C A P Í T U L O VI

1624 Words
Cappuccetto Rosso. Narrado por Caliope Bonneville. Cuando al fin sentí que podía descansar un rato, un grupo de periodistas invitados se acercan al ministro Ansen Colonna. Mi secuestrador, torturador, jefecito algo mal de su cabecita. — Señor Ansen, ¿Nos dirá quién lo acompaña está noche? ¿Es su nueva protegida o conquista? — los buitres al acecho, esperando una bomba que les catapulte esas carreras deprimentes. ¿Qué le pasa a la gente Dios mío? Cuando el titán de Oslo estaba por decir quién sabe qué al par de ojos curiosos, incluyendome. Su nombre fue proclamado y aplaudido en el escenario interrumpiendo cualquier declaración que fuese a dar con respecto a mí, claro que la noche es de él. Todo es de él. Menos yo. Jamás seré de él, jamás seré tuya Magnus. Suspiré y sostuve fuerte mi cartera, me está sirviendo de ancla terrenal esta noche. Fijé mi atención a las personas en la tarima, quienes a su vez preparaban la pantalla de diapositivas, esta se encendió y muy en grande se lee: “Proyecto Helios.” Algo dentro de mí se sintió extraño, se resquebrajo de a poquito. Mis ojos se aguaron y sentí inmensas ganas de llorar y gritar, la segunda copa de champagne que tenía en mis manos, la tome de un solo trago, intentando pasar ese mal sabor de boca, intentando bajar ese nudo doloroso que se formó en mi corazón. ¿Acaso Magnus sabía que ese nombre me iba a desestabilizar el mundo entero? ¿Es esta su manera cruel de vengarse? Esto ya es jugar en grandes ligas, sé que hice mal. Pero por el amor de Dios, esto es cruel. Cruel, incluso para él. El proyecto lleva el nombre de mi padre. Helio Bonneville. Mi atención se centra toda en mi querido jefe, como habla con tanta naturalidad, como su mirada viaja a mí de vez en cuando. Está escudriñando todo de mí, lo sé. Lo conozco. Está disfrutando el verme así. Logró lo que quería. El dichoso proyecto es a los ojos del mundo “perfecto”. Grandes sumas de dinero recaudadas entre los tres países -Noruega, Italia, EEUU- destinadas a ayudas humanitarias. ¿Por qué un proyecto así llevaría el nombre de mi padre que tiene 4 años muerto? Sé que tenía bondades diplomáticas, mejor que cualquier otra persona en el mundo. Pero esto ya es lucrar con su nombre. ¿Cómo es posible que nunca supe nada con respecto a esto? No presté la suficiente atención. ¿O hay algo más que no estoy viendo? Entonces como por arte de magia una de las tantas preguntas se me fue respondida de inmediato. — Admirable el trabajo de su padre, ¿No es así señorita Bonneville? Debe de estar orgullosa usted con esta mención, aunque todo el crédito se lo lleva el señor Ansen. — Su voz en mi nuca prácticamente, me erizo la piel, me hizo sentir un cosquilleo eléctrico por toda la espina dorsal. Dante. Intento respirar, dispersar las lágrimas que tenía reunidas desde que simplemente ví el nombre de mi padre en la pantalla, ese temblor en el cuerpo y la falta de melanina en la piel. Voltee a ver a Magnus una vez más antes de prestarle atención a Dante, y su mirada… su mirada profesa destrucción de este mundo y cualquier otro, como si de casualidad le causará demasiado enojo verme con él. Con Dante. Lo miré altiva, de esas miradas que dicen directamente: “Tu lo hiciste, tu lo aguantas”. Él me trajo aquí está noche, todo lo que pase es su culpa. — Sabe usted mucho de mi padre señor Sforza— lo encare de frente, mirándolo a los ojos, apartando mi vista de Magnus, aunque a su vez sintiendo la suya en mi. —. Tanto, como para exactamente solo por mi apellido saber que soy su hija, es un apellido como cualquier otro. ¿Porque asumió que era mi padre? — ¿Acaso no puede un hombre admirar el trabajo de otro Calíope? Su padre fue un distinguible hombre y socio. Además de inteligente, obviamente me permitió conocerlo. ¿Socio dice? Mi padre era un hombre de conversaciones, cerrar tratos que no tenían nada que ver con negocios. ¿Qué sociedad tenían? — Vaya, le permitió conocerlo. Muy raro, a mí nunca me habló de usted. — quise formular la pregunta, pero tampoco quiero navegar en aguas profundas sin un bote salvavidas. — A mí sí me habló de usted, su hija menor. La que seguía sus pasos, su gran orgullo. Encantadora y elocuente. Digna belleza de su nombre. — su mirada se quedó fija en la nada solo por un instante, seguido de eso la alzó y se clavó en mis ojos. — Eso lo podría saber cualquier persona con acceso a internet, señor Sforza, mi padre hablaba de mí en cualquier entrevista que tuviera. Pero sigue habiendo un hueco, un hueco que siembra la duda. Mi identidad o la de mis hermanos y madre siempre estuvo oculta— enarqué una ceja esperando que dijera algo. Su rostro no dejó ver un atisbo de nada, solo movió su anillo mientras sostenía una copa de whisky en su mano.—. Lo que me lleva a seguir preguntándome, ¿Por qué usted sabe mucho? ¿Cómo sabe incluso que soy la menor? Eso no podría saberlo. Relajó sus hombros por un momento, se acercó delicadamente a mi y tomó un poco mi mentón, obligándome a mover mi rostro de manera que quedáramos cerca, tan cerca que mis fosas nasales se llenaron por completo de su olor putamente adictivo. Por su parte una mirada desde lo más alto de la tarima muy fija en nosotros, en la cercanía. Una mirada que estaba muy seguramente acribillándonos públicamente. — *Se fosse qui, ti direbbe che Cappuccetto Rosso non dovrebbe giocare con la fame del lupo. Jugar con el hambre del lobo. Me soltó tan fríamente y se alejó, así sin dejarme decir nada más. Voltee al escenario y ya mi jefe no se encontraba dando su discurso. La diapositiva ya presentaba el final, en este la firma de mi padre reluciendo con orgullo, junto a los apellidos más temibles para mí hasta el momento. Sforza. Ansen. Las luces del salon se apagaron y se oyeron gritos de sorpresas, acompañados de un fuerte estruendo. Una mano se aferró a mi brazo y me arrastró. — Suéltame.— gruñi desesperada, lance un par de golpes al aire y entonces su voz, en parte me calmo. — ¡Quieta Bonneville! Por lo que pude ver gracias a las luces de emergencia, pasamos por un pasillo y llegamos a una sala enorme, donde cerró las puertas tras de sí. Dejó a sus guardias afuera. — ¿Qué carajos hacías con Dante Sforza tan cerca? ¿Qué le dijiste Bonneville? ¿Qué te dijo? Me empujó contra la pared más cercana y me encerro entre sus brazos. Solo podía oír su respiración entrecortada, afuera el bullicio del caos se me hacia ajeno. — ¿Por qué no le pregunta usted, señor?— pregunté con el enojo creciendo de a poco en mi voz. Su mano se fue a mi pierna subiendo el vestido de a poco, mi corazón se iba a salir en cualquier momento de mi pecho. El sabor agridulce en mi boca estaba haciendo estragos junto con mis ojos ardiendo. — Te estoy preguntando a ti. ¿Se te olvidó la orden que te di? Inhale y exhale. Afianzó su agarre en mi pierna clavando sus uñas en esta, mi espalda pegada en la pared, me tiene atrapada. — Respóndeme Calíope— su voz cargada de autoridad, de él. —. ¿Qué te dijo Sforza? Intenté mover mi rostro, él me detuvo y me obligó a mirarlo directamente a los ojos sujetando con fuerza mi mandíbula. Mientras que su mano en mi pierna iba subiendo a los confines prohibidos de mi entrepierna. Obligue a callar mi gemidos, no le daré el gusto. — No vas a seguir rompiendo los órdenes Calíope— su mirada clavada en la mía exigiendo. —. Contesta ahora. Es una orden. Sus dedos llegaron al borde de mi pelvis, sí se mueve un poquito más, tendré sus dedos donde he fantaseado infinidad de veces tenerlos. Apreté mis labios con fuerza retandolo. ¿Acaso estoy en la obligación de decirle algo? Sus ojos se oscurecieron y sus dedos se movieron. Me sentí al borde del abismo cuando los movimientos circulares enviaron diferentes corrientes a todo en mi, comencé a mover mis caderas de manera que su toque llegará allá, más abajo. Justo en la entrada. — Sí Calíope, estás mojada— su boca se fue a mi cuello y ya quedé invidente. Su cuerpo se recargo en el mío negándome moverme más.—. ¿Quieres que te libere? ¿Eso quieres? No dije nada, no sería capaz de decir nada. Mi boca soltó un gemido involuntario. — Dime qué te dijo Sforza y te lo daré. Obedece. Sus dedos en mi botoncito del placer, tentando, me tienen la cabeza en un lado y el cuerpo en otro. Nada coordina. Él me sostiene como si fuera suya, como si tuviera el derecho. El cuerpo me grita: ¿Acaso no era esto lo que querías? Y la razón dice: “No juegues juegos, que no puedes ganar.” Y su voz dice: “No juegues con el hambre del lobo” Lo carnal me lleva a suplicar más. Con todas mis fuerzas logró articular: — Hablo de mi padre. Y entonces, él me besó. † *1. Si él estuviera aquí te diría que Caperucita Roja no debería jugar con el hambre del lobo.
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