Las calles de la ciudad resplandecían bajo la tenue luz de los faroles, envolviendo la noche en un halo de promesas y libertad. Amanda y Aisha reían sin contenerse, eufóricas, decididas a vivir una aventura que les hiciera olvidar la rutina. Porque, aunque sus cuentas estuvieran llenas y sus vidas parecieran perfectas, también eran mujeres. Mujeres cansadas de la soledad, del vacío, del anhelo de sentir algo más que confort. —Vamos a una disco. Es del hermano de Sam, y ya nos está esperando allí —anunció Amanda con una sonrisa coqueta y los ojos brillando de emoción—. Te juro que esta noche podría acostarme con él. Sería el cumpleaños perfecto. —Pido a Dios que su hermano no sea feo —respondió Aisha entre risas, mientras sacaba su cámara para capturar el momento—. El sexo no suena tan ma

