Capitulo 5

1062 Words
—Oh por Dios, eso no es justo—digo entre risas. —¡En absoluto! Y yo debía mantenerme en mi papel, sintiendo el olor a las papas fritas y mi estómago gruñendo—continua Colin. No sé si fue por la comida o las cinco copas de vino que nos hemos bebido, pero comenzamos a hablar de sus historias en el set de su última película, y no hemos parado de reír. —Yo no podría sobrevivir ocho horas sin comer, no sobrevivo una—digo, y el suelta una carcajada. —Lo mejor es que después asalte el buffet, después no tenía fuerza para levantarme del asiento—comenta. Ruedo los ojos y niego con la cabeza. —Eso me parece bastante improbable—digo, y suelto una risita nerviosa. —Si hubieses visto la cantidad de comida que comí no dirías lo mismo—replica. —Si es así ¿Cómo es que estas…?—pregunto, señalando su cuerpo. No tengo vergüenza, Dios. —Ejercicio—dice, y me da una sonrisa de infarto. A esta altura, ya no me queda más corazón para infartarse. —Entonces estoy condenada a volver rodando de Roma—digo, y nos reímos aún más fuerte. —No, no lo creo, aun tienes esperanzas—dice. Arqueo una ceja y me inclino un poco más hacia él, rozando su brazo con el mío. —¿Cómo?—pregunto interesada. —Caminando. No tomes el metro, ni los buses, simplemente camina—dice. —Es un buen consejo—admito. Su sonrisa se ensancha. —¿Solo iras a roma?—pregunta de pronto. —No lo sé, en realidad, digamos que iré improvisando—admito.— ¿Tu? —Iré a Cinque Terre, pero supongo que mi viaje también es algo improvisado—replica.— Aunque, para ser la primera vez que viajas, me cuesta creer que no hayas pensado en qué hacer. —Oh, sí lo he pensado, miles de veces—reconozco.— Pero… siempre me ha pasado que los viajes improvisados, sin planes, son mucho mejores que los organizados con tiempo. Así que, en vez de hacer planes, voy simplemente viviendo el momento. Nos quedamos mirándonos en silencio. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de lo cerca que estábamos, cada vez inclinándonos más. Nuestros brazos se rozan, haciendo que se me erice la piel. Juro que nunca me había sentido así, era como si el aire estuviese electrificado. Y me impresionaba como había logrado pasar de ocultarme tras la carta a poder conversar con el así. Definitivamente ayudo el vino, aunque también sospecho que el golpe en la cabeza me ha dado un empujoncito. —Debe ser agradable poder salir libremente e ir viendo sobre la marcha que hacer—dice en voz baja. —Lo es—admito. —Me gustaría poder hacer eso alguna vez. —¿Y por qué no podrías? Puedes coger tu bolso, desconectar tu teléfono y largarte—digo. Sus ojos brillan y una sonrisa se dibuja en sus labios. —Lo haces sonar tan fácil—dice. —Somos nosotros los que nos ponemos nuestros propios obstáculos. —¿Y cómo es que tardaste tanto en cumplir tu sueño?—pregunta. Ruedo los ojos y ladeo la cabeza, apoyándome en mi mano. —Tenía que juntar el dinero—admito. —Bueno, la ventaja de Italia es que la comida es bastante barata, aunque no tanto en Roma. —¿Y qué otros lugares debería visitar?—pregunto. Me inclino un poco más. Ya cálmate, nos estas exhibiendo dice una vocecita en mi cabeza, la parte sobria supongo. —Pompeya, Nápoles, Venecia, Cinque Terre… Depende de cuánto tiempo tengas. —Un mes—replico. Abre sus ojos sorprendido. —Vaya, entonces si te alcanzará el tiempo para visitar esos lugares—comenta. Me encojo de hombros. —Puede ser. Yo espero simplemente despertar y decir “vaya, hace un día esplendido para ir a Pompeya”. —Algo idílico ¿no crees?—pregunta. —Ya te has dado cuenta de que soy una soñadora—digo. Se ríe por lo bajo, inclinándose un poco más. Mi corazón late arrítmicamente, y mis manos sudan, pero supongo que las clases de actuación ahora dan sus frutos, porque no dejo ver lo nerviosa que me pone. —No es muy difícil. Lo que aún no logro esclarecer es porque Roma es tu sueño—admite. —¿Cómo así?—pregunto, entrecerrando los ojos. —Me refiero a que motiva tu viaje. Muchos quieren ir a Paris porque es la ciudad del amor, otros a Amsterdam porque es la ciudad del sexo y las fiestas, al caribe para relajarse. Los que buscan ir a Roma lo hacen por la comida, por la historia o el arte, y no logro saber cuál es tu razón—explica. —¿Acaso tiene que ser solo una? —No, pueden ser las tres, pero siempre hay una que predomina—replica. Lo miro en silencio, y lentamente, esbozo una sonrisa coqueta. —¿Por qué no lo adivinas?—pregunto. Colin levanta el mentón y sonríe, aceptando el reto. —Veamos, no creo que sea la comida, lo que nos deja con historia y arte. Te gusta improvisar, por lo que dudo que sea historia, ya que sino estarías obsesionada buscando que cosas ver y te darías cuenta de que aunque te quedes un mes en Roma, no podrías ver todas las reliquias arquitectónicas del lugar, así que me aventurare y diré que es el arte. Me quedo en silencio, observándolo. Parece ser aún más perfecto en persona, con su nariz recta, sus labios húmedos, la barba que cubre su mentón y mejillas, sus ojos azules. Me era aún ilógico que pudiese verlo allí, en persona, recordando que hace unos meses lo vi en su película, La Venganza. —Considérame impresionada—digo, al cabo de un minuto. —Entonces… ¿estudias historia del arte?—pregunta. —Estudio arte. Me atrae bastante la  escultura griega, sobretodo en su periodo Helenístico. La forma en que representaban el movimiento en el cuerpo, y como lograban destacar la belleza… es de otro mundo—digo, y al darme cuenta de que ya estaba comenzando a sonar como la “loca de los griegos” me callo. No quiero que me vea cuando me apasiono por lo que me gusta, porque no dejaría de hablar en las diez horas de vuelo que nos quedan. —Entonces eres una artista ¿haces esculturas?—pregunta. Niego con la cabeza. —Lo intente, y no es lo mío—digo y suelto una risita.— Me gusta dibujar. —Eres toda una caja de sorpresas ¿no?—pregunta. Levanto las cejas, sorprendida. —¿A qué te refieres? —Cuando te golpee sin querer, pensé que irías a golpearme, luego, parecías tímida e incómoda, y ahora, eres la chicha que toma su mochila y viaja sin rumbo. Bastante impresionante—explica. —Estoy segura que un psiquiatra lo llamaría “trastorno de personalidad múltiple”, no impresionante—digo, y se ríe. —Entonces interesante—se corrige. Entrecierro los ojos, pero la sonrisa que tengo en mi rostro no puedo quitarla, y es que imposible, teniéndolo frente a mí. —¿Te parezco interesante?—pregunto, sintiendo como mi garganta comienza a quedarse sin voz, y muerdo mi labio. —Bastante—admite, y vuelve a darme una de esas sonrisas de películas que quitan el aliento. Santa madre de los cojones, apiádate de mi pobre alma, porque si el sigue comportándose así, no respondo por mis hormonas y su actuar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD