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772 Words
Habían pasado diez días desde que los vampiros la encontraron en los límites del bosque, desnuda, herida y perdida. Diez días desde que Elara fue arrastrada, medio consciente, a los dominios del Rey Azrael. Desde entonces, no había dicho una sola palabra. Su cuerpo había permanecido en su forma lobuna durante las primeras cuarenta y ocho horas. Inquieta, salvaje, aullando a una luna que ya no sabía si era real o un recuerdo enterrado. Los médicos del castillo la habían vigilado de cerca, estudiando sus reacciones, controlando su respiración, analizando las cicatrices que marcaban su espalda y sus muñecas. Una loba con marcas de grilletes. Una prisionera en un territorio donde ninguna debía existir. Esa revelación había generado rumores y susurros entre los pasillos del castillo de Azrael. ¿Qué hacía una loba en un pueblo gobernado por humanos y brujos, bajo la luna de Kristal, la esposa del Rey Zar? ¿Cómo nadie había sabido de su existencia en tantos años? La información recopilada por los médicos era inquietante: no hablaba, no recordaba, no reaccionaba ante estímulos emocionales comunes. Pero durante el ataque a la aldea, cuando los vampiros habían intentado abatirla, la loba había matado a tres de los suyos con precisión militar. Se defendió con la furia de una criatura entrenada para sobrevivir. Aun con la mente rota, su cuerpo sabía pelear. Ahora descansaba sobre una cama mullida, cubierta con sábanas oscuras. Su respiración era calma, pero su rostro mantenía esa tensión inconsciente de quien ha vivido encadenado demasiado tiempo. El collar de obsidiana aún pendía de su cuello, aunque sin la energía mágica que alguna vez lo alimentó. Desde una cámara adjunta, dos médicos observaban en silencio. —¿Sigues pensando que es peligrosa? —No... —respondió el otro, ajustando sus lentes—. Creo que fue creada para pelear, pero ahora está vacía. —El Rey debería verla pronto. La tensión entre las cortes aumenta. Dicen que los licántropos se están moviendo otra vez... —Y cuando lo haga, sabremos si esta loba es la clave de la guerra... o del fin de ella. La puerta se cerró tras ellos, dejando a Elara sola con su respiración y los ecos de un pasado que aún no encontraba la forma de despertar. ------------------ El silencio del castillo era absoluto. Ni siquiera los pasos del Rey Azrael resonaban cuando ingresó a la habitación. Alto, envuelto en una capa negra como la noche, se desplazó entre las sombras con la quietud de un espectro. Sus ojos carmesí se posaron en el cuerpo dormido de la loba. Se acercó hasta su lecho. A un palmo de distancia, Elara abrió los ojos. Lentos. Inseguros. Perdidos. Azrael no se inmutó. La observó en silencio, y luego habló con una voz profunda, sin prisas ni calidez. —Creo que ni siquiera tu nombre puedes decirnos... aunque probablemente no lo recuerdes. Yo soy Azrael. Rey de los vampiros. Ella parpadeó. Su respiración se agitó apenas, como si esas palabras hubieran empujado algo dentro de su mente. —Has estado en este castillo diez días. No hablas. No recuerdas. Pero mataste a tres de los míos sin pensarlo. ¿Qué hiciste para que ellos, los licántropos.... te odiaran tanto? Ninguna respuesta. Solo la mirada recelosa de una fiera herida. —¿Te castigaron por algo? ¿O simplemente existías? ¿Fuiste amenaza o castigo? Se sabe que en las batallas hay daños colaterales... Azrael giró en la habitación, estudiándola. —Ese collar... obsidiana oscura. Hechicería negra. No necesitas palabras para saber que te hace daño...¿verdad? Se detuvo frente a ella. Su mano se alzó lentamente, pero no la tocó. —Empecemos con el pie derecho. Esto... ya no te sirve. Tomó el collar. Elara se retorció, gruñó, sus manos temblaron como si el objeto ardiera en su piel. Pero Azrael no se detuvo. Tiró de él, y finalmente lo arrancó con un chasquido. Elara jadeó. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió paz. Frágil, escurridiza, pero real. Azrael guardó el collar en un bolsillo interior. —Eso debió dejarte cicatrices mentales. Las descubrirás con el tiempo, será una deuda que deberás cobrarle al líder de los lobos, o por lo menos es lo que yo haría. Se giró hacia la puerta, pero antes de irse, se detuvo. —Eres mi prisionera. Al menos por ahora. No te conviene escapar. Al parecer, tu propia especie te quiere muerta. Nosotros somos... tu única opción, te pido que seas inteligente,por tu propio bien. Y sin más, desapareció entre las sombras, dejando a Elara sola, con su primer atisbo de libertad... y muchas preguntas sin responder.
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