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1252 Words
Retazos de un amanecer roto  El amanecer se despliega sobre San City como una acuarela viva de tonos cálidos y dorados. El cielo se enciende poco a poco, bañando las calles dormidas con una luz que parece prometer que todo puede empezar de nuevo. Las casas, alineadas como centinelas silenciosos, comienzan a despertar con lentitud. Las sombras nocturnas se desvanecen, y con ellas, los suspiros del ayer. La ciudad cobra vida entre bostezos, puertas que se abren y voces que rompen el silencio. Padres apresurados llevan a sus hijos al colegio, el aroma a pan horneado flota entre las esquinas, y un murmullo creciente de risas y conversaciones forma una sinfonía matinal que solo este instante puede crear. En la imponente mansión Monteverde-Valverde, el movimiento empieza a surgir como una coreografía ensayada. Susan, la fiel sirvienta de la familia, era una mujer de unos sesenta años, menuda y de movimientos discretos. Su rostro, marcado por arrugas suaves, reflejaba años de trabajo silencioso y dedicación. Tenía ojos marrones cálidos y atentos, de esos que todo lo observan sin decir demasiado. Su cabello castaño, ya entreverado de canas, solía llevarlo recogido en un moño sencillo. Había una sonrisa tranquila y una dulzura serena, la de alguien acostumbrado a cuidar de otros sin esperar nada a cambio. Camina con agilidad entre la cocina y el comedor. Lleva puesto su uniforme perfectamente planchado, mientras prepara el desayuno, el aroma a café recién hecho, pan tostado y mermelada de frutos rojos se extiende como una caricia por el aire. La primera en bajar es Evangelina Monteverde de Valverde. Una mujer de 35 años, alta y elegante, de porte seguro y movimientos gráciles. Su rostro, de rasgos finos y bien definidos, estaba enmarcado por un largo cabello castaño oscuro con ondas, recogido en un moño elegante, deja escapar algunos mechones que enmarcan su rostro maquillado con discreción y buen gusto. Sus ojos marrones oscuros profundos y expresivos transmitían inteligencia y determinación, propios de alguien acostumbrado a dirigir su propio camino. Tenía una belleza sofisticada y una presencia magnética que llamaba la atención sin esfuerzo. Luce un traje marfil que se ajusta perfectamente a su figura y unos zapatos plateados que brillan con sutileza. Mientras desciende las escaleras con naturalidad, guarda algunas cosas en su bolso, revisando mentalmente su agenda del día. —El desayuno está listo, señora Eva —informa Susan con una sonrisa amable. —Gracias, Susan. Puedes servirlo —responde Evangelina con voz suave, sin dejar de organizar lo que lleva en la cartera. Susan asiente y desaparece tras las puertas de la cocina. Eva, ahora sola en el salón principal, se permite una pausa para respirar. La luz de la mañana entra a raudales por los ventanales altos, acariciando cada mueble, cada pieza de arte, cada rincón decorado con un refinamiento que refleja el alma de su dueña. Dueña y presidenta de una de las firmas de diseño de moda más influyentes del país, Evangelina impone su visión en cada rincón de su imperio. Hoy, tiene una reunión decisiva. Una presentación clave para la nueva colección, un desafío más en su incansable búsqueda de excelencia. Susan regresa con la bandeja servida y la deposita sobre la mesa con el cuidado de quien conoce los gustos de su señora. —Aquí tiene, señora. Todo está recién hecho. —Gracias, Susan. Se ve delicioso —dice Eva, sentándose con elegancia, disfrutando de unos minutos de paz antes del torbellino que se avecina. Los pasos firmes de Derek Valverde rompen el silencio mientras baja por las escaleras. Era un hombre de 35 años, alto y de porte seguro, con hombros anchos y una presencia que imponía respeto al entrar en una habitación. Su rostro anguloso y de mandíbula firme le daba un aire decidido. Tenía ojos claros y penetrantes, siempre atentos, como si evaluara cada situación con calma y precisión. Su cabello rubio oscuro, cuidadosamente peinado, completaba una imagen elegante y sobria. En él había una mezcla de autoridad, inteligencia y un magnetismo natural propio de alguien acostumbrado a liderar. Viste un traje n***o impecable, camisa blanca y corbata perfectamente ajustada. Revisa su reloj Rolex mientras camina hacia la mesa. —Buenos días —saluda con voz grave y contenida. —Buenos días —responde Eva sin levantar la mirada de su taza de té. La cordialidad es apenas un velo sobre lo que una vez fue una pasión incandescente. Años atrás, Evangelina y Derek soñaban con una familia, una casa llena de risas infantiles y noches abrazados en el sofá. Pero la infertilidad diagnosticada a Eva destrozó cada uno de esos sueños. El dolor los separó, y con el tiempo, el amor cedió lugar a una rutina fría, casi mecánica. Ahora, comparten la misma casa, la misma mesa, incluso el mismo apellido... pero no la misma vida. —Derek... —dice Eva de pronto, rompiendo un silencio que lleva años instalado entre ellos—. ¿Algún día podremos hablar? Derek detiene su movimiento, los ojos fijos en su plato. Finalmente, la mira. —¿Hablar de qué? —De nosotros. De este matrimonio que parece una farsa. De la posibilidad de tener hijos… aunque no sea de la forma tradicional. Derek se queda en silencio unos segundos. Toma un sorbo de café antes de hablar. —Eva, lo sé. Nuestro matrimonio ha cambiado, pero eso les pasa a todos. Nada es perfecto —dice mientras toma la mano de su esposa, haciendo brillar su anillo de bodas bajo la luz del sol—. Podemos reconstruir lo que teníamos… pero no quiero embarcarnos en métodos artificiales. No quiero lidiar con problemas, ni criar hijos que no sean nuestros. Eva lo mira incrédula. Su mandíbula tiembla. Da un golpe seco sobre la mesa, haciendo vibrar la vajilla. —¿De verdad piensas que buscar alternativas es un error? ¿Que tener sexo una y otra vez sin resultados es nuestro único camino? —su voz se quiebra—. No tienes idea de lo que fue para mí escuchar que nunca podré ser madre. Me rompieron. Me arrancaron cada ilusión. Al menos quiero intentarlo. Quiero darle amor a un niño que lo necesita… aunque no sea de mi sangre. Las lágrimas comienzan a correr por su rostro. Derek la mira, conmovido. Se levanta de su silla y se arrodilló junto a ella. Le toma las manos con ternura, con culpa. —Lo siento. He sido un idiota egoísta. No pensé en lo que tú viviste, en lo que sentiste… Solo pensé en mí. Besa sus manos con dulzura, como si quisiera repararla con sus labios. —No sé cómo ayudarte a sanar, pero sí sé que quiero intentarlo contigo. Consideraremos cada opción, lo que sea necesario para formar esa familia que tanto deseamos. Evangelina lo mira, con los ojos brillantes, y sonríe por primera vez en mucho tiempo. Se lanza a sus brazos y lo besa con toda la pasión reprimida. Por un instante, todo el dolor parece diluirse en ese abrazo. Pero el momento se quiebra. El timbre suena. Susan camina apresurada hacia la puerta mientras los esposos se separan con lentitud. Una voz femenina, alegre y vibrante, resuena por toda la casa. —¡Buenos días, querida familia! Evangelina rueda los ojos, suspira con resignación y gira la mirada hacia la entrada. Una joven se planta en medio del comedor con una gran sonrisa, bolso en una mano, maleta en la otra, y una energía que parece desentonar con la atmósfera solemne de la casa.
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