C A P Í T U L O I

1519 Words
El demonio. Juzguen ustedes, yo estoy muy consciente de lo que hago. Sé muy bien que Erick no es precisamente el amor de mi vida, pero hay algo en él… o algo quizás en lo prohibido de tenerlo, ese instinto indescifrable que se vuelve deliciosamente mortal. Mi corazón late a toda velocidad. — Cierra la puerta cariño— dije y mi voz sonó melosa. Empalagosa, en cualquier otra situación me hubiese dado pena ajena este comportamiento. Ahora no. Desabrochó los botones de mi camisa. —. Sin seguro Erick. — le ordenó finalmente. Sonrió juguetona, hay algo exquisito al verle perder la cordura. Esa necesidad latente en su mirada de hacer todo para agradarme. Cualquiera pensaría que un hombre alto y fornido como él, tendría el control. Sin tan solo alguien lo vieran cómo asiente nervioso a mis requerimientos, lo vuelvo loco, lo sé. Es un juego peligroso, pero también adictivo y delicioso. Erick se acerca a mí para devorar mis labios nuevamente mientras que con una de sus manos libres sostiene mi cabello con fuerza. El calor que emana de nuestros cuerpos es suficiente para envolvernos en llamas. Su otra mano se fue debajo de mi falda y la humedad era palpable sobre la ropa interior que llevaba, sintió esa necesidad de hacerlos añicos y no se resistió. Con una fiereza que robó un gemido de mis labios hinchados, arrancó la tanguita roja. Con fingida delicadeza comencé a mover mi cadera sobre su mano buscando ese toque, que mi cuerpo entero necesita. Erick llevó el panty a su nariz y lo olfateó, lo saboreó en su boca, solo un poco. — Estás aprendiendo a probarme Erick, pero sabe mejor desde la fuente. — muerdo mi labio inferior , cosa que a simple vista lo pone más que duro. Sabe lo que se viene. — Siempre sabes tan bien. — su voz ronca, llena de deseo. Había algo delicioso en disfrutar de lo prohibido. Tomé fuerte su cabello y lo obligó a agacharse frente a mí, me encanta eso que suele hacer con su lengua. Me lleva muy cerquita del cielo. Mi adorado jefe volvió a mis pensamientos, debe estar en alguna cena con algún diplomático aburrido, quizás cerrando un contrato, lo que sí es seguro es que no se está imaginando que yo su odiada secretaria está a punto de correrse en su escritorio. La mano de Erick se posicionó en mis pechos obligándome a recostarme en el escritorio de madera de roble. Subió mi falda y su cara se fue a mis muslos, besando, mordisqueando, creando un camino húmedo al centro donde verdaderamente esperaba tan ansiada atención. Mi mente está nublada por la presión, mi entrepierna súplica atención. — Vamos Erick, necesito más. — mi voz sonando ronca, en un susurro débil y necesitado. Los pasos firmes fuera del pasillo. Por un momento tuve la intención de parar. Pero no, Dios, no. Se siente muy bien así. Seguramente es alguien más y no él. Nadie entra a esta oficina sin pedir permiso. Él no está en la ciudad. Las enormes ansias de que la lengua llegará al fin a su destino me hizo apretar la melena rubia de Erick llevándola a mis pliegues. Cuando ya estaba a punto de sentir su lengua, el tiempo pareció detenerse y Erick también, el pomo de la puerta giró. De inmediato me separé como si el rubio fuese agua y yo el caliente aceite. Ya era tarde. Ví mi reflejo en el vidrio de la ventana y sé que ni siquiera tendré la oportunidad de salvarme de esto. Estoy roja, mi cabello revuelto, mi pecho aunque está cubierto por el brasier, está totalmente al aire, el frío me abraza fuerte. Sentí en carne propia, lo que mis compañeras insatisfechas sentían. En un parpadeó la puerta se abrió. ¿Cómo? él no debe estar aquí. Él, su sola presencia llenó la oficina por completo, ese distinguible olor a tabaco y loción costosa. Madera, mar. Su perfección hasta en el broche que lleva en la corbata. Magnus Ansen Colonna, mí jefe. — Mierda…— susurró Erick, retrocediendo solo un poco mientras recogía su saco de la mesa e intentaba actuar normal. La mirada de Magnus fue tan fría, dura e imposible de detener, de apaciguar. Nos fulmina letalmente. — Fuera— dijo con ese tono mordaz, autoritario. Vire mis ojos, ya me jodí, no estoy en una buena posición -aún recostada al escritorio- . Puedo sentir -sin tocarlo- como todo el cuerpo de Erick tiembla ante la presencia de Magnus, y no lo culpo, es que él, Magnus Ansen es así. Imponente. Me recompuse de inmediato y bajé la falda, seguramente me echará. Si ya me odiaba y no me soportaba con esto tengo asegurado el cielo, o el infierno en su defecto. El miedo no me deja pensar con claridad, pase de la calentura máxima, al frío incontrolable. Mi corazón siento que el cualquier momento saldrá por mi boca. Torpemente abroche los botones de la camisa y me apresuró a ir detrás del rubio. Entonces su mano fuerte se clavó en mi brazo, haciéndome retroceder bruscamente. — Usted no señorita Bonneville.— dijo con la voz levemente ronca, ese tono mordaz que puede despedirte de este mundo en el acto. Su respiración está entrecortada, me cuesta diferenciar si es rabia o algo más. Ese más. Erick quiso regresar por mí, a salvarme del demonio mismo, pero este lo impidió cerrando la puerta tras de sí. El silencio que quedó fue insoportable, asfixiante. Solo se oía el latido frenético de mi propio corazón. En este preciso instante desearía tener poderes de teletransportación y desaparecer de la faz de mi jefecito. Respira Callie. Lo horrible y terriblemente difícil que será recuperar mi reputación laboral. Tendré que volver a Colorado con mi familia con el rabo entre las patas. Ya comenzaba a darme un soponcio, intentó pasar una de mis manos por mi alborotado cabello, sin éxito. El silencio de Magnus no ayuda, es aún peor. ¿Que se supone que tengo que decir?. Disculpe por andar de caliente en su oficina. ¡Que inmoral Callie! Él me dió la espalda y se encaminó a su escritorio, lo inspeccionó como cualquier policía en la escena de un crimen. Mientras con fingida delicadeza colocó su saco en el respaldo de la silla. Devolvió su vista a mí, yo ya me había pegado a la puerta, aferrándome a la salida. Solo que ya no tenía salida. — Interesante manera de utilizar mi oficina señorita Bonneville— dijo finalmente, su mirada, había algo ahí que es igual o parecido a desnudarme—. Supongo que no solo los informes son los que terminan aquí. Una sonrisa ladina y terriblemente oscura se instauró en la comisura de sus labios. Una sonrisa forzada, sin gracia. Se burla de mí, en mi cara. Se ve tan endiabladamente sexi, que no sé a qué emoción corporal darle rienda suelta. Es el efecto Magnus, nada se piensa con claridad cuándo él está presente. — Señor perdone usted— moví mis manos frenéticamente sin saber exactamente qué decir o hacer. —. no creí que las cosas se fueran a poner… ya sabe, indecentes. Además no pensé que usted llegaría tan pronto. Dios mío, no puedo ser cínica pero me defenderé hasta el final. No es que tenga muchas las de ganar. — Me gusta sorprender señorita Bonneville.— sonrió apenas, de nuevo esa sonrisa diabólica. Con mucho sigilo se acercó a mí, estando frente a frente, el espacio entre ambos se redujo a centímetros, el aire se volvió tan denso, casi tangible. — Dime, Calíope— susurró bajito, asegurándose de que fuese íntimo, que lo notara, que su perfume y su propio calor me envolvieran —. ¿Te gusta jugar con lo prohibido? Lo miré desafiante, no puedo dejarlo tener control sobre mí. Dios salve. — Solo cuando vale la pena señor. Sé que fue algo inapropiado, pero no volverá a pasar. ¿Qué haces Callie? Ya te habías ganado un salvavidas al cielo, estás buscando adentrarte al infierno.. Volví a bajar mi vista, había algo en la de él que es quemarse, ahogarse con solo mirar. Una sonrisa de soslayo brotó de los labios del hombre. Sus ojos me devoraban con una oscuridad que nunca había visto en él. Al menos una oscuridad que jamás había sido dirigida a mí.. — Entonces asegúrate de saber y cumplir las reglas— su aliento rozó mi cara logrando estremecerme, ese olor a tabaco, whisky caro y menta fresca, encendió un cosquilleo en un lugar inimaginable. —. Quiero que este documento esté listo para mañana— bajó su mirada lentamente y me recorrió entera—... Y la próxima vez que decidas utilizar mi escritorio al menos asegúrate de terminar todo el trabajo. Magnus extendió su mano al pomo, lo sujetó fuerte, antes de girarlo y salir, se detuvo sin mirarme. — Por cierto señorita Bonneville— su voz baja, mortal. —. Cierre bien con seguro la próxima vez. No siempre tocó antes de entrar. El demonio acaba de despertar. †
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