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La Hija del Juez y el Rey de la Calle

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Blurb

Ella es la hija del juez. Él, el rey de la calle que su padre juró destruir.

Una redada policial expone su romance prohibido y desata una guerra de sangre, traición y deseo que ninguno de los dos puede detener.

¿Hasta dónde llegarías por un amor que puede costarte todo?

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Custodia
La lluvia golpeaba las ventanas del loft como si quisiera entrar también ella, como si la ciudad entera supiera lo que estaba pasando ahí dentro y quisiera ser parte del secreto. Valentina Roux no debería estar ahí. Lo sabía desde el momento en que cruzó la puerta de ese edificio frente al puerto, con su abrigo cubriéndole el vestido que se había puesto solo para él, con el corazón latiéndole más rápido de lo que jamás admitiría frente a su padre. Dante Salazar la esperaba con la camisa desabotonada y esa mirada que siempre parecía estar calculando algo, midiendo el peligro, aunque en ese momento lo único que medía era la distancia entre los dos. —Llegas tarde —dijo él, sin moverse de donde estaba, junto a la ventana, con la ciudad ardiendo en luces detrás de su silueta. —Casi no vengo —respondió ella, aunque ambos sabían que era mentira. Siempre venía. Siempre encontraba la forma. No hicieron falta más palabras. Las manos de Dante encontraron su cintura como si llevaran toda la vida buscándola, y ella se dejó llevar hacia ese abismo que solo existía cuando estaban juntos: la certeza de que todo lo que hacían era un error, y la certeza, igual de fuerte, de que no podían parar. El resto de la noche se perdió entre la oscuridad del loft, el sonido de la lluvia, y la urgencia de dos personas que sabían que el tiempo que tenían siempre era prestado. Fue el primer golpe en la puerta lo que rompió el hechizo. —¡Policía! ¡Abran la puerta! Dante se incorporó de inmediato, todo en su cuerpo cambiando de la suavidad del momento anterior a la tensión fría de un hombre que había sido entrenado para sobrevivir. Valentina sintió el pánico subirle por la garganta mientras él tomaba su camisa del suelo y se la lanzaba. —Al clóset. Ahora. —Dante, ¿qué…? —¡Ahora, Valentina! El segundo golpe en la puerta vino acompañado del crujido de la madera cediendo. Valentina apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta del clóset cuando escuchó las botas entrando al loft, las voces dando órdenes, el caos de cuerpos moviéndose en la oscuridad. A través de la rendija de la puerta, vio a Dante levantar las manos lentamente mientras dos oficiales lo apuntaban. Vio también cómo, segundos antes, había deslizado algo bajo una tabla suelta del piso con un movimiento tan rápido que cualquiera que no lo conociera lo habría pasado por alto. Ella lo conocía. Un disparo resonó desde el pasillo, seguido de un grito. Uno de los hombres de Dante había intentado huir por la escalera de incendios. El caos se multiplicó: gritos, radios, el sonido de muebles cayendo. Y entonces, una voz que Valentina reconoció de inmediato, una voz que había escuchado en la mesa de su propia casa cientos de veces, cortó el aire del loft. —Aseguren el perímetro. El juez Roux quiere a este hombre vivo. Su padrino. El segundo al mando de su padre. Valentina cerró los ojos en la oscuridad del clóset, el corazón golpeándole el pecho con tanta fuerza que temió que pudieran escucharlo. Si la encontraban ahí, medio vestida, en el loft del hombre que su padre llevaba dos años tratando de destruir, no habría forma de explicarlo. No habría forma de volver a ser la hija perfecta que todos esperaban que fuera. Por la rendija, vio a Dante esposado, su mirada buscando algo en la oscuridad del apartamento. Buscándola a ella. Por una fracción de segundo, sus ojos se encontraron con los de Valentina a través de la rendija de la puerta, y en ese instante él hizo algo que ella no esperaba: sonrió. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, que decía vas a estar bien, confía en mí, mientras dos oficiales lo arrastraban hacia la puerta. En el caos del operativo, con todos los ojos puestos en el arresto, Valentina encontró su oportunidad. Salió del clóset, se deslizó por el pasillo de servicio que Dante le había mostrado semanas atrás —por si alguna vez lo necesitas, le había dicho entonces, como si hubiera sabido que ese momento llegaría— y bajó las escaleras de incendios hacia la calle lluviosa. Corrió hasta que el sonido de las sirenas se perdió detrás de ella, hasta que pudo respirar de nuevo, hasta que se encontró parada bajo la lluvia, sola, con el vestido empapado y el mundo completamente cambiado. En algún lugar de esa ciudad, su padre estaba a punto de recibir la noticia de que finalmente tenía a Dante Salazar bajo custodia. Y en algún lugar de esa misma ciudad, Valentina sabía que su propia vida nunca volvería a ser igual.

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