Afrodita.
Narrado por Caliope Bonneville.
En realidad no sé si salí huyendo de él, o de mi misma. El aire afuera es gélido, agradecí a Dios que no hubiera ni una pizca de tráfico en las calles. Deseaba llegar a casa, el mundo afuera suele ser sofocante.
O yo estoy sofocada. Una de dos.
Deje el auto en el parqueadero y camine hasta mi casa, vivo desde hace al menos dos años en el mismo lugar. Es un conglomerado de casas fuera de la ciudad, todo el parlamento vive aquí, claro, cabe aclarar que no todos. Los peces gordos viven en mansiones.
Mi pulso se encuentra acelerado, la calentura aún no termina de abandonar mi cuerpo. El fuego entre mis piernas es difícil de apagar, es como una antorcha viviente.
Ese hombre, ese infame demonio, sigue rondando en mi cabeza.
Magnus.
¿Cómo puede alguien hacerte sentir desnuda sin tocarte?
Maldito, tiene poderes infernales.
Abrí mi cueva y tiré el bolso junto conmigo en el sofá. Dios mío, estoy jodida.
Todavía puedo oler su perfume, se mezcla con el de Erick y mi cuerpo se encuentra tan confundido que simplemente se debate en qué sentir y por quién.
Despejé esos pensamientos como quién espanta mosquitos en una noche calurosa y me fui directo al baño, un baño me despejara.
Tengo el juicio medio dañado. Hoy se terminó de joder.
Observé mi reflejo en el enorme espejo de pared a piso e inconscientemente lo imaginé aquí, junto a mi.
Hablándome al oído, su voz que quizás lograría hacer que me corra con tan solo susurrar un par de palabras.
La manera en la que me desborde de deseo.
¿Debería parar?
Mi subconsciente se fue de nuevo a su mirada voraz sobre mi cuerpo y con mis manos hice un repaso de esta.
Pechos.
Cintura.
Caderas.
Piernas.
Pude sentir como comenzó mi entrepierna a mojarse de nuevo. Está al aire libre, desnuda. Ansia un toque. Ese toque exactamente.
Desabroché los botones de mi camisa con suavidad, toque mis pechos firmes y a la vez quite el brasier que ya comenzaba a estorbar. Apreté suavemente mis pezones, cuando él habla de castigar
¿Se sentirá así?
¿Tú toque se siente así Magnus?
Un gemido involuntario escapó de mis labios.
Baje el cierre de la falda y la dejé caer, mi desnudez es algo que amo mirar.
Mis pechos no son gigantes, son acordes a mi contextura corporal, talla treinta y cuatro.
Mi cintura es pequeña, mis caderas son más anchas sin verme grande. Sé que llamó la atención de cualquier hombre.
Excepto la de él. Llevo un poco más de tres años trabajando para Magnus Ansen y jamás me ha visto con lujuria.
Hasta hoy.
Saber que no me desea me enciende más. Aunque eso pudo haber cambiado hoy.
Su mirada me lo decía.
Magnus, Dios.
Mi mano se fue a mis labios mojados, toque suavemente el borde de los pliegues. Los dedos están fríos, por lo que ese toque se sintió como si el mismísimo rey del Inframundo estuviera tocándome ahí.
No me contuve más, los moví fuerte de adentro hacia afuera haciendo leves paradas en el botoncito del placer. Cada estocada se sentía más explosiva que la anterior.
Sentía esa calentura particular arremolinarse en mi vientre, como fuertes corrientazos peleando por hacerse notar. Aceleré el movimiento de mis dedos, mientras que con mi mano libre apreté nuevamente con fuerza mis pezones, deseando tener su boca mordisqueando.
— Magnus Ansen Colonna…
Su nombre se escurre de mis labios con un fuerte gemido, mientras la explosión abarca cada espacio de mí.
Los espasmos me fueron dejando de a poco y comenzó a llegar esa maldita culpa. Mi cuerpo satisfecho y la mente envuelta en una bruma negra.
La tina comenzó a rebosar de agua por lo que la cerré y mejor me dispuse a meter mi cuerpo desnudo a esta. Con ese inconfundible nudo en la garganta que llega después de un momento como este.
Con la soledad como única compañera. Abrazo mis piernas y una lágrima traicionera se resbala al inmenso mar de agua en la bañera.
No siempre fui así, no siempre estuve obsesionada con el placer, con lo prohibido, con esa estúpida necesidad de sentir mucho más.
Hubo un tiempo en el que le tenía miedo a mi propio cuerpo, al reflejo frente al espejo.
Miedo a tocarme, a desear, a explorar y conocerme. Tenía la creencia de que las chicas buenas no hacen eso.
Tarde me di cuenta de algo, no prósperas amorosamente siendo una chica buena. Mi ex me dejó por no estar lista.
Dijo: “eres demasiado complicada, una mujer normal sabe lo que un hombre necesita”
Y se fue. Así sin más, sin decir adiós. Al mirar desde lejos, no es para tanto. Pero en aquel entonces sí dolió. Dolió como un carajos.
Durante un año me sentí una idiota defectuosa, lloré un montón de noches, mi corazón se sentía destrozado.
Me dediqué a estudiar y me gradué sin contratiempos, me vine a vivir a Oslo y estaba consciente de que mi cuerpo era un problema, uno que necesitaba resolver.
Solo que a mí manera. Primero fueron pensamientos fugaces, la intención de hacer algo solo que sin saber exactamente qué, lo segundo fue buscar sitios que nunca debí visitar, foros de internet lo bastante grotescos hasta para mí, lo tercero, una salida.
Un teléfono.
Exactamente una línea caliente. La excusa perfecta para comenzar a sentir y dejar de pensar tanto, sin exponer mi vida o integridad en el intento.
No sé cómo pasó, algunas copas de vino, una voz misteriosa y yo fingiendo ser otra. Una mujer con poderes sobrenaturales que sabía exactamente qué decir y hacer.
Me sentía poderosa, imparable.
Lo de mi integridad no me lo tomé en serio.
Concerte un encuentro con un hombre esa noche en plena borrachera y con los niveles de valor elevados. Recuerdo sus caricias, su toque, su ferocidad.
Cómo me destruyó y volvió a armar. Cómo su boca me deshizo en más de una ocasión. Me volví adicta. Aunque recuerdo todo de esa noche, hay algo que se fue con él por la mañana.
Su rostro, no lo recuerdo. No sé quién fue.
Desde entonces sigo con esta doble vida, de día una excelente asistente de relaciones públicas en el parlamento… de noche, bueno, quizás mi padre se equivocó de nombre. No debía llevar Calíope, ella era elocuente y sabia.
Soy más bien lo contrario.
O quizás es que soy la encarnación pérdida de Afrodita.
En fin, no todos los hombres con los que hablo son interesantes. Algunos están vacíos. Pero él fue la excepción, nunca supe su nombre real, ni él el mío.
Pero conocí tan bien su voz, grave, serena, autoritaria y peligrosa.
Sin duda, muchas veces me enciende con tan poco y otras muchas más me hiela la sangre.
— Tienes una voz exquisita pequeña, harías que el cielo o la tierra ardiera en llamas si así lo quisieras— sé que ahí tenía contenida su erección—. Daría todo por verte temblar otra vez, Rou.
¿Sabían que Roula es un diminutivo para referirse a Afrodita?
Esa voz me enloquece y aunque no lo recuerdo físicamente, su voz es incomparable en el mundo.
O eso creía hasta hoy.
Cuando Magnus Ansen me miró con esos ojos llenos de frialdad y me habló con esa voz llena de autoridad. Por un instante, solo por un pequeño instante juro que escuché la misma voz.
Eso no podía ser así.
¿Verdad?
Mi celular sonando a la misma vez que el timbre de casa me sacó de mi ensoñación. Fui directo a la puerta mientras estaba aún envuelta en la salida de baño.
Abrí la puerta y nadie estaba afuera, en su lugar había una caja negra con mi nombre escrito en letra cursiva de color dorado.
La tome y eché un vistazo afuera esperando encontrar al mensajero, no ví nada así que entre. La abrí con sumo cuidado, hay advertencias en el parlamento de paquetes sospechosos.
Me relajé y a la vez me alarme, encontré dentro un delicado vestido rojo carmesí con una nota dentro que decía:
“Mañana a las 20:00 Bonneville y no me haga esperar demasiado. No debo recordarle que es una orden.
PD: se usa mejor sin ropa interior.”
— Magnus Ansen.
†