Mi existencia.
Narrado por Caliope Bonneville.
Camino de un lado a otro sin saber exactamente qué hacer conmigo o en su defecto con toda la mierda inimaginable que me rodea.
Odin me mira interesado y a su vez ronronea mientras mueve la cola. Sabe que ya estoy al borde de la locura.
Tomó el celular de la línea roja entre mis manos y decido al fin guardarlo junto con el sobre n***o en la maleta.
No sé cuánto tiempo estaré por fuera, lo cierto es que, este viaje es más que conveniente.
¿Y si Freyr es un loco de esos de los documentales de asesinatos?
Dios mío.
Yo lo provoque.
Un sudor frío me recorre la frente y a su vez me hace temblar de miedo.
Por otro lado está Magnus, ya conoce mi cuerpo, me probó, me destruyó y aún así sigo estando atada a él.
Cuando el reloj dió el cinco para las doce, cuando me comí esas uvas y pedí al cielo, al año nuevo o a cualquier ente que me estuviera escuchando que me dieran algo de diversión en la vida, jamás pensé que se fuera a tergiversar el pedido.
Estoy jodida por todos lados.
Sobe mis sienes palpitantes, mientras me obligué a tranquilizarme.
Desde que estoy sola, aquí en un país diferente, desde que perdí a papá y la mejor opción fue separarme de todo y todos. He podido con cualquier adversidad.
Sola.
Esto no debería de ser una piedra en el camino.
Le dejaré las cosas claras a Magnus.
Me alejaré un tiempo de la línea roja.
Y Dante Sforza… solo fue un evento aislado. No creo que vuelva a cruzarmelo.
Con esta idea clara, me entrego a los fuertes y calientes brazos de Morfeo.
El despertador retumba con fuerza en mi oído haciendo que me levanté mega rápido, como si mi alma se me fuera en ello.
Termino de organizar mi equipaje, cierro la maleta con toda la rabia habida y por haber, tan bruscamente como si tuviera el poder de encerrar todo el remolino de situaciones que se me van a venir a partir de hoy si no soy capaz de poner límites.
Límites.
A mí misma y a Magnus Ansen.
Sin darle más vueltas al asunto y también para obligarme a ser puntual, me organizo lo más pulcra posible que un viaje de tres horas y medias podría exigir. No vaya a ser que don señor luego se ponga con su:
“La desobediente Caliope”
“La impuntual Caliope”
Evite usar faldas, no quiero percances inapropiados con mi jefe el día de hoy.
El timbre de casa suena y sé que se trata de la cuidadora de Odin está semana. Le dejo la llave de mi casa y salgo sin mucho reparo.
Espero impaciente el auto que se supone debe llevarme al hangar, en este frío quebranta huesos. Escucho pasos a mi espaldas y la paranoia me envuelve.
¿Es freyr?
¡Lo sabía!
Anoche lo dije, terminaré en un documental de asesinos seriales.
Maldita sea.
Lágrimas amenazaron con salir de mis ojos, mi visión se ve nublada dificultando aún más el panorama. No veo a nadie pero le escuchó acercarse.
— ¿QUIÉN ANDA AHÍ? — Grito a toda voz, intentando espantar a quién sea que ande acechando mi existencia. Así quizás los vecinos de las cinco casas más adelante de la mía, escuchen mi auxilio y vengan a socorrerme.
O a encontrar mi cuerpo.
Dios mío.
— Mira lo que me encuentro— un Erick totalmente borracho con una botella de algún whisky en mano, me hace suspirar de alivio. —... La putita del parlamento.
Una sonrisa oscura adorna su rostro y sé que este encuentro no terminará nada bien, el alivio que sentí, se esfumó tan rápido como llegó.
Todo llega rápido menos el maldito carro.
— No prestaré atención a nada que salga por tu boca Erick— tomé fuerte la maleta y me aferré más al enorme abrigo de piel que llevaba puesto. —... Estás borracho, no sabes lo que dices.
Su mirada se alzó, altiva. Me miró con furia y resentimiento. Un hombre con el ego herido.
¡Qué novedad!
— ¡CALLATE CALIOPE! ERES UNA ZORRA— alza la botella al aire y la estampa contra el suelo, haciendo que salgan algunos trozos de vidrio esparcidos por el aire. Comienzo a tiritar y no por el frío. —. Me costaste todo Caliope, mi trabajo, mi futuro, mi estabilidad.
Traga grueso y algunas lágrimas ruedan por sus mejillas, me detengo un momento a pensar en las palabras que dice y al verlo me doy cuenta de su apariencia desaliñada, además de su evidente borrachera.
Por un momento siento lástima de verlo así, pero es ilógico su actuar. Desde un comienzo lo de nosotros era solo sexo.
Lo único arruinado fueron sus sentimientos, si es que verdaderamente los desarrollo.
¿De cuál vida arruinada habla?
¿De la mía?
¿De qué habla?
La única que está pagando nuestra calentura soy yo. Aguantando comportamientos extraños y calientes de mi jefe.
Él sigue normal, tiene trabajo y reputación intachable.
— No sabes de lo que hablas Erick, ve a tu casa y déjame en paz.
De su garganta brotó una carcajada amarga, que rápidamente se convirtió en un siseo violento. Dió un paso hacia mí, ignorando por completo el crujir de los vidrios debajo de sus zapatos.
— No voy a ir a ningún lado, no hasta que me devuelvas lo que me quitaste— tiró la botella rota que tenía en sus manos a un lado y se acercó más a mi tomando mi brazo con una fuerza inhumana—. Magnus Ansen me destruyó, destruyó mi carrera y todo lo que pudiera hacer a futuro nada más porque quería cogerte. ¿Qué tienes qué te hace tan especial Caliope? Eres una puta más.
Mi corazón comenzó a latir alocado, no me di cuenta en qué momento solté la maleta de mis manos e intenté agarrar a Erick de la solapa de su gabardina.
— Erick detente por favor. ¡Suéltame, me lastimas!
— Así le rogaste a Magnus para que te dejará ser su puta Caliope. Ambos pagarán lo que me hicieron. — el odio en su voz me dejó muy en claro que ya me gane otro problema, otro enemigo.
Sus manos se aferraron a mi cuello, empleando esa misma fuerza violenta y justamente, cuando creí que mi vida acabaría en un día frío en Oslo.
El chirrido de un auto se hizo presente.
No me dió tiempo de detallar nada, todo pasó muy rápido.
Envuelto en ropas negras, gabardina negra y solo el brillo del oro que lleva puesto encima brillando fuerte, se bajó del vehículo el único que había estado muy convenientemente salvandome de la muerte.
Dante Sforza.
Sentí inmensas ganas de llorar por ser su damisela en peligro, dos veces consecutivas.
Mi cuerpo se tambaleó hacia adelante cuando sin reparo alguno el italiano, ese mi superhéroe personal, agarró a Erick como un muñeco de trapo y sin decir palabra alguna estampó su puño en la cara del borracho.
Uno tras otro.
Me sentí mareada de momento y las lágrimas bajaban por mis mejillas, solo estaba ahí de pie, observando todo en primera plana.
Pequeñas gotas de sangre salpican en mis tacones blancos, marcando un contraste que me deja anonadada.
El cabello de Dante rodó por su frente y ni eso lo inmutó.
— Basta por favor…— mi voz salió en un susurro ahogado, quebrado.
Dante pareció volver a la realidad cuando escuchó mi voz, soltó con desprecio al irreconocible Erick y además escupió sobre él.
— *Da dove vengo io, le donne sono sacre, idiota. Dovresti ringraziare la signora: non ha lasciato tutti vivi.
El fuerte hombre se acerca a mi.
— *¿Stai bene, bellezza? — Toma mi cabeza con cuidado y me revisa en busca de heridas.
Bajo mi vista y no sé qué es peor, ver a Erick en ese estado o a mi vulnerable y patética.
Dios mío, protégeme un ratito.
— ¿Qué haces aquí? — pregunté al borde del colapso.
— Mayormente siempre me agradecen. Pero estoy aquí haciendo lo que Ansen no hace— tomo mi rostro entre sus manos y me miró fijamente a los ojos. — Cuidarte.
Ah, es que salva a muchas.
Entiendo.
Hizo un gesto leve con sus manos ensangrentadas y sus hombres de inmediato tomaron mi maleta para subirla al Mercedes.
— No es necesario, el señor Ansen envió a alguien por mí. — dije recordando las palabras de Magnus, sus advertencias y sinceramente no quiero más de eso.
Estoy agotada.
— Un hombre que sabe de los peligros y te deja a su suerte no merece que lo llamen señor. Yo te llevaré.
— ¿Quién eres y qué quieres de mí? Ya no te tomes más atribuciones.— mi voz sonó chiquita, presuntamente fastidiosa. Pero no me importa.
Uno de sus hombres le extendió un pañuelo de seda, él muy imperturbable lo tomo y con cuidado limpio las manchas de sangre que aún quedaban en sus manos y cara.
Mientras yo sentía arcadas subir por mi garganta, quemando.
Al terminar abrió la puerta del auto.
— Sube Piccola, no es una invitación.
¡Malditos sean todos!
¡Maldita sea mi existencia!
†
*1. De donde yo vengo, las mujeres son sagradas, idiota. Deberías agradecerle a la señora: no dejo a todos con vida.
*2. ¿Estás bien, hermosa?