Capítulo 25

1104 Words
Cuando noto los ojos cansados, decido irme a dormir por fin, seguro que ya ha pasado la media noche, aun así, se sigue oyendo el jaleo de papá, Mateo y los otros dos hombres que los acompañan.  Paso por al lado de la cocina para subir a mi habitación, lo más sigilosa que puedo para no llamar la atención. Están en una de sus conversaciones, al parecer todavía no han llegado a ningún acuerdo. — ¡Cariño! — Suspiro, papá me ha visto, me llama desde dentro, rodeada de los otros tres, yo saludo con la mano pero no me acerco. — ¡Cariño, ven! — Insiste él. Pongo los ojos en blanco, resignada, y con la cabeza agachada entro, dedicando una sonrisa a todos. — ¿Qué pasa? — Pregunto, él me señala uno de los brazos del sillón donde está sentado, para que lo acompañe. Me siento y enseguida me rodea la cintura con su brazo. — No pasa nada, cielo. — Sonríe con ternura. — Me iba ya a la cama, he estado tocando hasta ahora la guitarra. — Si, la he escuchado — Todas nuestras miradas van hacia Ángel, que es el que ha hablado. — Lo hace muy bien. — Es mi perfecta niña... — Papá me besa la cara repetidas veces, orgulloso. Yo empiezo a sentir vergüenza, quiero salir ya de aquí. — Papá... tengo sueño. Seguid con vuestras cosas, yo me voy a la cama. — Perdóname cielo, vete, si. — Hasta mañana, papi — Beso su mejilla dos o tres veces — Adiós, Mat — Rodeo su cuello con mis brazos y también le dejo un beso, él rodea con fuerza mi cintura con sus brazos unos segundos. Me despido también de los otros dos, distraída y sintiendo todavía el abrazo de Mateo. — ¡Pero bueno! — Oigo a papá — ¿Qué ha sido eso? — Su voz suena divertida, bendito alcohol. — ¿Acaso quieres quitarme a mi niña? — Le pregunta a Mateo sin parar de reír. — Créeme que no, Jesús. Pero Alejandra es todo dulzura, es imposible no quererla. Es lo último que oigo antes de irme feliz a mi habitación.  Es imposible no quererla. Si, eso había dicho, y delante de papá. Tengo la sensación de que lo nuestro avanza, y me siento plena por ello. *** El domingo me despierto cansada, a pesar de haber dormido bastantes horas. Supongo que no he descansado bien.  Bajo a la cocina arrastrándome, hasta que me tiro en la silla y me doy cuenta de que hoy Milagros no está, es su día libre. — Hola mi niña — Mateo entra a la cocina con una sonrisa, pero enseguida cambia su expresión al verme — ¿Estás bien? Tienes mala cara. — Pues... no demasiado, me encuentro como si me hubiesen pegado una paliza. Quizá haya descansado poco. — Te acostaste temprano... — Se acerca a mí, poniendo la mano en mi frente, y frunciendo el ceño — Tienes fiebre, pequeña, vuelve a la cama. — No es nada, Mat — Intento sonreír al verle preocupado por mí — Seguro que me bebo un vaso de leche y se me pasa. — No, Alejandra — Suelta serio — Ve a la cama, te subiré algo ahora. Pongo los ojos en blanco, pero le hago caso. Con el carácter que tiene, no me atrevo a discutir con él. A los cinco minutos entra en mi habitación con una bandeja con leche y galletas, acompañadas con una pastilla. — Come primero, sino te sentarán mal las pastillas. — Ordena serio, sin dejar de mirarme. — No me va a pasar nada, Mateo... no seas tan exagerado que será un simple virus. Además, si sucediera algo, mi príncipe azul vendrá, me besará... y me curaré, como en un cuento de hadas. — ¿Y sabes quién es ese príncipe? — Bromea, de buen humor. — Creo que si... — Sigo con su broma mientras desayuno, con su atenta mirada en mí hasta que me termino todo. — Muy bien, mi niña — Se inclina para besar mi frente y llevarse la bandeja. Parece que sigo durmiendo, en mi sueño favorito donde Mateo me cuida, en mi habitación… — ¿Mateo? — La voz de mamá hace que ambos miremos hacia la puerta, está cruzada de brazos y parece enfadada — ¿Qué haces aquí? — Alejandra está enferma — Él se incorpora rígido, con la bandeja ya en las manos — He hecho que tome algo. — Oh, cielo, ¿qué te ocurre? — Mamá se acerca a mí, evaluándome como médica que es. Me cuesta convencerlos de que no estoy tan mal, todo el día no me dan ni un respiro, sino es mamá la que entra, es papá, sino, Mateo. Hasta Santiago me visita y Milagros llama un par de veces por teléfono, ¿es que un enfermo no debe descansar y dormir? Menos mal que después de comer me dejan un rato tranquila, por fin caigo en un profundo y reparador sueño. No sé las horas que llevo dormida, pero un leve roce en mis labios me despierta... al abrir los ojos me encuentro dos mares increíblemente bonitos ante mí, Mateo, sus preciosos ojos y sus suaves labios que acaban de besar los míos. — Creo que la enfermedad me ha vuelto loca... — Me desperezo — ¿Mi príncipe acaba de besarme, aquí, en mi casa, y con mis padres en ella? — Tú sí que me vuelves loco a mí, a tu príncipe, por eso hago todo lo que la princesa enferma desee — Sonríe como un niño. — Voy a tener que ponerme enferma todos los días para que me cuides de esta forma y me digas todas estas cosas. — Si las cosas no fueran tan complicadas, yo estaría todos los aquí cuidándote, mi niña. Estuvieras o no enferma. Me incorporo, dándole un fuerte abrazo, hundiendo mi cabeza en su pecho, que me acoge como si fuera mi propio hogar. — ¿Desde cuándo ha aparecido un nuevo Mateo? — Le pregunto emocionada por escuchar palabras así saliendo de su boca. — Desde que me encantas, Alejandra. Me encanta tu sonrisa, tu pelo, tus ojos, esa alegría que desprendes allá donde vayas. Me encantan tus manías, escucharte cantar y tocar y que me hagas sentirme en el cielo. — Suspira — Y sobre todo, me encanta que hagas que mi vida merezca la pena, porque me levanto por las mañanas y tengo ganas de vivir, ¿y sabes por qué? Porque sé que tú me estás esperando.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD