La perturbación del equilibrio
Evangelina
El eco de una voz risueña y estridente recorre los pasillos de la mansión como una corriente eléctrica. Su sonido me arranca un suspiro cargado de resignación. Sé perfectamente lo que se avecina: un torbellino de energía desbordante, desorden y excentricidad dispuesto a irrumpir en la frágil armonía de este hogar.
Miró a Derek, forzando una sonrisa cálida, y luego giró el rostro hacia la entrada del salón. Ahí está. Mi hermana menor. Céline Monteverde. Era una mujer alta y esbelta, con la elegancia natural de alguien acostumbrado a las pasarelas. Su rostro, de rasgos delicados y mirada intensa, destacaba por unos ojos marrón claro profundos y expresivos, que heredo de mamá, que captaban la atención de inmediato. Su largo cabello lacio castaño oscuro enmarcaba su belleza fresca y sofisticada. Siempre sonriente y llena de energía, su personalidad extrovertida y segura hacía que brillara tanto frente a las cámaras como fuera de ellas. Luce un vestido azul francia con unos zapatos de tacón negros, radiante como siempre, con ese aire desinhibido y encantador que tanto la caracteriza.
—Hola, hermanita —le digo con afecto genuino, alzándome para abrazarla—. ¿Cómo estuvo tu gira de desfiles?
Céline es más que una celebridad internacional. Es el rostro más icónico de mi firma de moda y, aunque su personalidad puede resultar arrolladora, su talento es indiscutible. A sus veinticinco años ha logrado lo que muchas no alcanzan ni en una vida entera. Me enorgullece… aunque a veces me exaspera.
—¡Fantástica! Los diseños eran hermosos… pero ninguno tan hermoso como los tuyos —responde con esa sonrisa encantadora que derriba muros y voluntades. Me abraza con fuerza y luego se lanza, sin sutileza alguna, hacia Derek.
—¡Cuñadito! ¡Cuánto tiempo!
Derek se mantiene firme, sin devolver el gesto, y apenas esboza una sonrisa diplomática.
—Sí… un año, si no me equivoco —dice, frío.
Pero Céline ni se inmuta. Se pasea por la sala como si fuera la dueña del lugar, dejando su maleta sobre el sofá y sirviéndose un whisky en la barra con la confianza de siempre.
—Traje unos diseños divinos —me dice con emoción—. Y unos cuantos para ti: atrevidos, sensuales… perfectos para que enloquezcas a mi cuñado —añade con una sonrisa pícara.
Me río con suavidad, agitando la cabeza.
—Sabes bien que ese no es mi estilo.
—Lo sé, pero deberías probar algo diferente algún día —insiste, dando un sorbo a su copa con la elegancia de quien lo ha aprendido en las mejores fiestas de Acinoa o Vabalcionys—. Porque si sigues tan mojigata, alguien podría robarte a Derek —dice, lanzando un guiño.
Su broma me incomoda. Frunzo el ceño, sin disimular mi molestia.
—No digas tonterías, Céline.
—Está bien, está bien… —responde, alzando las manos en señal de paz—. Pero no digas que no te lo advertí —y su risa ligera se pierde en el aire mientras sube las escaleras rumbo a la habitación de huéspedes.
La casa recupera un poco de calma. Yo intento enfocarme nuevamente en mis pensamientos, en mi agenda… pero las palabras de Céline resuenan en mi mente como una gota persistente.
Tal vez Derek lo nota, porque poco después se acerca por detrás y me envuelve con sus brazos, apoyando su mentón en mi hombro. Su voz, baja y cercana, me acaricia como una brisa cálida.
—No le hagas caso. Ya conoces a Céline… siempre diciendo estupideces.
Me aprieta suavemente contra su cuerpo. Cierro los ojos un instante y me dejo envolver por su calor.
—A mí me gustas tal como eres —añade, dándome la vuelta entre sus brazos.
Sus ojos se clavan en los míos con una ternura tan intensa que me desconcierta. Luego me besa la mejilla y deja escapar una sonrisa que mezcla deseo y devoción.
—No podría fijarme en otra mujer cuando tengo a la más hermosa justo aquí… en mi casa. Y en mi cama —susurra antes de besarme, esta vez con más pasión.
Sus manos recorren mi cintura hasta posarse en mi trasero, que aprieta con dulzura. Me eleva fácilmente y me sienta sobre la mesa, donde nuestras bocas se encuentran de nuevo, esta vez con hambre. Sus labios bajan por mi cuello, dejando pequeñas mordidas que me hacen estremecer. Sus manos se cuelan bajo mi falda y acarician mi piel con una mezcla exquisita de ternura y deseo.
Justo cuando el ambiente se carga de electricidad pura...
—Disculpen... siento mucho interrumpir —dice Susan, de pie en la puerta, tapándose los ojos con una mano mientras gira el rostro con evidente incomodidad.
Derek y yo nos separamos de inmediato, aún con las mejillas encendidas.
—¿Qué sucede, Susan? —pregunto, aún ruborizada, intentando recomponer mi falda mientras Derek también se ajusta la camisa con discreción.
La sirvienta baja lentamente la mano que cubre sus ojos, aunque mantiene la mirada fija en el suelo, con una expresión de duda que no le es habitual.
—Disculpe, señora… es solo que… bueno… la señorita Céline me pidió que le prepare un baño con espuma y pétalos en la bañera principal.
Frunzo el ceño.
—¿La principal? ¿Te refieres a la de mi habitación?
Susan asiente con cautela.
—Así es. Me dijo que prefiere esa bañera, que la de huéspedes es muy pequeña… y también pidió que le dejemos una bata de seda blanca, una copa de vino tinto, y… —traga saliva, incómoda— música de fondo. Jazz francés, en específico.
Me quedo en silencio por unos segundos, atónita. Giró la cabeza lentamente hacia Derek, que apenas disimula una mueca que mezcla sorpresa y diversión.
—¿Y tú ya le hiciste caso? —pregunto a Susan con un tono más severo de lo habitual.
—No, señora. Vine a consultarle primero. Sé que esa habitación es suya… y del señor Derek, por supuesto.
—Gracias, Susan. Puedes decirle que la bañera principal no está disponible. Que use la de su habitación de huéspedes. —Mi voz suena firme, cortante, casi como un látigo disfrazado de cortesía.
—Como ordene, señora —responde Susan, inclinando la cabeza antes de retirarse con pasos silenciosos.
Cuando la puerta se cierra tras ella, dejo escapar un suspiro de frustración. Me deslizo de la mesa y ajusto mi ropa con movimientos tensos.
—¿Puedes creerlo? —murmuro—. Ni diez minutos lleva aquí y ya quiere invadir mi espacio personal. ¿Qué le pasa?
—Ya conoces a Céline —responde Derek con calma—. Siempre fue así. Se siente dueña del mundo.
Lo miro, entre incrédula y molesta.
—Sí, pero esta vez está cruzando un límite. No es solo caprichosa, Derek. Es... invasiva.
Él alza una ceja.
—¿Estás celosa?
—¿Celosa? —respondo con una risa seca—. No, no lo llames celos. Llámalo instinto de autopreservación. Porque si no marco territorio, esta casa va a parecer un set de desfile… y yo, una invitada más.
Derek se acerca, rodeándome con sus brazos de nuevo, buscando apaciguar mi tensión.
—No dejaré que nadie te quite tu lugar, Eva. Nadie.
Me quedo quieta por un momento, escuchando sus palabras. Me aferro a ellas… aunque en el fondo, una duda empieza a germinar. Porque conozco demasiado bien a mi hermana. Y esta vez, no ha venido solo por descanso.
Ha venido con una intención, aunque no sepa cual sea me mantendré alerta.