A paso lento vio acercarse a Cyril, un chico alto, moreno y guapo de su clase, a todas les llamaba la atención incluida a Levina pero al menos ella era consciente de que él nunca saldría con alguien como ella. No podía volar tan alto era lo que su mente cruel le recordaba cada que lo tenía cerca.
Se sintió intimidada al verlo dedicarle una sonrisa tan preciosa como él mismo y el nivel de nerviosismo en ella aumentó.
—Hola Levina —le sonrió caminando hasta dónde ella se encontraba—.
Contuvo un suspiro por lo guapo que se veía sonriendo y trató de hablar normal con él.
Él sabía su nombre porque más de una vez tuvieron que hacer trabajos juntos de medicina integral veterinaria pero el resultado era el mismo al hablar con Cyril, terminaba hablando como una estúpida bebé que apenas balbuceaba.
— ¡Cyril, Hola!
—Levi, Oye me preguntaba si quisieras ir a por un café.
La rubia se extrañó por completo, Cyril nunca le había hablado a menos que estuviera interesado en algo relacionado con la facultad.
—Oh, seguro pero en este momento no puedo tengo clase de...
—Bueno, después de clases ¿A las ocho? En Nightmare ¿Si?
—Allí estaré —sonrió al chico—.
Él entonces se fue sin más que decir dedicándole otra sonrisa que hizo que se derritiera.
Por lo menos esta vez no había hablado como una idiota, se felicitó mentalmente por el resultado de su convicción.
¿En serio él la había invitado a salir? Estaba más que feliz ni siquiera podía creer que Cyril Price pudiese posar sus juguetones ojos verdes en ella, una chica simple de Praga.
A la 7:30 Levina ya estaba lista para verlo, se encontraba peinando su rizado cabello rubio frente al espejo escaneando por toda su cara para encontrar cualquier simple error del cual antes no hubiese notado. Se había maquillado simple pero delicadamente, Cyril le había gustado desde el tercer semestre donde lo había conocido y no iba a desaprovechar aquella oportunidad con él.
La puerta resonó avisando que había llegado su madre que no veía desde hace un día entero, en seguida Levina puso mala cara pero trató de ignorar su mirada curiosa y siguió peinando su largo y cobrizo cabello tratando de ignorarla, ¿Cómo es que podía ser tan descarada?
—Hola, por lo menos —dijo Laura—.
La pelirroja quitó sus zapatos sentada en el mueble mirando a su hija. Laura la estudiaba de pies a cabeza con una ceja arqueada en curiosidad. Levina la miró de reojo, algo siempre cambiaba en ella cuando se desaparecía, se veía más bonita y en su mirada se encontraba más brillo el cual desaparecía tan solo al ver a su padre.
Era doloroso para ella, cuanto más para su padre.
Levina lo compadecía por a verse casado con una mujer como ella, pero esa había sido su decisión, él mismo escribió su destino.
—Llegaste, por lo menos —respondió despectiva Levina—.
—Levina...
Sin dejarle hablar ella le interrumpió, ni siquiera quería oírla.
—Mira mamá, no tengo ganas de discutir contigo hoy así que ya me voy.
Tomó su bolso a juego y en el guardó su móvil sin volver a mirarla.
—Haber niña... ¿Dónde vas? —preguntó enfadada—.
—Pues no es tu problema.
La respuesta fue tan rápida y mordaz que Laura no pudo controlar su ira.
— ¡Levina, esta es mi casa y no puedes gritarme y llegar...!
— ¡¿Ahora si es tu casa?! Cuando te conviene.
Levina salió de su casa sin mirar atrás.
Estaba furiosa, sí, pero no dejaría que algo tan simple como una pelea con su madre le arruinara la mejor cita que probablemente tendría en la vida.
Iba a salir con Cyril y nadie le robaría la felicidad.
— ¡Levina! ¡Levina, vuelve aquí! —Le gritó Laura—.
Pero ella no le dio importancia.
A paso firme caminó ansiosa por el encuentro.
Al llegar a la cafetería a donde Cyril la había citado emocionada entro al lugar, miro alrededor pero no lo vio por ningún lado por lo que se sentó en una mesa a esperarlo. Pasó sus dedos por los cobrizos cabellos peinándose en el proceso tratando de calmar su nerviosismo, el solo pensar en Cyril Price hacía que su corazón latiera feroz bajo su pecho. Pronto se encontraba pensando en lo extremadamente guapo que era, además de caballeroso y atento, Cyril era lo que ella siempre había soñado, un hombre dulce, cariñoso y estable, justo como su padre.
Ellos serían la pareja perfecta.
Levina sonrió y suspiró.
Entre divagaciones y pensamientos tontos los minutos pasaban pero Cyril no aparecía por ningún lado, se estaba cansando de esperarlo.
Suspiró tratando de deshacerse de toda la tención que tenía acumulada, el tiempo estaba jugando con su desespero pero no tanto como Cyril, éste jamás llegó.
Levina salió bastante humillada del local y comenzó a caminar en medio de la oscura noche. ¿Cómo no lo había imaginado? Cyril debió jugarle una broma bastante cruel.
¿Cómo había sido capaz?
Estaba muy molesta y juró en silencio que cuando lo volviera a ver se vengaría.
—Chica solitaria, te han dejado a la espera —Susurró al oído—.
Ella se sobresaltó y miro a donde estaba él.
Nunca en su vida había visto aquella altura y tal porte en un hombre salvo por una vez hacía casi un mes, él tenía los hombros anchos, las piernas largas, su cabello era largo hasta los hombros de un precioso rubio castaño. Pero sin duda lo más bello era su cara que parecía ser creada por los dioses, sus fracciones eran duras pero sus labios parecían ser cálidos, Levina se sorprendió pensando en cómo sería besarlo. Al parecer su cordura volvió pues pronto supo que se estaba volviendo absolutamente loca por pensar de esa manera tan descarada en un desconocido.
Estás desvariando Levina.
Apretó la mandíbula, él solo empeoraría su molestia y terminaría pagándola con él.
De esa forma era ella, una vez enfadada no le temía a nadie.
— ¿Acaso no tienes nada que hacer? Metete en tus asuntos como cualquier persona —dijo Levina con la cabeza en alto y voz retadora—.
Ese extraño que había estado reclamándola en sueños, ese que la había rescatado de los brazos de la muerte.
—La cuestión es que yo no soy una persona... normal —añadió después de una pausa escalofriante—.
Ella sintió su vello erizarse pero no por miedo sino por lo intimo que había sonado aquel sobrenombres al salir de sus labios.
—Ya lo he notado pero en serio me estas asustando ¿Ya puedes dejar de perseguirme y actuar como un maníaco psicótico? —dijo al verlo caminar tras de ella—.
La ronca risa fría de él se coló por sus oídos y esta vez no pudo evitar temblar.
¿Por qué le había gustado tanto?
—Esta es mi personalidad Álainn ¿A caso te desagrada? —Preguntó con sátira—.
El rubio dio dos pasos hacia ella retándola con una ceja arqueada y ella tuvo que retroceder dos más, su cercanía le causaba cosas impensables.
—En realidad si...
Nuevamente se acercó a ella pero esta vez su espalda había chocado contra una pared, no podría huir.
— ¿Has pensado en mi? —Susurró cerca de su boca—.
Levina se sobresaltó, su respiración estaba siendo trabajosa y no podía quitarle la vista de sus ojos que parecía hipnotizarla de alguna manera.
¿Por qué no respetaba su espacio personal?
La ponía de nervios tenerlo prácticamente encima de ella y él parecía entenderlo y por sobre todo disfrutarlo.
— ¡¿Puedes dejar de acercarte así?! Me desagrada bastante.
Él esbozó una sonrisa gatuna que la puso alerta.
— ¿Y me importa porque...?
Alekséi tomó un mechón de cabello y lo observó con concentración sin embargo Levina solo miraba su imponente figura.
— ¿Quieres alejarte? —replicó—.
Su pequeña mano chocó contra el torso caliente de él, el misterioso chico miró la mano de Levina en su cuerpo y luego regresó la vista hacia los ojos verdes de la rubia.
Antes de que dijera algo sobre su mano ella misma la quitó marcando distancia.
— Me gusta tu toque Liv, puedes tocarme cuando quieras, estoy dispuesto.
Él vio la vergüenza apoderarse de su rostro de ángel y solo entonces notó la inocencia que poseía pese a tener su edad. Levina estaba envuelta en cosas oscuras que ella ignoraba y eso le hacía querer protegerla y a él que nunca le había importado nadie.
—No hables de ese modo —refunfuñó ella con las mejillas coloradas—, ¡Y deja de apodarme! De todas formas ¿Cómo sabes mi nombre?
—No puedo evitarlo, tienes unos pechos que... —dijo ignorando su última pregunta—.
— ¡Calla! No te quiero oír.
Y era cierto.
Si ese hombre hablaba de cosas sexuales y la tocaba Levina estaba segura que perdería el control pese a ser tan retraída, si se sentía tan vehemente solo con su mero roce ¿Cómo se sentiría teniéndolo entre sus piernas?
A punto de soltar un chillido de horror por el desvío de sus pensamientos negó con ímpetu logrando encender la curiosidad de él quien arqueó una ceja en su dirección.
—Pagaría lo que me fuere designado a los infiernos por conocer el súbito pensamiento que causó ese sobresalto tuyo Álainn —confesó él mediante un leve susurro—.
Aquella confesión la hizo fruncir el ceño y que algo se agitara en su interior, algo realmente malo supuso Levina. No podía ser de otra manera.
—No quieres saberlo.
Él se carcajeó una vez más mostrando sus dientes blancos a la vez que un extraño sentimiento la embargaba.
—Prometo que sí.
— ¡Levina!
Ella miró en dirección de quien la llamó mientras fruncía el ceño, sin duda aquella voz la reconocería en cualquier lado.
— ¿Papá? —Preguntó al darse la vuelta—.
— ¿Qué haces sola en la calle? —Preguntó él con el ceño fruncido—.
A la vez que miraba alrededor de ella.
—Bueno yo no estoy... —al voltear el chico ya no estaba—.
Levina se quedó estupefacta.
Comenzaba a preocuparse seriamente por su salud mental.
Estaba hablando con él y de repente había desaparecido como si su aparición solo hubiese sido causa de su imaginación, como si ella misma lo hubiese inventado para consolarse de su cotidiana soledad.
Ahora la pregunta era ¿Por qué se sentía consolada y aliviada de una extraña manera que aquel chico estuviese con ella en ese momento?
Él era real, había hablado con ella, estaba segura.
—Sube —demandó su padre a lo que ella obedeció—.
Levina entro al auto de su padre aun conmocionada por el desaparecer de él.
Le resultaba irritante, sí, pero había algo que la atraía.
No sabía cómo se había ido tan rápido.
Aquel hombre era demasiado misterioso, quizás tenebroso era la verdadera palabra.
Pero lo averiguaría si volviera a verlo una vez más, él resultaba ser un misterio que ella quería descubrir.
—Y bien ¿Qué hacías? —Preguntó una vez más su padre—.
—Yo... solo caminaba.
Volteó hacía atrás a el lugar donde había estado con el rubio castaño de largos cabellos pero de este no habían señales, lo que causó una curiosidad tremenda en su interior.