Narra Mateo
A las seis y media de la mañana, como cada día, suena mi despertador. Lo apago enseguida, llevo horas despierto.
Hace años que no duermo cuatro horas seguidas, es imposible. Me despierto con pesadillas, sudado y tan dolorido que pienso que me han pegado una paliza en sueños. Pero no, todo el dolor es interno, nada físico.
Me doy una ducha rápida intentando dejar atrás el maldito sueño que se repite cada noche; un ruido sordo, cristales por todos lados y el olor metálico que llega a mis fosas nasales... sangre. Es como si ése día yo también hubiera estado en el coche en el murieron mis padres. Al fin y al cabo, me merecía eso y mucho más.
Cierro los ojos con fuerza, para terminar de despejarme y así salir de la ducha, pienso en mi niña, la única que espanta todos mis demonios.
Solo tengo que imaginar su dulce sonrisa para que eso pase, cada vez es más fácil.
Conocerla me ha hecho bueno, mejor persona. Tanto, que he descubierto mi única virtud; quererla.
Ella es mi verdadera cura, de hecho, la única.
No paro de darle vueltas al daño que puedo hacerle a sus padres, sobre todo a mi mejor amigo, Jesús me sacó de todo aquello cuando tenía dieciséis años y se arriesgó metiéndome a la empresa.
Yo no podía fallarle e hice todo lo posible, hasta así tener su confianza y convertirme en su mano derecha.
Recuerdo cómo a los dieciocho años me metió en su casa, como si fuera un familiar más. Allí conocí a Milagros y Santiago, dos empleados serios y fieles. A su mujer, María, una mujer encantadora y amable que me acogió desde el primer día sin hacer preguntas, y por último estaba Alejandra, aquella princesita de seis años con el pelo rubio y unos ojos azules que ocupaban toda su cara.
La vi creciendo mientras afianzaba la relación con su familia. Cada vez estaba mejor entre ellos.
Alejandra comenzó a crecer y no tardó en empezar a tocar la guitarra y el piano, ¡cómo tocaba con lo joven que era! Sin duda, era mi salvación escucharla cada noche, como si me transportara a un lugar de paz.
Alejandra creció y mejoró muchísimo, era todo un lujo escucharla, sin duda. No faltaba cada noche a su peculiar concierto en el porche, hasta que un día me convencí a hablarle.
Era una chica de catorce años dulce, tierna, transmitía calidez y tranquilidad allí donde estuviera, y eso me gustaba.
Pronto, comenzó a verme de otra manera, y yo me daba cuenta. Me miraba y sus dos ojos azules brillaban, ¿pero qué iba a hacer yo? Ignoraba su cambio de actitud, pensé que se le pasaría, pero cumplió los quince, y los dieciséis, y sus sentimientos por mí seguían estando ahí y a mí cada vez me costaba más alejarme de ella, como si una extraña fuerza me atrajera.
Ya no me transmitía tranquilidad y paz, al escucharla mi corazón se abría por completo a ella, a sus dedos y a su voz. Admiré su valor al decirme que estaba enamorada de mí, ¿cómo pudo pasar eso? Una perfecta niña enamorada de un hombre como yo.
Cuando lo dijo, lo obvié, pero mi interior me decía que no lo hiciera.
Era la hija de Jesús y María, mis mejores amigos, además, tiene diecisiete años... pero no lo pude controlar, todo a mi alrededor me decía que era ella.
Mi princesa, mi niña.
A las siete y media ya estoy de camino a su casa, aunque también parecía mía, pasaba ahí la mayor parte del tiempo. No convierto mi coche en descapotable, solo hacía eso cuando ella iba conmigo.
Recuerdo aquel día que la llevé al río, ésa mañana que obré mal y la traje conmigo en vez de llevarla a clase.
Ya habían pasado tres semanas desde aquella increíble mañana en la que nos besamos y ni por un segundo he olvidado sus labios sobre los míos.
Había activado todo mi cuerpo, oxidado y podrido por dentro. Ahora todo sanaba gracias a ella. Casi me había hecho un nuevo hombre.
— Buenos días Milagros — Saludo a la mujer al entrar, huele al delicioso café que está preparando.
— Hola, Mateo — Sonríe — ¿Una taza de café para empezar bien el día?
Asiento, devolviéndole una sonrisa amable. Creo que es demasiado temprano, soy el primero.
María y Jesús no tardan en bajar, enseguida nos enfrascamos en una conversación del día que tendremos.
— Hay buenas noticias, Mateo — Me dice mi mejor amigo bebiendo un trago de su taza — ¿Recuerdas la nueva empresa que queremos abrir? Va por buen camino.
— Vaya, me alegro — Curvo mis comisuras hacia arriba — El negocio no para de prosperar, es bueno para todos.
— Y que lo digas...
— ¡Buenos días a todos! — Mi niña entra con la energía de cada mañana, con esa alegría que la caracteriza, me encanta verla tan feliz y, que parte de esa alegría me pertenezca. Besa a su padre, a su madre, a Milagros, y por último rodea mi cuello con sus pequeños brazos y me da sonoros besos en la mejilla. Ella es así, por lo que no levantaba sospechas hasta hace poco, sobretodo en María, su madre, a la que había prometido que jamás tocaría a su hija, siento que las palabras se las lleve el viento, pero no podía mantener esa promesa.
— Buenos días, Ale, cariño — Jesús, embelesado y orgulloso con su pequeña princesa, al igual que todos. Ha crecido pero sigue en ella esa inocencia que espero que nunca desaparezca. — ¿Cómo has dormido?
— Genial, papi — Sonríe, poniendo ambas manos en su taza para calentárselas, ya que empieza a refrescar por las mañanas — He tenido un sueño precioso — Abre mucho sus dos ojos color cielo.
— ¿Sobre qué? — Pregunta ahora María, mirándola con ternura. Mi Ale, siempre haciéndose querer por cualquiera que pueda conocerla.
— Pues... ¡secreto! — Salta en su silla sin parar de reír, contagiándome su inmensa alegría. — Pero me he despertado con una sonrisa así de grande — Señala sus dos extremos de la cara, siempre tan expresiva.
Solo puedo mirarla, como si me tuviese completamente hechizado. Sí, eso es lo que creo que ha hecho conmigo.
— Señorita... — Santiago aparece en la puerta, mirando su reloj — Es hora de ir a clase.
— ¿Sabes qué, Santiago? — Se levanta Alejandra ágil — Algún día de estos te convenceré para que tomes el camino contrario y me lleves a otro sitio que no sea el instituto — Le dice risueña, mirándome de reojo — Como... no sé, un claro al lado de un río, por ejemplo.
Me pongo tenso al escuchar esas palabras, sé perfectamente que van hacia mí y esa es su forma de expresar que quiere repetirlo. Yo también querría irme cada mañana con ella por ahí, donde sea. Envidio a Santiago cada día que la lleva y la recoge.
— Anda, pequeñaja. Que llegarás tarde — Sonríe ahora Jesús besando su cabeza — Y Mateo, nosotros tenemos asuntos que atender...
— Eh... si, vamos. — Quito la vista inmediatamente de Ale caminando hacia la puerta, con ese uniforme de colegiala que le hace parecer una niña, pero está igualmente guapa. — Hasta luego, Alejandra — Le guiño un ojo y ella se despide con la mano, mandándome pequeños besos por el aire.
Junto a Jesús subimos al despacho, donde hay una larga mesa con varios asientos, aunque es raro que estemos acompañados.
Me siento frente a él, desabrochándome la chaqueta para poder mover mejor los brazos y recordando con una sonrisa aquel día de hace meses, camino a la actuación de piano de Alejandra en él se sentó a propósito sobre mi parte de arriba del traje, inmovilizándome...
— ¡Mateo! — Jesús, me saca de golpe de aquel recuerdo — Estás en las nubes, ¿no has descansado bien?
— No demasiado... — Miento, recolocándome incómodo por no tener la cabeza donde debería. — Perdona, continúa.
— Deberías descansar de vez en cuando, existen las vacaciones, ¿lo sabes? — Sonríe.
— Tranquilo, estoy bien. — Asiento — Y dime, ¿cómo va esa nueva empresa que abriremos dentro de poco?
— Justo de eso quería hablarte... — Se levanta, buscando una carpeta negra que contiene los números de dicha empresa — Verás... necesitamos a alguien que sepa lo que se hace dirigiéndola, no podemos poner al mando a cualquiera.
— Entiendo... — Contesto, leyendo la gran subida en pocos meses que hemos tenido.
— Bien, pues tengo una gran sorpresa, al menos eso espero que sea.
— ¿Una sorpresa? — Pregunto extrañado, alzando una ceja.
— Te ocuparás de la nueva empresa, viajarás y serás el director allí. — Tiene una enorme sonrisa de emoción en la cara, pero yo no siento justamente eso.
— ¿Irme allí? — Pregunto — No, debo estar a tu lado, no tengo la capacidad de dirigir algo por mí mismo. — Intento cambiarle de opinión con varios argumentos.
— Eres el elegido, Mateo. Llevas muchos años conmigo, estás capacitado de sobra para llevar tu propia empresa, créeme.
— Discrepo, Jesús. — No, no me iré ahora. Se lo he prometido a Alejandra, nada va a cambiar, se lo debo.
— No entiendo tu actitud, pensé que te haría ilusión. — Da pequeños golpes en sus labios con su dedo índice — En fin, hablaremos más adelante... — Se resigna por el momento.
Tengo que convencerle de que no es buena idea, no quiero, ni debo irme.