugar olvidado, cruzando territorios prohibidos y abandonando su manada temporalmente. Sabía, sin una sola prueba, que ese sitio guardaba las respuestas que lo atormentaban desde hacía una década.
No había aroma de Elara. Nada. Solo el persistente olor a quemado.
Detrás de él, las pezuñas de varios lobos comenzaron a acercarse. Dorian, su beta de confianza, lideraba el grupo que había recibido su llamado y arribado días después. Caminaban con precaución entre los restos.
—Esto fue una masacre —comentó Dorian, con la voz endurecida por la imagen.
Zar no respondió. Continuaba acariciando el eslabón final de la cadena.
Dorian levantó la mano y los demás lobos se dispersaron.
—Busquen rastros. Algo que nos diga qué pasó aquí. ¡Ya!
Mientras los lobos husmeaban entre los escombros, Dorian avanzó hasta su Alpha. El crujir de las piedras bajo sus botas parecía profanar el silencio sepulcral del lugar.
—Zar... —dijo con cautela—. Este lugar fue quemado entero, ¡por lo que veo no pudieron huir! Algo o alguien los tomó por sorpresa.
Zar solo asintió. El peso de las cadenas en sus manos era abrumador.
—Esta gente no era inocente, salvo por Elara.
Les di otra opción y todos quisieron venir aquí...con Kristal....a realizar esa magia oscura de la que eran fanáticos...
Entonces, desde el extremo del pueblo, el sonido de pisadas firmes llamó la atención de todos.
Daniel, Alpha de una de las manadas del Sur y primo de Elara, cruzaba los restos de la aldea flanqueado por dos de sus mejores lobos. Sus ojos, siempre severos, hoy estaban encendidos por la rabia. En sus brazos, el cuerpo moribundo de un brujo anciano, cubierto de ceniza, aún respiraba con dificultad.
Lo dejó caer frente a Zar con violencia medida.
—Aquí está tu testigo —dijo, sin molestarse en saludar.
Zar se irguió, con la cadena aún en una mano. Su mirada se cruzó con la de Daniel. Fuego contra hielo.
—No estoy para tus juegos, Daniel.
—Ni yo para tus lamentos tardíos. Si Elara estuvo aquí... ¡Tú la dejaste caer!
Dorian dio un paso adelante, cortando la tensión.
—¡Basta! Este brujo aún respira. ¡Que hable!
El anciano gimió, apenas consciente. Su cuerpo temblaba, y cada respiración era un esfuerzo.
—Nos... tomaron por sorpresa... —balbuceó. —Los vampiros... fuego... sangre...
—¡Habla de Elara!...la loba —exigió Daniel, arrodillándose junto al brujo. —¡Díme dónde estuvo!
El brujo alzó la mirada, perdida en algún punto del cielo nublado.
—Kristal... Kristal no quería que habláramos... Nos... nos prohibió mencionar nada...
Zar sintió que el nombre le quemaba.
—¿Ella estuvo aquí? ¡Habla! ¿Kristal les ordeno esto?
El brujo asintió levemente.
—Ella... ordenaba... ella... nos mataría si hablábamos...
—¡Cobardes! —escupió Daniel. —La tuvieron aquí como una esclava... ¡Durante diez años!
—¡Y todo por tu sed de poder, Stone! —arremetió con rabia, mirando al Rey. —Todo esto... es el karma de tu familia.
Zar no se movió. Sus ojos, clavados en el brujo agonizante, no parpadeaban.
—Kristal... —murmuró. —Ella ya está muerta.
Dorian frunció el ceño.
—Zar, si ella estuvo aquí, si Elara... si la mantuvieron encadenada... tenemos que saber si aún vive.
El anciano dejó escapar un último suspiro antes de cerrar los ojos para siempre.
Un silencio pesado cayó sobre todos.
Daniel se alejó con la mirada llena de reproche.
Zar permaneció quieto. Las cadenas colgaban de su mano como una acusación. No tenía respuestas. Solo furia.
Y en el fondo de su pecho, un dolor que había aprendido a disfrazar como autoridad, ahora lo consumía como fuego lento.
Porque si Elara había sufrido tanto... era por su error.
Y eso no lo perdonaría jamás.
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Dorian se movía con sigilo entre los restos ennegrecidos de la aldea, pero no perdió de vista a Daniel, que ya se retiraba con los suyos.
—¡Daniel! —lo llamó con firmeza.
El Alpha del sur se giró, levantando una ceja.
—Dorian, ¿ quieres acusarme de algo?
—Tus vínculos con los vampiros... no me pasan desapercibidos —le dijo el beta con frialdad—. Tu manada nunca ha sido atacada por ellos. Jamás.
—Y eso te basta para sospechar. ¡Increíble!
—Tengo que decirselo al Alfa. Esta información podría considerarse traición....lo sabes.
Daniel dio un paso adelante, con los ojos brillando de enojo.
—Mi familia ha pagado con sangre, Dorian. Y tú vienes a señalarme con el dedo.
—Todos somos lobos. Tenemos un enemigo común. ¡Recuérdalo!
—Nadie podrá decir que he hecho algo para perjudicar a los míos —afirmó Daniel, con el mentón en alto—. Pero tampoco voy a negar ni a confirmar nada.
Dorian frunció el ceño.
—Me sorprende que hayas aceptado la ejecución de Kristal, si mal no recuerdo Dorian ... siempre fuiste tan devoto respecto a ella..
Daniel soltó una risita seca.
—La verdad es que era hora, esa loba lastimó a Elara, a mí familia . Y a ti te sorprende que alguien como yo tome decisiones firmes. Con un Rey como el tuyo...
Dorian rugió, pero Daniel ya se daba la vuelta.
—Kristal está muerta. Cuida tus palabras Daniel.
Daniel no miró atrás. Su sonrisa ladeada fue su única respuesta mientras se alejaba con los suyos, dejando a Dorian mordiéndose la lengua y al borde de cruzar una línea que no podía permitirse.