Capítulo 14

1730 Words
Llegó el día, estoy muy nerviosa y tengo el estómago cerrado, aun así, todos se empeñan en que coma algo antes de la actuación. — ¡No me entra nada, de verdad! — Exclamo dejando el tenedor en el plato, que rebota y hace un ruido exagerado. — Venga, Ale, ¿cómo vas a ir con el estómago vacío? — ¡Ay, papá! — Pongo los ojos en blanco — Toco con las manos, no con el estómago... — Tu padre tiene razón — Me sonríe ahora Mateo — Debes comer algo... — Coge el mismo tenedor que acabo de dejar, ofreciéndomelo. Vale, y mirándome así no le puedo negar nada, absolutamente nada. Mateo es perfecto y ahora, después de todo lo que ha pasado, creo que lo es todavía más — Está bien... — Respiro hondo, metiéndome el tenedor con algo de comida en la boca. Veo por el rabillo del ojo a mamá, que nos mira con el ceño fruncido, alzo ambas cejas mirando hacia ella como preguntando, ¿qué pasa? a lo que mueve la cabeza a los lados antes de seguir comiendo. A las siete y media de la tarde todos vamos de un lado para sin parar, ¡y eso que la que toco soy yo y no ellos! Mamá sube y baja las escaleras con el bolso abierto sobre las manos, cada vez que va a llegar abajo, pone cara de sorpresa, como si algo se le hubiera olvidando, y vuelve a subir. Papá no está mucho mejor, se ha cambiado de corbata nueve veces, si, nueve, no exagero. Mateo todavía no ha llegado. — ¡Papá! — Le grito con los brazos cruzados desde la puerta — Esa corbata está bien, déjalo ya — Exclamo cuando veo que empieza a deshacerse el nudo de la décima corbata para volver a cambiársela. — ¿Seguro que está bien? El color azul no me termina de convencer... — ¡Que sí! — Camino hacia él con dificultad por los tacones, lo cojo del codo y estiro hasta que salimos. Oh, Dios. Sí, eso es, todo un Dios griego, o romano... o de donde quiera serlo. Ahí está mi Mateo, esperándonos, con uno de sus trajes elegantísimos y con las manos metidas en los bolsillos. Yo lo miro, aún agarrada a mi padre, que está absorto en su corbata, él me hace un gesto de aprobación, o de ánimo... no lo sé, pero consigue que todos los nervios se vayan de golpe y empiece a sentirme mucho mejor. — Mira cariño... — Papá ha terminado de quitarse la corbata — Yo voy a ir a cambiarme, ¿vale? — ¿En serio? — Doy un soplido, para tranquilizarme — Haz lo que quieras. Y vuelve a entrar en casa a ponerse la undécima corbata, al final acabará con todo el armario. — Estás muy guapa, Ale. — Mateo se acerca a mí, mirándome de arriba a abajo y sonriendo. — Gracias, Mat — Me ruborizo levemente, ya que no estoy acostumbrada a cumplidos venidos de su parte. — ¿Y tu madre? — Igual de loca que mi padre, o peor. Lleva metiendo cosas en el bolso una hora, y siempre parece que se le olvida algo... llevará una especie de bolsillo mágico, como el de doraemon. Mateo hace un ruido al sonreír, una especie de carcajada, aunque viniendo de él... es muy raro, nunca lo he oído reírse de esa forma tan intensa que hasta acabas llorando, ni siquiera he oído una simple carcajada saliendo de su boca. Siempre son pequeñas muecas o curvas en sus labios. Me gustaría tanto que alguna vez se riera de verdad, con ganas, con fuerza, de verdadera felicidad... — ¿En qué piensas, mi niña? — Alza una ceja observándome, me había descentrado por completo. — En ti — Le sonrío — En cuánto me gustaría que fueras feliz a mi lado. — Es... complicado. Quiero preguntarle por qué, pero papá y mamá salen como una locomotora de la casa y no podemos seguir con la conversación, lo miro por última vez antes de subir al coche, Papá y mamá van delante, Mateo y yo detrás. — ¡Eh, esperad! — Milagros se acerca casi corriendo justo antes de que hayamos podido arrancar, papá baja la ventanilla para saber qué nos quiere decir. — ¿No creeríais que me perdería una actuación de mi pequeña? — Me mira, sonriendo. — Vamos, Mila, pasa — Me pego más a Mateo, dejando sitio a Milagros que se sienta a mi lado. Mateo se remueve intentando sacar la parte de abajo de la chaqueta de su traje, que ahora está bajo mi trasero, la he pillado sin querer al moverme. Hago fuerza hacia abajo para que no consiga sacarla mientras sonrío al ver la cara de circunstancias que pone Mateo al no poder moverse bien, estira con fuerza y al mismo tiempo con cuidado para no romper la prenda, yo lo miro de reojo, intentando como puedo no reírme, pero es imposible... las comisuras tiran de mí hacia arriba y todo intento de evitarlo es poco, estallo en carcajadas con fuerza, agarrándome la tripa y sin parar de mirar a Mateo, que aprovecha que me muevo al reírme para sacar por fin la chaqueta y mirarla a ver si está todo perfecto.  Ahora me mira con una mueca entre enfadado y divertido, lo que hace que siga riéndome sin parar. — ¿Qué es tan gracioso? — Mamá mira por encima del hombro, papá por el espejo retrovisor y Milagros me observa de arriba a abajo desde al lado, con una ceja alzada. Mateo sonríe, con los ojos iluminados, contagiado por mí. — Nada... — Intento vocalizar secándome las lágrimas que caen sin parar, seguramente dejando mi maquillaje hecho un desastre — Mateo quería quitarme los nervios y lo ha conseguido. — ¿Mateo haciendo reír a alguien? — Pregunta papá, también divirtiéndose desde el asiento del conductor — Eso no existe, cariño. — Créeme que si, papá. Aunque no haya sido conscientemente, lo ha hecho — Le guiño un ojo a mi Mat, que sigue con esa mueca que tan bien le sienta en su cara. Hasta parece feliz. Un cuarto de hora antes de que empiecen las actuaciones, llegamos nosotros y yo me despido de todos, también de Mateo, claro, e ignorando la mirada de mamá que nos fulmina cuando le beso varias veces las mejillas y él me responde, besando mi cabeza y mi frente dándome ánimos.  Cuando están todos, me dirijo hacia la parte de atrás del escenario, donde siempre estamos todos los participantes antes de la actuación. — ¡Eh, bonita! ¿Acaso no ibas a despedirte de mí? — Oigo la voz de mi mejor amigo y sonrío al ver que ha venido. — ¡Pensaba que ya no llegabas! — Exclamo, dándole un abrazo. — No podía faltar... — Besa mi mejilla. — Tengo que irme, Ra. ¡Deséame suerte! — Mucha suerte, bonita — Se despide con la mano mientras me manda besos. Se queda allí, tan guapísimo como siempre, aunque ahora se vea un poco raro con traje, no es su estilo. Cuando llego a la parte de atrás del escenario, todos mis contrincantes están ya allí, saludo a algunos que reconozco de otros años, antes de que entre una señora de gafas para indicar que empezamos. Es esa misma mujer la que va diciendo quién es el siguiente, solo quedan cuatro por delante de mí. Las piernas comienzan a temblarme y las manos a sudar... y eso sí que no puedo permitírmelo.  Cierro los ojos, intentando pensar en algo que me tranquilice. Si... eso es Mateo dándome un abrazo, dándome el beso que todavía siento en mis labios... mucho mejor.  Sonrío cuando la mujer de gafas dice mi nombre, y con esa sonrisa que ocupa toda mi cara salgo al escenario, ¡dios! Este año parece que hay más gente que nunca, saludo rápido al público y me siento ante aquel piano. Respiro hondo, preparando la partitura y poniendo ambas manos en el teclado. Es la hora, comienzo a tocar. Cuando termino, un aplauso que inunda toda la gigante sala, me dice que lo he hecho bien.  Salgo con una felicidad inmensa. Ahora falta que actúen los pocos que quedan. Tras terminar, uno por uno salimos de nuevo al escenario para saber el resultado. — Y el ganador o ganadora de la decimonovena edición del concurso juvenil de piano es... ¡Alejandra Bonelli! Abro los ojos como platos al escuchar mi nombre, con más nervios que nunca, recibo el premio y doy las gracias ante la gente que no para de aplaudir. — ¡He ganado! — Grito al llegar hasta mi familia y fundirnos en un abrazo colectivo. Todos me felicitan, Milagros con los ojos llenos de lágrimas, a la que consuelo dándole cariño sin parar. Lo celebramos yendo todos a tomar un helado, estas ocasiones de estar reunidos en familia hay que aprovecharlas, ya que no se repiten demasiado. Cuando anoche nos marchamos a casa, de camino me doy cuenta de lo cansada que estoy, así que me despido de todos para ir a la cama, no sin antes hacer un gesto a Mateo, quiero que me acompañe y lo entiende, ya que asiente levemente. Quiero saber su opinión sobre la actuación, ya que la canción que he tocado me la ha recomendado él. Espero unos minutos en una de las salas cercanas, supongo que estará buscando alguna excusa para venir así que soy paciente. — ¡Gracias! — Le digo cuando se escabulle, entrando a la sala donde estaba esperándole. — ¿Cómo que gracias, Ale? Yo no he hecho nada, has sido tú la que nos has emocionado a todos. — ¿De verdad? — Le miro a los ojos y él me abraza, atrayéndome a él con fuerza. — Claro que sí. — Se separa de mí, sin quitar la conexión de nuestros ojos — ¿Sabes una cosa? — Dime. — A veces pienso que eres tú... — No termina la frase, y conociéndole, sé cuánto le cuesta hacerlo, así que decido ayudarle. — ¿La mujer de tu vida? — Sonrío, creyendo que es una broma, sin embargo Mateo asiente y yo me pongo seria — No lo dudes, Mat. Soy yo, siempre seré yo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD