CAPÍTULO 1: EL RUGIDO DEL SILENCIO
SANTINO
El olor a humedad y a miedo siempre se pegaba a la ropa de la misma manera. El sótano del muelle funcionaba muy bien para estas cosas; los gritos no salían y el agua amortiguaba cualquier ruido molesto. Miré las pinzas del escorpión en mi mano derecha, moviendo los dedos pulgar e índice rítmicamente mientras observaba al hombre atado a la silla de madera. Estaba sangrando por la nariz, empapando una camisa cara que ya no valía nada. Tenía una deuda de juego que había pasado el límite de mi paciencia.
A mí no me gustaba gritar. Nunca lo hacía. Cuando la gente gritaba, demostraba que había perdido el control de la situación, y en mi mundo el control lo era todo. Me acomodé las mangas de la camisa negra, asegurándome de que los puños quedaran perfectamente alineados, y pasé una mano por mi barba de tres días antes de ajustar el nudo de mi cabello.
- Te di tres semanas – dije. Mi voz sonó suave, casi como un susurro en la penumbra del sótano, pero el tipo se estremeció como si le hubiera puesto un cañón en la nuca – Tres semanas para limpiar los números. No me gusta la informalidad.
- Por favor, Señor Corleone... el dinero está viniendo, se lo juro por Dios, una semana más...
A mi lado, unos tacones altos resonaron contra el cemento frío. Alina se adelantó balanceando las caderas, con esa sonrisa hermosa que usaba para camuflar lo peligrosa que era. Su cabello rubio captaba la poca luz del lugar y sus ojos avellana brillaban con una diversión muy particular. Se apoyó contra el borde de la mesa de madera, cruzando las piernas y clavando su mirada en mí antes de mirar al infeliz de la silla.
- Ay, Primito... – ronroneó Alina, estirando una mano para acomodarme el cuello de la camisa con una lentitud exagerada, rozando mis clavículas con las uñas – Te va a dar un dolor de cabeza si sigues lidiando con estos idiotas. Sabes que a mí me encanta cuando te pones todo serio y educado, me resulta tan... estimulante. Pero este ya aburre. ¿Le vuelo una rodilla o lo hacemos a la antigua?
- Alina, compórtate – le respondí con voz neutral, quitando su mano de mi cuello con suavidad pero con firmeza. Ella sabía perfectamente que la veía como a una hermana y socia, pero le fascinaba ponerme incómodo solo por pura diversión – No perdamos el tiempo. Que firme los papeles de las propiedades de Long Island y que se largue. No quiero su sangre en este piso.
Alina soltó una carcajada limpia y peligrosa, enderezándose. Antes de que pudiera sacar los documentos, el teléfono encriptado que llevaba en el bolsillo interior de mi saco vibró con un patrón específico. Tres pulsaciones cortas. Una alerta de máxima prioridad de nuestro contacto interno. Saqué el aparato y abrí el canal seguro. Era un archivo de datos enviado por Martín.
Martín llevaba dos años infiltrado como escolta de primera línea en la organización de Marcus Davis. Dos años enteros comiendo mierda, arriesgando el pellejo y fingiendo ser un tipo cualquiera para encontrar una aguja en un pajar. El mensaje contenía dos fotografías recientes tomadas de lejos y un texto corto de confirmación: «Están vivas. Mi madre y la chica. Confirmado. Es ella».
La primera imagen mostraba a mi tía Tatiana, con el rostro más cansado por el paso del tiempo pero inconfundible, moviéndose cerca de las cocinas de la mansión Davis. La segunda fotografía mostraba a una mujer joven, de espaldas, caminando por los jardines de la propiedad con libros de medicina bajo el brazo. Mi pecho se apretó de una forma brutal, el águila imperial tatuada en mi piel pareció quemar. Era la pequeña que se habían llevado hacía tantos años, cuando apenas era una bebé de dos años. Estaba viva.
Alina se acercó de inmediato, perdiendo toda la actitud coqueta en un segundo. Su rostro se volvió de piedra al ver la pantalla.
- Es Martín... – susurró ella, y por una milésima de segundo vi una chispa diferente en sus ojos avellana, esa preocupación que intentaba ocultar siempre que se trataba de él – Lo logró. Al fin las encontró.
- Prepara el avión – le ordené, guardando el teléfono. El aire del sótano de repente se volvió demasiado denso – Nos vamos a Dubái ahora mismo. Mi padre y mi madre necesitan saber esto ya. Alina, encárgate de que este infeliz firme todo y quédate al mando aquí hasta que regrese.
- Ve – asintió ella, sacando una pistola con una sonrisa fría orientada al deudor – Yo me encargo de limpiar el patio. Dale un abrazo a Carlo de mi parte.
El viaje a Dubái se me hizo eterno. Cuando el avión privado aterrizó, el calor del desierto me golpeó la cara, pero mi mente seguía fija en el mensaje de Martín. Conducir hasta la residencia familiar me tomó media hora. En cuanto crucé los portones de alta seguridad de la propiedad, un rugido profundo y vibrante sacudió los árboles del jardín trasero. Igor ya sabía que estaba ahí. El tigre albino tenía esa maldita capacidad de sentir mi presencia mucho antes de que yo cruzara la puerta principal. Escuchar su gruñendo nervioso me devolvió un poco el eje.
Entré a la casa principal. Mis padres me esperaban en el salón privado del segundo piso. Michelle, mi padre, estaba de pie junto al gran ventanal, con su cabello rubio impecable y esa mirada verde que analizaba cada movimiento. Mi madre, Danna Ariadna, estaba sentada en un sillón individual, con su cabello n***o recogido y esos ojos azules que siempre leían mis pensamientos antes de que yo hablara.
- ¿Qué es tan urgente, Santino? – preguntó mi padre, con esa voz de mando que nunca había perdido – No dejas Nueva York a menos que el suelo esté ardiendo.
- Está ardiendo, padre – dije, sacando el dispositivo y colocándolo sobre la mesa ratona – Martín envió la confirmación desde adentro. La tía Tatiana está viva y Danna... también. Marcus las tiene en su propiedad.
Mi madre se levantó del sillón de un golpe, perdiendo toda la compostura médica y firme que solía tener. Sus ojos azules se llenaron de una mezcla de furia y lágrimas contenidas. Se llevó una mano a la boca, mirando la pantalla del teléfono donde la silueta de la joven con los libros se veía borrosa pero real. Mi padre no se movió, pero sus puños se cerraron tanto que los nudillos se le pusieron blancos.
- Dos años de Martín jugando a ser el perro de Davis al fin dieron frutos – dijo mi padre, con una voz tan fría que habría congelado el desierto – Danna tenía dos años cuando ese maldito la arrancó de nuestras vidas. No podemos entrar como salvajes, Santino. Si Marcus sospecha que sabemos que está viva, las matará a las dos antes de que crucemos la puerta principal.
- Lo sé – respondí, cruzando los brazos, sintiendo la tensión en mi pierna derecha – No voy a entrar disparando. Voy a hacer que él me la entregue. Voy a presionarlo tanto en Nueva York que no le va a quedar más opción que buscar una salida negociada. Y cuando bajen la guardia, destruiré todo su maldito apellido.
- Hazlo – dijo mi madre, con un tono implacable que me recordó por qué todos la respetaban – Trae a mi niña a casa, Santino. Y si tienes que despedazar a Davis para hacerlo, no dejes ni los huesos.
Salí del salón con el pecho cargado de adrenalina y me dirigí al taller del ala oeste de la casa. Ahí estaba Carlo. Mi hermano menor estaba sentado frente a su enorme mesa de dibujo, concentrado, con el cabello n***o cayéndole sobre la frente y los ojos verdes fijos en un lienzo. Cuando me vio entrar, su rostro se iluminó por completo y dejó el lápiz de inmediato. Se levantó y me abrazó con esa fuerza sincera que solo él tenía.
- Santino, volviste – dijo Carlo, con su voz suave, golpeando ligeramente mi espalda – Igor estuvo haciendo mucho ruido. Sabía que venías.
- Hola, cachorro – le dije, sonriendo de verdad por primera vez en días, revolviéndole el cabello – Vine a verte. ¿En qué estás trabajando?
Carlo me tomó de la mano y me llevó hasta la mesa, mostrándome un boceto increíblemente detallado. Era un guepardo en plena carrera, con las manchas perfectamente delineadas y una mirada salvaje que parecía salirse del papel.
- Es para tu pierna izquierda – dijo Carlo, señalando mi pantorrilla sana con total naturalidad – Un guepardo. Porque eres rápido y nunca dejas que te miren con lástima. El Tigre tiene que tener un guepardo que le cuide el otro lado. Yo lo voy a tatuar cuando regreses. ¿Te gusta?
- Me encanta, Carlo. Nadie diseña como tú – le aseguré, mirando la precisión de sus trazos – Escúchame, tengo que contarte algo muy importante. ¿Te acuerdas de las historias que mamá y papá contaban sobre la niña que perdimos hace mucho tiempo? Cuando eras muy chico.
Carlo se quedó pensativo, moviendo los dedos de la mano izquierda en un patrón repetitivo.
- La niña que está en el tatuaje de los leones – dijo despacio – La que se llevaron cuando era un bebé.
- Sí, esa misma. Está viva, Carlo. La encontramos. Está en Nueva York.
Carlo se me quedó mirando fijamente con sus ojos verdes, procesando la información a su manera. No me preguntó cómo era, ni de qué color tenía el pelo, ni cómo se vestía, porque él nunca la había visto ni en fotos, no tenía una imagen de ella en su cabeza. Su mente funcionaba de otra forma, más pura.
- ¿Está viva? – preguntó, y una sonrisa enorme apareció en su cara – Eso significa que tengo que hacer un dibujo nuevo. Un dibujo donde estemos todos completos. Pero ella no tiene tatuajes, ¿verdad, Santino? Las chicas no siempre quieren tatuajes. Si ella viene, yo puedo enseñarle mis dibujos, pero no la voy a obligar a usar la aguja si le da miedo. ¿A ella le dará miedo el dolor?
- No lo creo, Carlo. Es de nuestra sangre, seguro es fuerte – le respondí, sintiendo un nudo en la garganta por su reacción tan particular.
Antes de que Carlo pudiera seguir hablando de sus planes para el nuevo dibujo familiar, la puerta del taller se abrió de golpe con un ruido estrepitoso. Mi abuela Olivia entró caminando a paso firme, usando un bastón que claramente no necesitaba pero que llevaba por pura elegancia. Tenía esa sonrisa divertida calcada en la cara que tanto se parecía a la de la actriz Betty White. Hacía apenas una semana le había dado un maldito infarto porque se le ocurrió organizar una fiesta clandestina con strippers en su sector de la casa, y ahí estaba, como si nada hubiera pasado.
- ¡Dejen de hablar de cosas serias y vengan a darme un abrazo! – exclamó la anciana, apuntándome con el bastón – Santino, cada vez estás más grande y sigues vistiéndote como si fueras a un entierro. ¿Qué es esa cara de pocos amigos?
- Abuela, deberías estar en la cama descansando – la regañé, aunque me acerqué para darle un beso en la mejilla con total educación – Casi matas a mi padre del susto con esa estupidez de los strippers. Tienes ochenta años, por Dios.
- ¡Ay, por favor! – dijo ella, restándole importancia con un gesto de la mano – El médico es un exagerado. El corazón me dio un aviso porque los muchachos estaban un poco flojos de ritmo, nada más. Una tiene que divertirse mientras pueda. Además, tu padre es un aburrido. A ver cuándo me traes una mujer de verdad a esta casa, Santino, que tanta testosterona junta me va a secar la piel.
Sonreí de medio lado, negando con la cabeza. Era imposible enojarse con ella, aunque sacara a todo el mundo de sus casillas. Me despedí de Carlo con un apretón de manos y un abrazo, prometiéndole que la próxima vez que nos viéramos empezaríamos con el diseño del guepardo. Tenía que volver a Nueva York de inmediato. El tablero ya estaba listo y era hora de mover las piezas.
El regreso a Nueva York marcó el inicio de la ofensiva. Durante tres días seguidos, junto con los hombres leales que Alina y yo controlábamos, desatamos el infierno sobre las estructuras periféricas de Marcus Davis. Le bloqueamos las rutas de distribución en los muelles, le reventamos dos almacenes de contrabando en Queens y le interceptamos tres de sus cargamentos principales de efectivo. No dejamos que respirara. Sabía perfectamente que un paranoico como Davis, al verse acorralado y perdiendo millones por minuto, buscaría una tregua antes de desatar una guerra abierta que destruyera su negocio por completo.
La estrategia funcionó a la perfección. Al cuarto día, un emisario de Davis dejó un mensaje limpio en nuestras oficinas: Marcus solicitaba una reunión personal de carácter urgente en un restaurante reservado de Manhattan para acordar los términos de la paz.
Caminé con paso firme hacia mi despacho privado en el edificio de Nueva York para organizar los detalles de seguridad de esa reunión con Mario. Al llegar a la puerta de madera maciza, escuché unos ruidos extraños que venían del interior. Jadeos pesados, murmullos ahogados y el crujido inconfundible del escritorio de caoba.
No me molesté en golpear. Empujé la puerta de golpe.
Ahí mismo, encima de mi escritorio y rodeados de carpetas de contratos tiradas por el suelo, estaban mi primo Mario y Laia, mi asistente, follando desesperadamente. Laia tenía la camisa ejecutiva completamente abierta y se tapó la cara con las manos de inmediato, soltando un grito de pura vergüenza al verme entrar con mi traje n***o y mi expresión de piedra. Mario se separó de ella a toda prisa, subiéndose los pantalones con una torpeza ridícula mientras intentaba mantener la compostura.
- ¡Santino! No... no esperábamos que volvieras tan temprano – tartamudeó Mario, con la cara roja, acomodándose la ropa como podía.
Miré la escena sin mover un solo músculo de la cara. El silencio que inundó la habitación fue tan denso que Laia prácticamente salió corriendo del despacho, abotonándose la camisa y pidiendo disculpas en un susurro antes de cerrar la puerta detrás de ella. Se notaba perfectamente que la pobre chica no tenía la menor idea de quiénes éramos realmente ni en qué negocios andábamos metidos; para ella, Mario era solo el chico de sistemas y yo el jefe corporativo.
Me acerqué despacio al escritorio, apoyando las manos sobre la madera limpia que ahora estaba desordenada. Miré fijamente a Mario. Mi voz bajó dos octavas, manteniéndose en ese tono frío que infundía terror.
- Como vuelva a verte follando con Laia en mi despacho... – le dije, deletreando cada palabra con una calma letal – Te voy a cortar los huevos con un cortapapeles y se los voy a dar de comer a Igor. ¿Me escuchaste bien, Mario?
Mario tragó saliva con dificultad y asintió rápidamente, sabiendo perfectamente que yo no hacía amenazas en vano cuando se trataba de mantener el orden en mi lugar de trabajo.
- Entendido, Santino. No va a volver a pasar, te lo aseguro – respondió, recuperando un poco su tono serio de hacker profesional.
- Siéntate y enciende la computadora – le ordené, acomodándome el saco – Marcus Davis mordió el anzuelo. Solicitó una reunión urgente conmigo en el restaurante Il Gabbiano para frenar la guerra que le montamos. Quiero que coordines toda la red de seguridad de la zona. Hackea las cámaras de seguridad del restaurante y de las tres manzanas a la redonda. Monitorea cada frecuencia de radio de su gente. Martín va a estar ahí como su escolta, pero necesito que verifiques todo desde la pantalla para evitar cualquier posible trampa de Marcus. Ese viejo está loco y paranoico; no me voy a confiar.
- Me pongo con eso ahora mismo – dijo Mario, tecleando a toda velocidad en su computadora portátil, volviendo a ser el cerebro tecnológico de la familia en un segundo – Tendrás un mapa de calor y control total de los accesos antes de que salgas de aquí.
Alina entró al despacho justo en ese momento, cruzando los brazos y mirando el desorden de carpetas en el suelo con una sonrisa burlona, habiendo intuido perfectamente lo que había pasado antes de su llegada. Se acercó a mí, apoyando un hombro contra mi costado.
- ¿Entonces el viejo Davis quiere hablar? – preguntó Alina, con los ojos brillándole de anticipación – ¿Qué crees que proponga para parar los golpes?
- Martín me pasó el dato por el canal seguro antes de que Davis mandara el mensaje – le respondí, mirando el plano digital del restaurante que Mario ya estaba desplegando en la pantalla – Marcus cree que puede solucionar esto a la antigua usanza de las familias. Me va a proponer casarme con su supuesta hija, Anastasia, para unificar los lazos y detener la guerra de territorio. Piensa que usándola como moneda de cambio va a salvar su pellejo y sus negocios.
Alina soltó una risa irónica, acomodándose un mechón de su cabello rubio.
- Qué maldito idiota. No tiene idea de que te está entregando exactamente lo que queremos en bandeja de plata.
- Precisamente por eso tenemos que asegurar la jugada – le dije, mirándola fijamente a los ojos – Aceptaré la propuesta en la reunión, pero no voy a esperar a que él ponga las reglas del juego. Se me ocurrió una idea. Quiero que uses tus encantos femeninos esta misma noche para cazar a Bastian Davis. Sácalo de algún club, llévalo a un lugar oscuro y secuéstralo sin que nadie se dé cuenta. Lo quiero encerrado y vigilado.
Alina amplió su sonrisa, una expresión peligrosa y letal que le sentaba perfecta.
- ¿El hijo sádico? Con mucho gusto, primito. Me va a encantar bajarle los humos a ese imbécil.
- Tener a Bastian bajo nuestro control será nuestro as bajo la manga – concluí, ajustándome el puño de la camisa negra – Si Marcus intenta jugar sucio en la reunión o si las cosas se complican con la entrega de Anastasia, le romperé la cabeza a su hijo pieza por pieza. Mario, asegura las frecuencias. Esta noche empezamos a mover las piezas del jaque mate.