C A P Í T U L O II

1632 Words
Peligrosa invitación. Narra Caliope Bonneville. Él salió con unos hombres trajeados hace un momento, fue el instante perfecto para escabullirme. El aire cargado de la oficina me dió la estocada que necesitaba para salir corriendo al baño, necesito borrar la vergüenza y el miedo irracional que me dió cuando Magnus me encontró en esa candente y vergonzosa situación. Todavía puedo sentir el hervir de mi sangre, mis piernas temblando y ese amargo sabor en mi boca. Eso no se borra tan fácilmente. Bendito lucifer… esas son cosas de él. Nada más a mí se me ocurriría pensar en tentar mi propia suerte, pasar de una calentura clandestina, a despertar la ira del hombre más temido del parlamento noruego. De toda Noruega en realidad.. ¡Puta madre, qué desastre! ¡Qué ovarios te cargas amiga! Gracias a todos los dioses, sigo viva. Sí fuera por mi fiebre vaginal, ya estaría muy seguramente haciendo la fila de San Pedro. Tengo la excusa perfecta, en Colorado siempre fui una mujer, alumna e hija estrella. Venir a Oslo fue en parte para liberarme de alguna manera. Sacar lo mejor o peor de mí. De alguna manera eso me ayudaría a crecer. Técnicamente lo estoy cumpliendo, sucumbiendo a mis más bajos instintos, deje de sentirme culpable hace mucho. Enjuagó mis manos en el lavabo y las pasó por mi cuello, es imposible bajar la creciente calentura. Fría fría fría, el agua está fría como él. Aunque creo que ni el ártico entero podría apagar el fuego que Magnus había encendido en mí con tan solo una mirada. Saboreó mis labios recordando su olor. Tengo el cabello revuelto, los labios hinchados, la blusa mal abotonada… y entre mis piernas, la ausencia total de mis queridos pantys. Ya no existen, quedaron totalmente perdidos. Pase las manos húmedas por mi pecho, baje a mi escote, maldije desear unas manos en específico haciendo este trabajo, sentir su toque frío, sus besos fríos. Estoy segura que el César de Oslo, quizás sería el hombre indicado para apagar o al menos apaciguar el fuego que llevo dentro. El hombre es tan apetecible, que digo apetecible. Él es el pecado mismo encarnado. Magnus Ansen es todo lo que una mujer desea, medio Oslo desea estar en su cama. El recuerdo de su voz. — ¿Te gusta jugar con lo prohibido?— me erizo la piel y trajo nuevamente a mi cuerpo el temblor involuntario. Sí joder, me gusta. Y lo peor, ahora él lo sabe. Necesito de alguna manera dispersar está confusión. Antes de que Magnus entrará a la oficina, estaba pensando en él, en qué él me observará teniendo placer, que me viera correrme. Que me castigara. Padre santo, me estoy convirtiendo en un monstruo que no conoce de límites. Uno caliente. Uno que anhela ser castigado. Pero no cualquier castigo, anhelo su castigo. Anhelo las manos de Magnus acariciando mi cuerpo. Para los límites, tenemos las fronteras. Sé que debo parar en algún momento, solo que no ahora. Dios padre bendito de la creación, salva tú, el alma de Calíope Bonneville de las cochinadas y perversión. Estoy perdida definitivamente. ***** Mientras tanto, en la oficina más helada del Parlamento. Estaba él, sentado en su escritorio, ese documento sobre una licitación ministerial, se estaba convirtiendo en la tarea más difícil de terminar del día. Ella se había ido, él no sabía a dónde, lo cual le dio un creciente enojo que lograba que su mano libre se empuñara hasta emblanquecer sus nudillos. La dejaría estar por el momento. Solo por el momento. La imagen de su asistente, despeinada, al borde del placer, lo estaba haciendo tener una erección dolorosa. Esa respiración agitada, el rubor que se extendió sobre su pecho. Dios, el maldito rubor. No logra sacarla de su cabeza. Y sin duda el debate que estaba teniendo. El panty de Calíope se había caído del saco de Erick, él lo vio cuando se acercó a colocar su propio saco en el respaldo de la silla. Inconscientemente casi por inercia lo rodó con su pie debajo de la mesa. Sabía que eso era una dulce y peligrosa invitación. Quizás así no tendría valor para contenerse. ¿En qué carajos estaba pensando? Ella no le gusta, no le atrae, es obstinada. La había estado evitando hacía mucho tiempo, pensar en ella es un placer prohibido y esto no cambiaría nada, esta vez no sería la excepción. Aunque, la prohibición no le impide darle a entender que a pesar de que sea una mujer adulta, debe ser disciplinada. Solamente es cuestión de disciplina, pensó. — Ella necesita alguien que la corrija, que le enseñe disciplina, eso es lo que hace una figura paterna ausente en las personas. Yo por mi parte, necesito recordarle quién coño es quién manda. — su ceño fruncido y su propio corazón acelerado le gritaron mentiroso a toda voz. Habló solo en su propio despacho; ya había comenzado a perder la cordura. Un golpe leve en la puerta lo hizo espabilarse y dejar el recuerdo de Calíope siendo castigada por allá en lo más profundo de su mente. — Pase. La reina de Roma, pensando en ella y ella se asoma. Ya se había organizado la ropa, había dejado más impecable su maquillaje; era ella de nuevo. Se preguntó si de casualidad aún seguía sin ropa interior debajo de esa falda anticuada. Despejó esos pensamientos y se obligó a mantenerse sereno y profesional. Esa carita cincelada, el azul de sus ojos, las leves pecas en sus mejillas, sin duda una apariencia casi angelical. Echó esos pensamientos a un lado, ella era una inmoral. Una angelita, pero del infierno. Se vino a su mente la imagen de Calíope envuelta en un traje rojo ajustado, de cuero, con cuernos y se sintió asfixiado. La creciente erección comenzó a batallar en sus pantalones y se obligó a ocultar cualquier atisbo de excitación. Una idea surcó su mente. Se juró llevarla a cabo. Todo para fines disciplinarios. Ella caminó lentamente hasta el escritorio, el documento que debía entregar, temblaba en su mano. El miedo apoderándose de ella, la duda de saber exactamente qué le diría él a continuación. Magnus por su parte al verla entrar suspiró, apretó el panty que ya se había encargado de recoger y tenía guardado en el bolsillo de su pantalón. Su polla palpito como si tuviera vida propia y se reprendió mentalmente. Ella necesita disciplina, disciplina. Le estaba costando un montón tener a sus cabezas de acuerdo. — Señor Ansen, vengo a hacerle entrega del documento que me solicitó. El itinerario del viaje a Roma está hecho. — su voz temblando en cada palabra y lo rojo de sus mejillas dejaba al descubierto la vergüenza que estaba sintiendo. La observó de arriba a abajo, detallando con descaro las partes donde su anticuada ropa de oficina se adhería a su cuerpo. Caliope tenía buenas voluntades físicas, un pecho prominente sin caer en lo vulgar, una cintura pequeña, caderas más anchas y sus nalgas cuando las vio reposadas en el escritorio, fue lo que más llamó su atención, redondas voluminosas sin ser exageradas. Se imaginó palmeando fuerte y el calor lo obligó a aflojarse la corbata. Por eso dice, buenas proporciones. La mujer era el deseo mismo escondido en el traje de oficina. Se levantó de su silla y rodeó el escritorio pasando con cuidado la yema de sus dedos, justo dónde Caliope había reposado sus nalgas minutos atrás. Se detuvo a un paso de ella, no la tocó pero la cercanía fue más que suficiente para que el aire entre ellos ardiera. Tomó el documento de las manos temblorosas de la indisciplinada Calíope y lo ojeó sin importancia. — De hecho, señorita Bonneville— su voz fue baja, como un secreto que solo debía ser compartido entre ambos. Peligroso. —. Usted volará conmigo a Roma.. Caliope tragó saliva, bajó su mirada incapaz de sostener la de él. — ¿Todo el viaje señor? — preguntó perturbada y con el corazón en la garganta. — Todo. — dijo con ese tono mordaz, con esa autoridad que lo caracteriza. Bueno, ella se dio por enterada de que eso era seguramente para destruirla públicamente; la asistente anterior fue despedazada bajo el ojo público por algo no tan parecido a lo que ella hizo. En conclusión, meterse con el tiburón, con el señor de los señores de la política Noruega era asegurarse la muerte. El entierro público. Por eso dicen que las venganzas de los nórdicos, son dulcemente frías. Trataría de salvarse hasta la última instancia. — Entiendo, sí señor. — aceptó dispuesta. Eso le encantaba, él podía exigir lo que fuera y Calíope siempre era obediente. Ella se dio la vuelta para marcharse, entonces él agregó: — Otra cosa por mencionar, señorita Bonneville, tenga en cuenta que si vuelve a utilizar mi escritorio para sus fines inmorales, un buen procedimiento disciplinario le hará entender porque a menudo me llaman el demonio de Oslo. Asegúrese de saber rezar, lo necesitará. Se volteo un poco de soslayo y asintió a su jefe, en parte muerta de miedo y en parte algo más… Aún de espaldas, sin un toque o una mirada, sintió como su entrepierna se mojaba. Aquello era una advertencia, una amenaza sutil y aún así logró hacerla imaginar, volar. Por alguna extraña razón, siguió rondando en su cabeza la parafilia de ser castigada por su jefecito. Salió huyendo de la oficina. No daría rienda suelta a sus bajos instintos, no hasta allá. Por su parte, el titán de Oslo sonreía diabólicamente. Con una falsa delicadeza sacó el panty rojo de su bolsillo y lo colocó sobre su nariz. Aspiro su olor, se imaginó sus labios al descubierto y lo maravilloso que se sentiría tocarlos. Aunque suena mejor, castigarlos. Un delicioso castigo. †
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