Hambre. Eso es en lo único que pienso. Y no, no me refiero al hambre por Colin, aunque claro que esta, sino al hambre de comida. De tanto hablar ya tengo la boca seca, y eso que aún no visitamos la Capilla Sixtina ni las muestras egipcias. Por suerte, Colin ha decidido tomar una pausa y ahora nos encontramos en el patio de la Piña (no me pregunten porque ese nombre), en el Bistrot la Pigna. Sentados en una mesa bajo un quitasol, observamos en todo su esplendor ese pequeño oasis de arquitectura que entremezcla lo clásico con lo contemporáneo. Colin ordena raviolis con ricota, mientras que yo pido pasta con salsa carbonara. Cuando la mesera nos pregunta que queremos beber, Colin vuelve a pedir vino blanco. Genial, estaré ebria en el vaticano. Eso sí que será una experiencia religiosa pien

