Narra Mateo. Me suponía la reacción de Jesús, incluso creía que haría algo más. De un momento a otro, aprieta su puño, y un derechazo tremendo me golpea en la ceja, haciéndome trastabillar hacia atrás, pero es lo menos que me merecía después de decirle que me había enamorado de su hija. Me hecho la mano a la zona afectada y enseguida noto la sangre extenderse por parte de mi cara. — Eres... eres... — Dice con la cara roja por la rabia, mirándome. Creo que me va a soltar otro puñetazo, pero sin más, se da la vuelta y se va. Yo, tal y como le he dicho, voy en busca de mi niña, mi única salvadora. Narra Alejandra. Debería estar aprovechando las últimas horas con Mateo y, sin embargo, no puedo dejar de llorar. No siento fuerzas para levantarme y encarar una despedida, no me creo que me

