Mateo y yo nos echamos rápidas miradas mientras nos encaminamos despacio hacia el despacho de papá. Nos damos la mano, como si así, de alguna manera, nos transmitiéramos fuerza el uno al otro para un momento tan difícil como este. Yo estoy nerviosa, pero a Mateo creo que incluso le va a dar algo. Noto su mano sudada y temblorosa, y cuando estamos a punto de llegar, su vista se fija en el suelo. — Vamos, Mat — Le doy un pequeño apretón en forma de ánimo y él asiente, haciéndome una mueca que en nada se parece a una sonrisa. Nos acercamos a papá, sentado en su silla y absorto en sus manos, entrelazadas sobre la mesa, ¿por qué tiene que ser todo esto tan tenso? ¿No se supone que el amor es algo que debe entenderse y ya está? Soy yo la que abre la puerta y prácticamente arrastro a Mateo

