Quiere que lo espere.
Quiere que lo quiera.
Quiere que sea yo.
No puedo creérmelo, Mateo, mi sueño desde hace años, el hombre del que un día me enamoré y creí que siempre sería un amor platónico... pero no, no es así. Puede que mi sueño sí que esté haciéndose realidad.
No puedo decirlo todavía segura al cien por cien, pero Mateo está avanzando a pasos agigantados, y lo está haciendo para algún día quizá estar conmigo.
No sé cuándo llegará ese día, no se siquiera si llegará, pero todo merece la pena si el final es estar con él.
Por fin han acabado las clases tengo todo un verano por delante y sobre todo, me faltan solo tres días para cumplir los diecisiete años, y me hace más ilusión que nunca.
— ¿Qué harás para tu cumpleaños? — Pregunta mamá en una de nuestras cenas.
— Lo de siempre, mamá — Me encojo de hombros — O sea... nada.
— ¿No invitarás a Raúl? — Pregunta mi padre.
— Ah, claro, Ra no puede faltar — Le sonrío feliz ahora a papá. — Lo invitaré a comer.
Quedamos en eso, haremos una comida especial de todos los de la familia, acompañados por Milagros, Santiago y Mateo, claro.
— Oye, Mat — Ya es de noche, estamos sentados en el balancín del porche, mirando las estrellas mientras toco la guitarra.
— Dime, mi niña — Me mira con dulzura y el ya conocido escalofrío recorre con gusto todo mi cuerpo al oír esas dos palabras hacia mí, dichas con lo que parece amor.
— Podíamos hacer algo especial para mi cumple...
— ¿Algo como qué? Comeremos todos juntos, Ale. Vendrá tu amigo Raúl también.
— Ya, pero es mi día y quiero estar a solas contigo, aunque sea un ratito...
— Ay, Ale... — Se revuelve su encantador pelo castaño — Si estoy mucho tiempo a solas contigo... puede haber problemas.
— ¿Cómo cuales? — Pregunto con el ceño fruncido.
— Pues... tus padres, o Mila, pueden sospechar — Ahora mira hacia otro lado y baja la voz — Y también puede pasar algo entre nosotros.
— ¿Y eso es malo? — Me pongo nerviosa al escuchar eso y me obligo a tranquilizarme enseguida.
— Si, es malo. Ahora mismo lo es. Tienes dieciséis años y tus padres no creo que apoyen ni entiendan esto, la verdad es que no lo entiendo ni yo.
— Quererse no es malo, Mateo. — Suspiro con los ojos cerrados — Es la mayor felicidad que puede haber y te lo voy a demostrar. Y acerca de la edad... me falta un año para ser mayor de edad.
— Un año y tres días — Sonríe, dándome con su dedo índice en la punta de la nariz.
— Y cuando tenga los dieciocho años, ¿qué? Seguiremos aquí, tú seguirás siendo Mateo y yo seguiré siendo Alejandra.
— Pequeña mía, las cosas no serán siempre así, confía en mí.
— Yo confío Mateo, esperaré, pero al menos necesito saber durante cuánto tiempo, o si merecerá la pena dicha espera.
— ¿Qué necesitas saber?
— Que sientes algo por mí — Miro abajo, a mis pies, avergonzada por lo que acabo de decir, creo que es lo mínimo que necesito de él. Tampoco pido tanto, ¿no?
— Te besé, ¿no? — Levanta mi cabeza y alza las cejas, con una bonita sonrisa. — Pues no te besé por nada, Ale. Sé que siento algo, solo necesito tiempo para asimilar este sentimiento. Nunca me había ocurrido algo parecido, y justo... tiene que pasarme contigo.
Me levanto, empieza a hacer frío y llevamos al menos dos horas aquí afuera, mamá estará de los nervios pensando a saber qué cosas. Miro por encima de mi hombro para comprobar que nadie puede vernos.
— ¿Sabes qué, Mat? No hace falta que le des más vueltas. Me besaste porque me quieres. — Dejo un beso, aunque esta vez en su mejilla, y entro en casa.
Si la felicidad pudiese verse a simple vista, estoy segura que a mí me saldría por todos los poros de mi cuerpo. La gente me vería y diría, ¡mira, ahí está, la chica feliz! Río yo sola por mis tonterías, pero lo cierto que mi humor es increíble si tengo a Mateo cerca.
— Alejandra — La voz sería de mi madre suena a mis espaldas cuando cruzo la puerta de casa. Me giro, ahí está acompaña de Milagros en la cocina.
— Si, ¿mamá?
— Quería hablar contigo, acerca de Mateo — Miro a Milagros, que sonríe dulce. Vale, veo que está enterada de todo. Pero esta mujer sabe guardar un secreto, lo sé de sobra.
— Tú dirás — Le digo calmada, sentándome en una de las sillas frente a ellas — O bueno, vosotras diréis. — Miro también a la mujer.
— Te vemos feliz, cariño. — Se miran rápidamente la una a la otra — Y no sabemos lo que significa eso exactamente. No queremos que sufras.
— No sufriré, mamá — Digo más segura de lo que de verdad estoy. — Veréis, sé que las cosas con Mateo siempre serán complicadas.
— Por eso mismo, cielo — Agarra mi mano — ¿No crees que estás involucrándote en algo de lo que no sabes cómo saldrás después?
— Quizá no quiera salir después, mamá — Cojo una galleta de una cesta que encuentro ante mí sobre la mesa y la muerdo, supongo que lo hago por calmar la tensión, porque no tengo nada de hambre.
— ¿Y si te equivocas con Mateo? Sé que no te hará daño voluntariamente, pero sí sin quererlo... ¿entiendes lo que quiero decir?
— Mira mamá, solo dime esto, ¿qué hiciste tú cuando los abuelos te dijeron que no podías estar con papá, no te rendiste, a que no? Luchasteis sabiendo que acabaríais juntos. Estabais seguros.
— No es lo mismo, cielo.
— Claro que lo es — Sonrío, sabiendo que he dado en el clavo — Imagina que ahora las cosas fueran diferentes, que hubieran conseguido que separaros — Hago una pausa para que me entienda — Serías una mujer triste sabiendo que no estás con tu verdadero amor, ¿verdad? Quizá estarías con cualquier otro hombre sabiendo que te equivocaste al no elegir a quien debiste, ¿no crees? — Me levanto, sonriendo también a Milagros, que me mira embelesada, y despidiéndome con la mano, subo a mi habitación, no sin antes escuchar la frase que Mila le dice a mamá.
— ¿Sabe qué, señora? Alejandra es muy joven, pero tiene toda la razón.