El verano se ha pasado demasiado rápido, pero por primera vez en la vida, y aunque parezca que estoy loca, me da igual que haya sido así.
Es lo que quiero, que pasen los días así, sin descanso, porque va acercándose el día en el que cumpliré dieciocho años, en el que Mateo y yo anunciaremos a todo el mundo que nos queremos y que nos vamos juntos.
Ya no van a poder detenernos, porque somos dos personas mayores de edad.
No veo el momento en el que llegue ese día, pero todavía lo sigo viendo muy lejano. Quedan nueve largos meses.
Durante este verano, no he podido estar mejor con Mateo, desde la noche que abrió de aquella manera su corazón hacia mí, todo ha ido a mejor.
— Cariño — Me dice papá esa mañana — Hoy Santiago no podrá levarte a clase, tiene que llevar a tu madre al hospital, te acercará Mateo, ¿de acuerdo?
Creo que me sale una sonrisa demasiado grande, por lo que antes de contestarle a mi padre, decido disimular.
— Vale, papá.
Y a las ocho, más pronto que cualquier otro día, ya estoy esperando a mi Mateo, que aparece con un traje color crema, guapísimo como solo él puede ser.
— ¡Hola, Mat! — Saludo feliz
— Vamos a clase, pequeña. — Roza un segundo mi brazo y la corriente hace que quiera tirarme a él, tres meses aguantando darle un beso sí que se hace largo.
Nos montamos en su coche, y sin pedírselo lo convierte en descapotable cuando arrancamos.
— ¡Vaya! — Me sorprendo — Ni siquiera te lo he pedido.
— Lo sé, pero te gusta... — Sonríe y avanza por la carretera en silencio, pero cuando debe girar a la derecha para entrar a la ciudad, gira a la izquierda.
— ¡Eh! ¿Ya no te acuerdas dónde está mi instituto, te falla la memoria tan pronto? — Bromeo divertida.
— No, mi niña. Hoy me temo que no tienes clase, la mañana es para nosotros.
— ¿En serio? — Me incorporo en el asiento, mirándole con los ojos como platos. Es increíble que Mateo esté haciendo algo así.
Asiente, sonriendo. ¿Dónde me lleva? Qué demonios, ¡me da igual! Que me lleve al fin del mundo si quiere.
Conduce por una carretera con espesa vegetación por todos lados, son tantos los árboles que hay, que no se ve ni siquiera un metro más allá. Nunca había estado ahí.
Miro el perfil de Mateo sin parar, con el viento revolviéndole ese pelo que me vuelve loca.
— Pásame las gafas de sol — Me pide — Están en la guantera.
— ¿Y perderme esos dos ojos azules? ¡Ni hablar! — Me niego.
— Pequeña mía, te cansarás de ver mis ojos cuando estemos juntos — Todo se remueve en mi interior cuando dice esas palabras.
— Cuando estemos juntos... — Repito — Quiero que ese día llegue ya.
— Y yo, créeme. Disimular lo que siento delante de tus padres es cada vez más difícil.
— Bueno, mamá solo sabe que estoy enamorada de ti. Ninguno creería que tú... — Dudo si decirlo o no, decido callarme.
— ¿Que yo qué? — Pregunta sonriendo.
— Nada, da igual. — Saco sus gafas de sol, poniéndomelas yo.
— ¡Eh! Ahora quien se pierde tus dos preciosos ojos soy yo. — Apoya una mano en mi pierna.
— Te cansarás de ellos...
— Oh, créeme que no lo haría nunca. — Sacude la cabeza.
Nos metemos por un camino de tierra, donde sigue habiendo verde y verde sin parar, Mateo se adentra unos metros más, hasta llegar a un pequeño claro, cerca hay un río.
— ¿Y esto? — Pregunto al bajarme.
— Es mi sitio secreto, y ya era hora de enseñártelo — Tiende la mano para que se la coja y me lleva hasta la orilla del río. — Aquí solo hay gente los fines de semana, hoy estaremos solos.
— ¿Me has traído aquí para algo en especial, Mat? — Alzo ambas cejas, apretando más fuerte su mano.
— No, mi niña. — Ríe — No me insinúo, no seas precoz.
— ¿Precoz? ¡Pero si no me has dado ni un buen beso en tres meses!
— Lo bueno se hace esperar... — Susurra en mi oído antes de besar mi mejilla con suavidad.
Nos sentamos en una de esas mesas hechas con piedras observando el tranquilo río. Estamos en silencio, pero no es incómodo para ninguno de los dos.
— Oye, Mateo, ¿puedo hacerte una pregunta? — Rompo aquel silencio unos minutos después.
— Me dan miedo tus preguntas, Ale. — Rodea por detrás mi cintura con su brazo, pegándome a él — A ver, dime.
— ¿Cómo perdiste tú la virginidad? — Le suelto, mirándolo. Él se pone incómodo al instante, bajando la vista al suelo y luego al otro lado, donde no cruzarse con mis ojos.
— Eso da igual, Alejandra, ¿qué clase de preguntas son esas? — Intento no sonreír por su expresión.
— Pues las que quiero que me respondas... — Sonrío, cogiendo su barbilla y haciendo así que por fin me mire — ¿Quieres saber cómo me gustaría perderla a mí?
— ¡No! — Me mira con una extraña mueca que me hace reír.
— Bueno, te lo contaré de todas formas... — Me encojo de hombros, divertida al oír cómo Mateo suspira — Verás... quiero que sea una noche de verano, yo estaría tocando la guitarra con la luz de la luna, si, tocaría una bonita canción para ti. Tú vendrías y me escucharías cantar con una sonrisa, después te acercarías a mí y me darías el mejor de los besos...
— Para, Alejandra — Me interrumpe — Esto es... incómodo, créeme, muy incómodo. Esas cosas no deberías contármelas a mí.
— Entonces, ¿a quién? Tú eres el involucrado, tonto. — De un movimiento me subo sobre sus rodillas, rodeando su cuello con mis brazos.
— Prefiero que no entres en detalles, esas cosas no se planean — Besa la punta de mi nariz — Pero igualmente, me alegro que pienses en mí para esa primera vez.
— Bueno... había pensando en pedirle el favor a cualquiera del instituto, ya sabes, para estar preparada cuando tú y yo lo hagamos. — Intento tomarle el pelo.
— ¿Estás de broma? — Pregunta con los ojos como platos.
— ¡Pues claro! — Río metiendo la mano en su pecho y acariciando el colgante con forma de piano — Quiero que seas tú, Mateo. Siempre lo querré.
El curva las comisuras hacia arriba satisfecho.
— Oye, Mat — Hablo de nuevo.
— Dime.
— ¿Tú me deseas? Quiero decir... ¿has pensando alguna vez en besarme o en algo más?
— Si, Alejandra, claro que si — Respira hondo — Aunque lo creas, no soy de piedra. Pero tenemos que esperar.
— ¿Y si todo cambia en estos meses? ¿Y si... pasa algo?
— No pasará nada, te lo prometo — Besa mi frente con dulzura — No dejaré que pase, ni a ti ni a mí.
— Ya claro, ¿y cómo evitarás que pase cualquier cosa?
— Cuidándote, pequeña mía. Si a ti te disparan, yo sangro, ¿recuerdas? — Pregunta, repitiendo mis palabras de hace meses.
— Te quiero mucho... — Giro su cabeza, y estamos tan cerca que nuestras narices se rozan. Espero que se retire, pero no lo hace, siento su respiración en mi boca, y me acerco poco a poco, hasta rozar sus labios.
No me esquiva, no se aparta, por lo que poco a poco intensifico el beso. Él responde, poniendo su mano en mi mejilla y acariciándola mientras no deja que nuestros labios se separen.
— Yo también te quiero, Alejandra.