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Tu, Sanaste Las Heridas Que Sangraban

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Blurb

En un mundo donde el éxito empresarial brilla con luz propia, Rafał Xawery ha alcanzado la cima como socio mayoritario de una prominente compañía minera. Sin embargo, a pesar de su fortuna y prestigio, siente un vacío profundo que ni el dinero ni el poder pueden llenar.

En su búsqueda de algo más significativo, Rafał se encuentra con una joven que, a diferencia de otras mujeres, se muestra indiferente ante él. Acostumbrado a ser el centro de atención, Rafał se siente intrigado por su actitud distante y decide indagar en la vida de esta misteriosa mujer. A medida que se adentra en su vida, se da cuenta de que esta chica oculta un pasado oscuro que la sigue atormentando. Atrapada entre sus traumas y el miedo a abrirse, ella lucha por aceptar su valor y belleza. Rafał, decidido a conquistar su corazón, se enfrenta no solo a los demonios de ella, sino también a sus propios temores sobre el amor y la vulnerabilidad.

Mientras ambos intentan superar sus heridas, se verán obligados a confrontar la pregunta más difícil: ¿podrán dejar atrás su pasado y construir un futuro juntos, o las sombras de sus historias seguirán pesando sobre ellos?

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Capitulo 1: Despertar en el Lado Equivocado de la Cama
Miré al techo y traté de recordar dónde me encontraba. A juzgar por el diseño torcido y la lámpara de araña desgastada que colgaba con desgano, estaba claro que no estaba en casa. Giré la cabeza lentamente, y mis ojos se posaron en una individua que yacía cerca; su largo cabello desordenado caía como una cortina sobre su rostro. Un instante de esperanza surgió en mí: deseé que fuera una mujer cautivadora, y que solo hubiéramos compartido una conexión amistosa, ya que me había prometido a mí mismo que comenzaría a comportarme con más madurez. Sin embargo, era complicado hacer esa suposición cuando su cara estaba oculta tras una maraña de cabello. El whisky de la noche anterior me golpeaba la cabeza como un martillo, mis latidos resonaban en mi cráneo, dificultando incluso mis movimientos. Sin embargo, la curiosidad me empujó. Me acerqué, y con un esfuerzo considerable, levanté mi mano para apartar el cabello que cubría el rostro de mi acompañante. Peo, la imagen que se reveló no era precisamente de una Afrodita. Sus labios, hinchados como bolas de masa, parecían desentonar con el resto de su rostro, y su nariz, era tan delgada que consideraba un milagro que respirara. Definitivamente era una apariencia muy peculiar. Con un suspiro resignado, quité la sábana y examiné su cuerpo. A pesar de lo que su rostro sugería, su figura era, al menos, apetitosa. Su pecho, que, a mi parecer, había sido esculpido en una fábrica de almohadones, estaba tan inflado que resultaba casi cómico. Si alguien quisiera evadir esos labios voluminosos, la mejor estrategia era concentrarse en masajear esos pechos, aunque la abundancia de vello que veía salir de sus axilas no era precisamente lo que habría deseado estando sobrio. La mezcla de sensaciones era desconcertante, entre la atracción y el desagrado. — ¿Y cómo lo hicimos? Espero que haya sido por detrás — musité para mí mismo —Soy una enfermo, ¿en serio estoy pensando en eso? — me reproché, dándome cuenta de que lo más urgente era averiguar cómo llegué a aquel lugar. Los recuerdos comenzaron a fluir: el bullicio del aeropuerto, la sensación de alivio al llegar a casa y dejar mis cosas en su lugar. Luego, el club. El ambiente vibrante, el sonido de la música envolvente, y el whisky que corría como agua. Sí, definitivamente estaba en busca de compañía para pasar la noche, pero, ¿realmente no había nadie mejor que esta persona? «Maldita sea» La necesidad de escapar de allí se volvió apremiante. Así que, planeé mi salida, con la esperanza de que la mañana me ofreciera respuestas más claras que la neblina de la noche. Me senté en la cama y, al fin, la revelación me golpeó con fuerza: «No más discotecas ni excesos de alcohol.» Después de los treinta, aquello claramente traía consigo consecuencias que ya no podía ignorar. Sin embargo, en medio de ese mar de reflexiones, encontré un pequeño motivo de alivio: un condón usado tirado en el suelo. «Dios mío, gracias.» En tiempos como aquellos, el control s****l se convertía en una salvaguarda invaluable. — Ya estás despierto — dijo aquella mujer, su voz resonaba en la habitación con una familiaridad inquietante. Al oírla, pensé en decirle "buenos días", pero me detuve. ¿Cómo podría expresar que es un buen día cuando la confusión me embargaba? La idea de darme la vuelta me pareció algo incómoda, y ya había desperdiciado la oportunidad de escapar sin que ella notara mi presencia. — Sí, ya estoy despierto — respondí con un tono neutral. — ¿Quieres que ordenemos el desayuno? ¿Pizza, sushi? — Disculpa, pero prefiero comer en casa y ya tengo que irme — me apresuré a decir, intentando poner distancia entre nosotros. — ¿Cómo, tan pronto? — preguntó, y su expresión se transformó en una mezcla de sorpresa y tristeza. — Pensé que te gustaba. — Sus palabras me golpearon. — Me diste tantos cumplidos y dijiste que mi nombre era el más hermoso y tu favorito — continuó, como si intentara aferrarse a un momento que ya se desvanecía. La culpa comenzó a asomarse, pero la necesidad de salir de allí era más fuerte. — No quiero incomodarte, pero la verdad es que, no tengo nombres favoritos; parece que mentí con descaro. Ni siquiera recuerdo el tuyo — admití, sintiendo cómo la incomodidad se asentaba entre nosotros. Ella me observó, y pareció captar la confusión en mi mirada. Un instante de silencio se alargó, y finalmente, rompió la tensión. — Olesya — dijo, con voz cargada de decepción. — Oh, bueno, definitivamente mentí. Olesya es el nombre de una de mis hermanas, y no la soporto — respondí, dejando escapar una risa que sonaba insensible incluso para mis propios oídos. — Lo siento, pero realmente tengo que irme. Probablemente todo fue genial. — Definitivamente lo fue — replicó, con un tono más suave. — Me sentí muy a gusto contigo. — Eso es bueno — dije, sintiendo una punzada de culpa por no poder corresponder a su entusiasmo. — Pero, de verdad, necesito irme — insistí, levantándome de la cama y buscando mis cosas en medio del desorden. Mis manos temblaban un poco mientras recogía la ropa esparcida por el suelo. — ¿Te vas sin siquiera darme la oportunidad de despedirme? — preguntó, su voz se había vuelto un susurro, como si la decepción la hubiera abatido. Me detuve un instante, sintiendo que su mirada me atravesaba. La verdad es que no quería ser cruel, pero la idea de quedarme un segundo más me resultaba insoportable. — No es que no quiera despedirme… solo que no sé cómo hacerlo — confesé, creyendo que la sinceridad podría suavizar la situación. — He tenido unos días... complicados. — Lo entiendo. A veces, las cosas no son como uno espera. Mientras me vestía, el silencio se hizo pesado. Finalmente, me puse la chaqueta y me giré hacia ella. — Gracias por la compañía, Olesya. Realmente lo aprecio, pero creo que es mejor que me vaya. — ¿Puedo al menos tener tu número? — preguntó, con esperanza. — Así podríamos hablar, quizás encontrarnos de nuevo. Dudé un momento. La idea de mantener contacto me resulta poco factible. — No estoy seguro… — empecé a decir, pero ella me interrumpió. — Solo un mensaje. No tienes que comprometerte a nada — Insistió, con su mirada fija en mí, casi suplicante. Finalmente, cedí ante su insistencia, saqué mi teléfono y le di mi número. — Solo un mensaje, ¿de acuerdo? — aclaré, considerando que estaba haciendo un mal trato. — Prometido. Con un último vistazo a la habitación, me dirigí hacia la puerta. — Cuídate. Espero que tengas un buen día. — Igualmente. Cuídate. — Su voz se desvaneció mientras cerraba la puerta detrás de mí.

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