Nuestro secreto, parte 2.

1153 Words
“Espérame despierta y no le digas a nadie…”  Esas palabras estaban tan grabadas en mi mente que puedo ver su pulcra letra flotando frente a mí… Me siento completamente abrumada por esto. Hace más de dos horas que terminó la fiesta de compromiso y él vendrá a mí. La señorita Ricardi es… una niña mimada. No es que le tenga odio porque será la esposa de Alfredo en un futuro cercano (dos años para ser exactos), sino porque siente que nadie merece el suelo que pisa. No sé cómo alguien como ella pudo haber sido amiga de Emilio alguna vez. Es bonita, sí. Demasiado bonita para que sea natural. Según Miriam, se ha sometido a algunas cirugías faciales y de aumento de pechos. Sin embargo, a pesar de todas esas cirugías, nuestras caras se parecen bastante. Tanto que podríamos pasar por familiares cercanas.  Lo único diferente es que sus ojos son de un intenso color verde y su cabello  es de un hermoso color chocolate, mientras que mis ojos son de un insulso café y mi cabello sigue sin decidir si es castaño o n***o.  La mirada que me dedicó mientras el padre de Alfredo me presentaba con los invitados como la que será la mano derecha de Alfredo cuando asuma la presidencia de la empresa me dejó aterrada, porque yo no hice nada para molestarla. En sí, la noticia me dejó en shock porque no tenía ni idea de que el señor Fabián haría algo así. Yo esperaba poder hacer mis prácticas profesionales ahí y luego buscar trabajo en Canadá o algo así. En fin, la cena fue por todo lo alto, se anunció el compromiso y todos aplaudimos cuando ellos se besaron, sellando así el compromiso hecho. Todo iba bien hasta que, antes de retirarse, Martha dijo que la velada había sido buena, pero que, de haber estado aquí Emilio, habría sido perfecta. Igualmente, dijo que era una pena que esté haciendo el internado en Sonora, porque está demasiado lejos y no podría verlo.  Sentí la atenta mirada de Alfredo cuando ella decía eso y tuve que fingir indiferencia cuando ella me preguntó si lo conocía, con ese tono tan molesto que usaba cada que hablaba conmigo, como si fuera demasiado estúpida para entender sus palabras. Como sea, estoy aquí sentada en el borde de la cama, debatiéndome entre seguir esperando a que Alfredo venga o ya cambiarme para irme a dormir.  Estoy a nada de pararme y cerrar la puerta con seguro cuando él entra y me mira con una intensidad que nunca había visto en él. La intensidad de su aroma cítrico me inunda las fosas nasales y entiendo que es porque acaba de salir de la ducha. Aunque, siendo honesta, eso es muy evidente, dado que sólo lleva una toalla enredada en la cadera y lo demás es su desnudez. Sigue mirándome de esa forma mientras se sienta en el banquillo del tocador y, con su dedo, me indica que me acerque. -Quítate el vestido, despacio.- dice cuando estoy frente a él y no sé qué hacer. -Alfredo… yo…- no sé qué decir ni cómo hacer lo que me pide, pues el pensamiento de que soy una callejera me invade de nuevo. -¿No quieres? Vamos Jenny, no es la primera vez que estaremos juntos. Será bueno para los dos, te lo aseguro.- se pone de pie y siento la calidez de su piel desnuda demasiado cerca de mí. Se da la vuelta detrás de mí y suelta las finas tiras del vestido, el cual cae a mis pies y trato de cubrir mi cuerpo con las manos. La ropa, si es que puedo llamarla así, es del más delgado encaje y apenas me cubre la enrojecida piel.  Él me mira con una fascinación que me deja muda y toma mi mano para llevarme al ventanal que está junto a mi cama. Siento la vergüenza bullendo en mi interior pero no digo nada porque me gusta esa forma en que me mira. Al llegar al ventanal, toma la silla y la acomoda para sentarse otra vez frente a mi.  -Ven aquí.- Dice mientras me jala y caigo sobre sus piernas. Siento su respiración pesada sobre mi cuello y reconozco que la mía es igual a la suya. Joder, estoy excitada, muy excitada. Pasa una de sus manos por mis senos, amasando y estimulando mis pezones de una forma que me vuelve loca. La otra mano baja por mi espalda hasta mi trasero y sigue con cuidado el camino del liguero para soltarlo. -Dame tu tanga.- Dice extendiendo su mano frente a mí y yo me congelo. Me mira expectante y sus caricias se detienen. Me pongo de pie con el cerebro embotado y hago lo que me dice con un nerviosismo tremendo.  -Ponte de rodillas.- dice al tiempo que abre la toalla y deja al descubierto su m*****o endurecido.  Por alguna razón, no puedo evitar compararlo con el de Emilio y pienso que el de el apelado es más grande y más “bonito”, si es que eso es posible.  Toma mi cabeza entre sus manos y, aunque sé lo que quiere que haga, siento miedo porque nunca he hecho algo como eso. Trato de alejarme pero me sujeta con un poco más de fuerza y de pronto lo siento en mis labios. -Abre la boca.- Me dice mientras una de sus manos abandona mi cabeza y comienza a acariciarse frente a mis labios. Aunque no estoy tan convencida de eso, le obedezco y al instante se hunde hasta el fondo de mi boca, provocándome arcadas. Ese no le detiene y comienza a moverse con soltura dentro de mi boca hasta que encuentra su clímax y esparce su semilla caliente sobre mi cara. Lo miro con los ojos llorosos y la mirada que me regala sigue cargada de excitación. -No tienes ni idea del tiempo que llevo deseando esto Jennifer. No tienes idea del tiempo que he esperado hacer lo que haremos esta noche. Y, por supuesto, no tienes idea de lo cuidadosos y discretos que debemos ser a partir de ahora.- -¿Por qué? ¿A qué te refieres?- digo confundida pero parte de su semen se escurre hasta mi boca y el sabor, demasiado salado, me produce un poco de asco, así que cierro la boca para evitar que entre más. -No seas tontita, Jenny. Te deseo con todo mi ser y sé que tú también me deseas, pero lo que hagamos no puede saberlo nadie. Este será nuestro secreto. ¿Entendido?- Asiento con la cabeza, incapaz de decir nada, mientras su semilla sigue escurriendo por mi piel y él me regala una sonrisa torcida que me pone como loca. -Ve a lavarte. La noche apenas comienza.- me hace pararme y cuando voy en camino al baño, me da una nalgada que me sorprende y me aterra a partes iguales.  
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