Mi jefe.
Narrado por Caliope Bonneville.
— Anoche volviste a desobedecerme— siseó en mi oído, rozando el lóbulo con sus dientes.—. No fue exactamente cualquier cosa. Rompiste dos reglas, llamas la atención de una turba enardecida y permites que un italiano fantoche y desconocido te lleve con él, que pusieras sus sucias manos en ti, que te tocara. Todo justamente frente a mi. ¿Crees que eso no tiene consecuencias Caliope?
Temblé de miedo, de deseo… de rabia. Por el amor a Dios. Me pica la lengua, no puedo seguir sintiendo que él tiene todo el poder sobre mí, de verdad se cree mi dueño.
¿Con qué maldito derecho?
— ¿Acaso usted es mi dueño, señor?— pregunté, enarcando una ceja pese a que no podía verme—.Yo soy una mujer soltera, mayor de edad. Dueña de mí. Además, esto es inapropiado; esto es primeramente invasión a la propiedad privada y usted…
Una enorme cantidad de escalofríos me recorrieron el cuerpo.
Su agarre se apretó en mi cintura con fuerza y su m*****o se restregó con muchas ganas en mis nalgas.
— ¿Yo? ¿Yo qué, Caliope?— Su aliento helado eriza los vellos de mi cuello y hace tambalear mis piernas—. No contenta con lo que hiciste, además que me ignoraste, ahora también me interrumpes. Eres una insolente y desobediente.
Un suave mordisco de su boca en mi cuello me robó el aliento. Un gemido involuntario se escapó de mis labios.
¡Malditos labios!
La situación por sí sola, me mantiene extasiada impidiéndome ser un ser humano razonable.
— Usted es mi jefe, señor. Esto es inapropiado.— dije al punto del colapso nervioso.
— Inapropiado lo que hiciste; bueno, lo que ibas a hacer en mi oficina con el idiota de Erick— soltó un chasquido de lengua en pura desaprobación—. No terminaste ese trabajo. Con lo caliente que eres, Caliope, supongo que te tocaste al llegar aquí, justo aquí en tu cuarto, o quizás en la sala, quizás en la ducha, lo cierto es que ni Erick, ni tus dedos pueden darte lo que verdaderamente necesitas.
— Yo…
Intenté protestar, pero él fue más rápido. Me dio la vuelta y su boca atacó la mía en un beso salvaje. Pegó mi cuerpo del tocador de mi cuarto, acorralándome en el acto. Siguió devorando mis labios, como si intentará borrar o tomar de mí toda la desobediencia que según él, poseo.
Sus manos se aferran a mis nalgas y vuelve a alzarme como si fuese una pluma, me deposita en la cama y sigue con su besar sin dejarme siquiera respirar.
— Tú… tú ya no eres libre de nada *søthe.
¿Soy tu dulzura Magnus?
Hay algo tan sexi cuando me llama de esa manera, dulzura. Además su voz tiene un cambio gigantesco cuando emplea el idioma tradicional noruego para hablar, es enigma, es pecado, es delicia.
Es Magnus.
Tomó mi rostro entre sus manos y volvió a besarme con intensidad. El top deportivo que llevaba lo tomó entre sus manos y así mismo lo rompió dejando mis senos al aire. Sus besos bajan a mi cuello, sus manos se van cada una a mis pechos y los aprieta con fuerza.
— Estaba deseando ver lo que se esconde debajo de las camisas formales de la oficina.
Sorpresa tras sorpresa.
¿Entonces deseabas verme desde antes?
Su voz suena grave, ronca. Deseosa. Su boca succiona fuerte uno de mis pezones mientras que el otro estaba siendo apretado fuerte por sus dedos. La presión en ambos lugares sensibles me tenía fuera de mí.
Gimiendo.
Incapaz de decir lo que mi mente estaba formulando, las preguntas. Mi visión está borrosa, estoy inundada de deseo y no quiero un bote salvavidas.
Su mano libre se fue a mi entrepierna, sobre los shorts deportivos. Tantea sobre la ropa y yo deseo su toque ahí, directo.
Piel con piel.
Me muevo buscando exactamente eso, toma el short del borde y lo quita con fiereza, no llevo ropa interior debajo así que mi v****a queda expuesta para él.
Muevo mis manos buscando desabrochar su camisa.
— No— dijo seco, con la mirada oscura puesta en mis ojos, Como si no hubiera un alma dentro de su cuerpo, solo un instinto, devorarme—. No te he dado permiso de tocarme.
— Yo tampoco te he dado permiso de tocarme y aún así lo haces…— dije algo sorprendida de mi valentía.
Calíope tiene voz solo cuando quiere tocar la polla de su jefe.
Roula se burla de ella.
Iba a seguir reprochando, entonces, toma mi boca una vez más y me besa recostandome por completo en la cama, sus besos bajan de a poco por mi cuello, luego a mis pechos, luego a mi abdomen.
— Necesito que recuerdes a quién te debes y debes rendirle cuentas Calíope, que recuerdes quién te manda… que recuerdes las órdenes a seguir— se separa un poco de mi para asegurarse de tener su vista clavada en la mía. Desde mi posición puedo escuchar los latidos de su corazón y a su vez sentir su polla palpitando en mi abdomen—. Que recuerdes a quién perteneces. Eres mía *søthe.
La indignación estaba peleando con mi humedad.
No lo dejes ganar Caliope. No eres de nadie.
De nadie.
— No soy de nadie. — dije con la voz cortada.
— Sí fuera tú no diría eso.
Sin decir nada más su boca se fue a mis pliegues húmedos. Su lengua pasa de arriba abajo, succiona fuerte y de mi boca solo salen gemidos incontrolables.
Tomó su cabeza y la ahínco más a mí. Sus manos se aferraron a mis piernas mientras su boca seguía robándome hasta el más mínimo suspiro.
Se detuvo de golpe.
— Dime de quién eres. — pregunto serio conteniendo su propia excitación.
Es como un maldito castigo.
Mis ojos aguados, al punto de soltar lágrimas hirviendo.
— De nadie. — aseguré ahogada.
Su boca se fue a mi clítoris, succiona fuerte y cuando estoy al borde, para una vez más de manera brusca llenandome de la más gigante frustración.
— ¿De quién? — su voz cada vez más ronca y su mirada… creo que no puedo describir su mirada.
Una lágrima rodó por mi mejilla, no de dolor, el mismísimo placer estaba haciendo una cantidad enorme de estragos en mí.
— … por favor.
— ¿De quién Caliope?
Volvió a succionar, está vez no lo deje parar y mi propia explosión le envolvió la cara, las corrientes eléctricas me llenaron entera.
Mojé mis sábanas y su camisa blanca impoluta.
Grité su nombre.
— ¡Soy tuya! … tuya Magnus. — solté lo que tanto ansía escuchar. Las palabras vinieron por sí solas, traicionando mi propio pensamiento.
Una sonrisa oscura decoró su rostro. La satisfacción lo hizo volverse un señor recto y correcto una vez más.
Se levantó y sacudió su camisa. Su enorme erección marcándose sobre sus pantalones.
Crece de manera violenta en mi, la necesidad de drenarlo, de tenerlo dentro de mi y sentirlo completamente, de probarlo, sentir como sabe el titán de Oslo…
Ese que dice ser mi dueño.
— Quédate conmigo. — Susurré bajito.
Me miró interesado, sorprendido.
— Creí escucharte ahora decir que esto era inapropiado. No te confundas Caliope, no duermo con nadie— sacudió polillas imaginarias en su camisa, ¿Acaso hace tiempo para que le siga rogando?—. Además eres mi empleada, no confundas placer con disciplina. Esto fue una lección. Tómalo como tal. Ten presente quien manda. — dice con esos malditos aires de prepotencia.
Perro, desgraciado.
Te odio.
— Pero…
Me dió la espalda y se dirigió a la puerta de mi habitación. Se detuvo en el arco de esta mirándome de soslayo.
— Mañana a las siete en el hangar. No llegues tarde. — ordenó severo.
El ogro volvió ¿O quizás nunca se fue?. Entonces comprendo algo, me cae como balde de agua fría.
Soy su entretenimiento, su juguete.
De su propiedad.
Se fue, escuché solamente el fuerte portazo en la entrada de mi hogar. Tomé las sábanas de mi cama y me cubrí con ellas.
Maldito seas Magnus Ansen.
¿Por qué permito que me trate así? ¿Por qué le doy más poder a alguien como él?
“No. No te di permiso de tocarme”
— *¡Jævla drittsekk! — masculle entre dientes con la voz quebrada por la creciente rabia.
Señor por favor, ayúdame…
El timbre de casa sonó un par de veces. Limpie las lágrimas que querían desbordarse de mis ojos y me puse de pie con la sábana envuelta en mi cuerpo.
¿Se arrepintió?
¿Se va a quedar a dormir?
Idiota.
Ahorita entro como si nada, ahora sí toca.
El timbre suena una vez más, voy a paso lento a la puerta y observó por el ojo. No hay nadie afuera.
Abro la puerta y verdaderamente no se ve ni un alma en la calle. Observo todo y entonces, un sobre n***o en el tapete de bienvenida me sorprende.
Lo tomo. Al abrirlo una nota me hiela la sangre por completo y logra hacer que la rabia se esfume tan rápido como había llegado.
La dejé tirada en la mesa de la sala y corro a mi cuarto, tomo el celular de la línea roja. Lo enciendo y no sé cuál de las dos notas es más tétrica.
“Cuenta suspendida por 3 días por actividad irregular.”
Roula acaba de quedarse sin voz.
Caliope también.
La nota fuera de casa, me recuerda todas las veces que además de sentir placer y deseo por él… también sentí miedo.
Me encontró.
“Estás jugando con fuego Rou. Existen miles de maneras de demostrarte que eres mía.”
— Freyr.
†
*1. Dulzura.
*2. Dulzura.
*3. ¡Maldito imbécil!