Una de las cosas malas que tiene el alcohol, aparte de que me veo como una descerebrada, tomo malísimas decisiones y la resaca del día siguiente, es que me dan ganas de hacer pis cada diez minutos. Era de esperarse que no podría durar tanto tiempo sin ir al baño.
El problema era que, primero, mi pierna dolía bastante ya que el efecto del analgésico se estaba pasando, estaba mareada por el alcohol, y, por si fuera poco, una escultura humana estaba junto a mí, haciéndome olvidar mi nombre, menos aún iba a saber caminar.
—Disculpa, debo ir al baño—digo avergonzada después de un minuto en silencio.
—No te preocupes—dice, con aquella sonrisa de ensueño, haciendo que mis piernas se transformen en gelatina.
Suelto una risita nerviosa y me levanto del asiento, pero es como si el mundo completo me diera vuelta. Hago caso omiso de mi estado de ebriedad y salgo al pasillo. Miso con mi pierna golpeada y me debo sostener para no caer.
—Wow, Lina. Por poco te caes ¿no quieres que te acompañe?—pregunta Colin, levantándose de su asiento.
Lo miro, embobada.
Claro, acompáñame al baño y tenemos sexo salvaje, papacito. Eso es lo que me encantaría decirle, y por supuesto no hare. Me limito a sonreír y asentir.
—Estoy bien—miento.
Volteo, nerviosa de que me vea. Intento dar otro paso, pero es como si un millón de agujas se me enterraran en la pierna, perdiendo toda la fuerza de esta. Me afirmo del respaldo de mi asiento. Colin ríe a mis espaldas.
—Sí, te ves de maravilla ¿pretendes llegar saltando en una pierna al baño?—pregunta con ironía. Me volteo para mirarlo, porque desde luego, el orgullo puede más en mí.
—No es una mala idea—replico, con la cabeza en alto.
El levanta las cejas y se muerde el labio, como conteniendo una sonrisa. Dios, por favor haz que se detenga pienso, sin poder evitar mirar su boca. No había reparado en lo que sexy y deseable que se puede ver alguien mordiéndose el labio.
—¿Lina?—pregunta.
—¿Ah?
Excelente, me quede como boba mirando sus labios. Esto no puede ir peor.
—Que me dejes ayudarte—dice. Me mira como si le causara gracia. Claro, debo ser como la niña tonta a la que ha golpeado y ahora se ha emborrachado. Partimos bien este viaje, Lina dice aquella vocecita exasperante en mi cabeza.
—Está bien—accedo a regañadientes.
No me malinterpreten, me parece de maravilla estar junto a él, que me ayude, tenerlo cerca… contrólate me repito. Pero en este estado, tengo miedo de decir cualquier estupidez frente a él. En qué momento accedí a tomar tanto vino y espumante, dios santo.
—Vamos—dice, colocándose a mi lado.
Pasa mi brazo sobre sus esculpidos hombros (ay por dios, sus músculos), y luego uno de sus brazos rodea mi cintura (¿hace calor aquí o qué?). ¡Hasta su aroma es increíble! Virgen santa, no me hagas caer en la tentación.
¿Se han dado cuenta que cuando uno dice “esto no puede ir peor” o “vaya, todo está tranquilo”, inmediatamente viene una enorme tormenta torrencial? Es como si Dios se riera de nosotros y nos escupiera en la cara. Pues bien, al parecer a Dios no le agrado mucho, porque un minuto estoy olfateando con disimulo a la escultura griega que me ayuda a caminar al baño, y al siguiente, estoy casi pegada al techo con una turbulencia.
Me aferro al cuello de Colin como si este fuese una tabla en el medio del océano (creo que debo dejar de ver Titanic tantas veces). Miro a los lados, ya está oscuro afuera así que solo se ve n***o por las ventanas, y muchos de los pasajeros están durmiendo, o lo estaban, algunos se despertaron con la turbulencia.
—Tranquila, solo fue una turbulencia—dice Colin, conteniendo la risa. Estoy tan cerca de su rostro que me ruborizo enseguida.
Muerta de la vergüenza, suelto su cuello. Colin se ríe por lo bajo y continuamos caminando hasta llegar al baño.
—Definitivamente no eres fanática de los aviones—dice mientras me deja apoyada en la pared y el abre la puerta del baño. Suelto un bufido.
—Y que lo digas—susurro.
Me tiende su brazo para apoyarme y ayudarme a entrar al baño.
—Te espero acá fuera—dice, con una sonrisa de infarto. Esbozo una leve sonrisa, agradecida, y cierro la puerta.
Resoplo, no sobreviviré este viaje si sigo así. Mi corazón no aguantara tantos infartos. Mientras hago mis necesidades, pongo en orden mis pensamientos. Primero, no debo beber más alcohol. Segundo, dejare de mirar sus labios, porque si no, me lanzare sobre él, aunque tal vez no deba mirarlo en absoluto… demonios, porque es tan jodidamente sexy. Ok, concéntrate me digo a mi misma. Tercero, necesito comer algo para bajar en algo este nivel de ebriedad.
Tiro la cadena y lavo mis manos. Quien iba a decir que en el baño de un avión iba a sacar tantas conclusiones. Me miro al espejo, preocupada de que no se me hubiese corrido la más cara de pestañas, que mi cabello no esté tan despeinado y listo.
Abro la puerta. Colin esta de brazos cruzados apoyado en la pared de al frente. Este hombre no me las va a hacer fácil. Se acerca y me ayuda a quedar contra la pared en la que él estaba.
—¿Me esperas mientras entro yo?—pregunta. Asiento y procuro no mirarlo mucho a los ojos.
Se voltea y entra al baño. Bien, esto será más difícil de lo que pensaba. El respira y es sexy, demonios. Podría intentar dormir hasta estar completamente sobria, no es una mala idea, excepto porque puedo babear y roncar. Bien, dormir no es una opción, o al menos no hasta que él se haya quedado dormido. Ver una película entonces, aunque se vería algo descortés. Me gustaría tener internet y buscar cuando debo comer para llegar a mi nivel de sobriedad.
El avión tiembla, otra turbulencia. Me separo de la pared, apoyando solo mi pierna sana, y veo. Un destello de luz se divisa por las ventanas más cercanas. Estamos en medio de una tormenta. Otra turbulencia hace sentir que el avión desciende. Es solo una turbulencia, es solo una turbulencia me repito en mi cabeza, mientras me aferro con tanta fuerza a la pared, que siento mis uñas clavadas en esta.
La puerta del baño se abre y Colin sale.
—¿Estas bien?—pregunta, preocupado al ver mi expresión de terror.
—¿Si?—digo insegura. Se ríe ante mi expresión.
Entonces una turbulencia, más grande que las anteriores, hace que las luces de colocarse los cinturones se enciendan y la gente exclame levemente. Pierdo el equilibrio y caigo sobre Colin, quien a su vez se va de espaldas contra la pared.
Levanto mi cabeza, mis manos apoyadas en su pecho y las suyas en mi cintura. Y es ahí que cometo el gran error de mirarlo a los ojos, con su rostro tan cerca del mío. Se humedece los labios, y veo como mira de reojo mi boca. Mi corazón se acelera, y la voz de mi mejor amiga resuena en mi cabeza: “¡bésalo, bésalo!”, como si fuese un pequeño diablito incitándome a hacer cosas malas.
—Y una mierda—susurro en español.
—¿Qué?—pregunta Colin.
Y estampo mis labios contra los suyos.