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La fantástica aventura de Cristina, los fantasmas, un perro, un gato y la pluma en la serpiente.

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La vida de la Lic. Cristina se ve envuelta de cambios repentinos y extravagantes, llevándola a un mundo nuevo e impresionante siendo la observadora de acontecimientos cruciales.

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Capítulo 1: Normal
Cristina Kristal McHale del Valle es una mujer de 20 años, licenciada en economía, secretaria desde el 2017 en la empresa Sistemas S.A. Una sociedad instituida en 1970 por los licenciados Arturo Camarena Gómez y Marco Santos Altamirano, inicio como inmobiliaria que con el tiempo se convirtió en una empresa de inversiones. McHale es de apariencia modesta, de esbelta figura oculta por holgadas ropas, ella temé por su imagen, por su cuerpo, no quiere resaltar y llamar la atención, es por ello que usa anteojos que no necesita, lentillas color café y tiñe su rubia cabellera, siempre se puede encontrar a Cristina con su cabello n***o bien peinado sin ningún pelo rebelde o fuera de lugar, amarrado en bola en lo alto de su cabeza, ella es de piel morena clara y cuenta con unas pocas pecas en sus mejillas y pómulos. En su puesto como secretaria y asistente de presidencia es oprimida sin la capacidad de poder crecer más de lo que es, siempre añoró ser una economista y trabajar como tal en esa empresa. Maribel Camarena, la presidente actual de Sistemas S.A. es una mujer de 48 años arrogante e insufrible que se ha ganado el desprecio de cualquier persona con la que tiene relación, incluida a Cristina a la que le ha hecho pasar, por 3 años, malos ratos a pesar de que Cristina Kristal McHale del Valle es la salvadora de Sistemas de una de las peores crisis económicas por la que ha pasado México. McHale, en 2019, predijo que el país entraría en recesión a principios del 2020 y advirtió a Maribel sobre su predicción, además de darle un consejo de cómo salvar la empresa, la presidente rechazó la ayuda, meses después, la crisis económica se hizo presente, muchas empresas se fueron a la quiebra, Sistemas estuvo a punto de caer, la arrogante Maribel aceptó la ayuda de Cristina, ambas dirigieron la empresa durante seis meses, Sistemas salió a flote a duras penas y así la fama llegó, muchos estaban interesados por la excelente administración durante ese semestre, además que se pronosticaba una alza para la empresa recuperándose en su totalidad para 2021. Sí, la empresa recobró relevancia y se hizo notar, al fin Cristina tendría su merecida recompensa y crédito por sus acciones, solo que Maribel, siempre que la entrevistaban, nunca menciono a su asistente y la relevancia que tuvo al salvar a Sistemas. Cristina no recibió mérito alguno, ni siquiera un “Gracias” por su jefa. Esto encolerizó a la joven que inmediatamente presentó su renuncia, como respuesta le fue entregada una carta con su finiquito, un cheque sin firmar, y la invitación para una boda. El hijo de su jefa se casaría. Cristina encaró a Maribel enseguida, caminó en dirección al despacho de presidencia y abrió la puerta bruscamente, la presidente estaba ahí, sentada detrás de su escritorio, escribiendo en su laptop, los lentes de Maribel reflejaban el brillo de la pantalla. —¡¿Esto es un juego?! — gritó mientras levantaba la invitación y el cheque sin firmar por encima de su cabeza, se quedó parada a 2 pasos frente el escritorio —¿Por qué no firmo el cheque? — —¿En verdad quieres irte? — preguntó Maribel sin dejar de ver su laptop —Sí, sí quiero— contestó tajante y cruzó las manos —De acuerdo, lleva ese cheque a la boda de mi hijo y ahí lo firmaré— continuó escribiendo —¿Y eso? ¿Cómo por qué? Puede firmarlo aquí y ahora— la chica estiró su mano con el cheque —No es tan simple, ve pasado mañana a la boda de mi hijo— la presidente apartó la vista de la pantalla solo para mirar de arriba a abajo a Cristina, arrugó la nariz después de inspeccionarla, sacó de su billetera una tarjeta de crédito y se la dio a la chica aprovechando la mano estirada —Busca un buen vestido y en la boda no te separes de mi hasta que todo termine ¿podrías solo hacer eso? — Cristina miraba la tarjeta de crédito —Sabes cómo usarla, supongo, así que ve. Gracias. —Yo no le debo nada, usted es quien…— Maribel se levantó de su escritorio repentinamente asustando a la joven quien enmudeció por miedo a pesar que hace un momento vociferaba a todo pulmón, la presidente cerró su laptop, agarró su bolso y salió de la oficina dejando a Cristina sola. Sin nada más que hacer se resignó a obedecer, esperando que fuese el último mandato. Salió del edificio de Sistemas. Tomó dirección al distrito comercial, en el camino, mientras viajaba en metro, investigó sobre ropa para boda, la invitación decía que era un evento formal, estudió como las personas vestían en los eventos organizados por Sistemas, ya que estaba segura que sería el mismo ámbito social, además de ver algunos artículos de la misma Maribel sobre moda y como les daba un gran apoyo a las líneas sacadas por Debbie Fang. Debbie Fang es una modista de fama mundial, originaria de Inglaterra, socia de la empresa internacional Fang Enterprise. Cristina conocía a Fang, al menos su voz ya que varias veces la atendió por teléfono pues Maribel y Fang hacían negocios juntas, incluso se podría decir que eran amigas, tal vez la única persona que toleraba a la presidente de Sistemas. Las colecciones de Fang eran elegantes y los vestidos que consultaba eran sumamente caros, por momentos no se decidía si ella no era lo suficientemente bonita para usar ese tipo de vestidos, o si era muy pobre para gastar en un vestido tan extravagante “Es ropa muy cara, pero esa vieja bruja me dio su tarjeta” pensaba, se le ocurría gastar mucho en el atuendo usando la tarjeta hasta que recordó que su cheque aún estaba sin firmar “No puedo, si abuso, ella no me dará mi cheque” Buscó un vestido acorde o parecidos a la línea de Fang, encontró múltiples opciones pasando por decenas de tiendas, sin embargo, ninguno le satisfacía. Por última opción recurrió a una tienda exclusiva de la misma Debbie Fang, “Desirée Catena” un almacén de apariencia sofisticada, con escaparates llenos de maniquíes bien vestidos con complementos como joyas, gafas, zapatos y bolsos, dejando sorprendida a Cristina quien, al verlas a través del cristal, agachaba su cabeza, como señal de respeto “Que maniquís tan pretenciosos” se decía a sí misma, aun así, tomó el suficiente valor para entrar a pesar de que parecía que debías tener una invitación o una reservación. Al entrar, enseguida escuchó un alboroto que había con una empleada y una clienta, la mujer a pesar de tener una apariencia elegante, era arrogante y pedante con la dependiente, una chica presentable con un vestido n***o, su uniforme, con un gafete con el nombre de “Jun” La actitud de la mujer le recordaba mucho a Maribel y la discusión era simplemente por la talla de unos zapatos, según entendió Cristina que se encontraba cerca escondida detrás de un rack lleno de vestidos, la mujer había pedido una talla, solo que Jun trajo la talla errada pues el zapato no le quedaba, la empleada insistía que la talla era la correcta haciendo que la elegante mujer se sintiera insultada pues se insinuaba que era una talla más grande, Cristina se acercó lo más que pudo, tomó el zapato y en efecto tenía la talla correcta, la talla que la mujer había pedido. —¡Ya veo el error! — dijo Cristina llamando la atención de la clienta y la empleada, tenía un plan para ayudar a la pobre dependiente —No, no. Las tallas están mal, las tallas son extranjeras, deben convertirse para los consumidores latinoamericanos, si mal no veo, esta talla es muy pequeña y no esta convertido, no se meta en más problemas chica y tráigale a esta elegante mujer la talla que le pidió— Cristina guiño el ojo a la pobre empleada que entendió enseguida la treta. —Lo ves, esta empleada de limpieza lo entendió a la primera y tú no pudiste— reclamó a Jun la clienta —gracias por tu ayuda, pero aléjate por favor— dijo de forma despectiva a Cristina sin siquiera dirigirle una mirada. —Claro que si madame— respondió Cristina de forma educada, aunque dentro de ella gritaba de rabia insultándola “Maldita vieja pie de tamal” se alejó lo suficiente para seguir al tanto de como terminaba el drama, enseguida, la empleada trajo el par de zapatos una talla más grande, la mujer los probó y le quedó perfecto. —Lo ves, estas tallas extranjeras, dios porque no capacitan mejor a estos empleados— decía mientras modelaba en el espejo, le dio una tarjeta de crédito, Jun la tomó y corrió hasta la caja para cobrar los zapatos, de regreso trajo una bolsa junto a una caja para guardar el producto y sin otro contratiempo la señora se fue, detrás de ella caminaba la misma Jun cargando la caja con los zapatos dentro. “Vaya gente tan mas engreída, pero no creo que deba estar aquí, me confundieron con la de la limpieza” pensaba McHale, salió de la tienda un tanto apenada. Una vez fuera, antes de alejarse, de puro reojo, un color verde le llamó la atención, volteó, en un estante vio un vestido verde, largo, de un solo tirante con bardado plateado en un lateral. “Es como si hubiese salido de mis sueños” jamás antes en su vida había abierto tanto sus ojos, estaba fascinada mientras lo admiraba de arriba a abajo “Debe ser mío, aunque si lo compro despídete de tu finiquito y prepárate para no comer durante 6 meses” se decía después de acercarse a la vitrina y ver el costo del vestido. —Es de nuestra próxima colección— le dijo Jun a Cristina, aparentemente ya había terminado con la molesta clienta —deseas probártelo. —¿Quién? ¿Yo? — cuestionó Cristina —me temó mucho que las empleadas de limpieza no ganamos tanto— Jun se rio por el comentario sarcástico. —Gracias por la ayuda— agradeció Jun —¿Eso? No es nada, estoy acostumbrada a tratar con personas engreídas, aunque no con una persona con esa colosal pata que traía— de nuevo Jun se rio —por cierto, soy Cristina y como has de imaginar, no trabajo en limpieza. —Yo soy Junior— se presentó —y sí, sí, me imaginé que no eras del personal de limpieza y con la forma que ves ese vestido significa que estás buscando uno. —sí, la verdad es que si, solo que está muy lejos de mi presupuesto— —oh y ¿Cuál es tu presupuesto? — —Uy, hay una historia larga, muy larga para eso— Cristina platicó con la joven sobre su situación y él cómo decidió no usar la tarjeta por temor a no recibir su finiquito. —espera, ¿me dices que trabajas para Maribel Camarena? — Junior parecía reconocer a la presidente de Sistemas. —Sí, bueno, trabajaba, ahora estoy aquí, buscando un vestido para la pomposa fiesta— —Y dime ¿Por qué no compras lo que quieras con ese dinero? Podrías despilfarrar con esa tarjeta, comprar lo que quisieras a cambio de tu cheque. —No creo que sea tan simple, además yo no soy ese tipo de persona— habló de forma seria. —Entiendo… como forma de gratitud, al menos te podría dejar probar el vestido— comentó Jun —¿Aun si sabes que no voy a comprarlo? — Cristina se entusiasmó —¿No te meterías en problemas? —No te preocupes, el gerente es mi amigo— las dos entraron de nuevo a la tienda y se dirigieron a la zona de probadores, Cristina se quedó sentada mientras que Jun iba por el vestido para que se lo probara. La chica llegó con el vestido después de unos minutos, Cristina quedó encantada al verlo y al tocarlo pudo sentir la suavidad de la hermosa tela, paso los dedos a través del bordado plateado y lo acariciaba con reserva, esperando no estropearlo. —Es el vestido del aparador, no creo que me vaya a quedar— advirtió Cristina —No, no, tu tranquila, yo tengo buen ojo para la ropa, digo, no para los zapatos, pero si con las prendas, anda pruébalo— Cristina entró a un probador abrazando con fuerza el vestido, lo colocó con cuidado en la silla, se quitó las gafas metiéndolas a su bolsa y se deshizo de este tirándolo al suelo. Se empezó a desvestir, por ir a las prisas su cabello se enredó en su suéter y tuvo que deshacer su peinado soltado su cabellera, vistió el vestido con delicadeza y se observó en el espejo, en ningún momento le quito la vista al vestido. Sin más demoro, salió para poder mostrárselo a su nueva amiga —Es increíble, es de mi talla exacta— aseveró Cristina, Jun la observaba, camino a su alrededor, en efecto, el vestido era justo a la medida de McHale. —No, no, bueno, si es tu talla solo que el diseño no le favorece a tu figura— enseguida Jun sacó una caja de alfileres de uno de sus bolsillos y empezó a ponerlo en el vestido para mejorarlo, después de 10 minutos poniendo alfileres, acercó a Cristina a un espejo y le mostró las mejoras. —Quedo mejor de lo que se veía hace un momento— Cristina estaba maravillada por el vestido —Es hermoso— los detalles en el vestido eran mínimos, aun así, se podía distinguir una gran mejora en el estilo. —Lo sé, este vestido fue creado para que tú lo usaras— Jun estaba entusiasmada, se veía alegre y muy segura de lo que decía provocando desconfianza en Cristina. —Un momento, ¿me estas intentando vender el vestido? — cuestionó en forma de broma —¿Me culparías por intentarlo? — contestó vacilante en tono serio. —No, bueno, es tu chamba, pero como te dije, no voy a gastar tanto por un vestido— Cristina se volvió a ver en el espejo —aunque es hermoso— la chica estaba hipnotizada, Jun volteó a ver detrás de Cristina haciendo un ademán, Cristina intento voltear. —Lo siento— Jun se separó de Cristina —Me llama el gerente, quítate el vestido con cuidado— le ayudo bajando el cierre del vestido —trata de no pincharte con los alfileres cuando termines, espérame aquí— Jun se retiró mientras Cristina se quitaba el vestido dentro del probador, con mucho cuidado, esta vez, para no pincharse con ningún alfiler, se vistió e intento peinarse lo mejor que pudo, enseguida tocaron la puerta. —¿Puedo ayudarle con algo señorita? — habló una mujer del otro lado de la puerta, no era Jun, era una mujer de más edad —No, gracias, ya salgo— Cristina salió de la cabina sosteniendo el vestido con mucho cuidado, la misma mujer la estaba esperando, era otra empleada quien tomó el vestido y se lo llevo sin decir nada —con cuidado tiene…— intentó explicar sobre los alfileres, solo que la señora ya se había marchado, Cristina esperó como Jun le había dicho, miraba su celular buscando otros estilos de vestidos para una boda. Pasaron al menos 20 minutos y Jun no aparecía, un tanto desesperada, Cristina pensó en retirarse, cuando vio a Jun venir a lo lejos de un pasillo, ya no vestía su uniforme, usaba una sudadera roja y unos jeans negros, cargaba consigo una caja gran de cartón con papeles encima, Cristina supuso lo peor y enseguida la alcanzó. —¿Qué fue lo que pasó? — preguntó Cristina una vez cerca de Jun —Parece que la señora “Big Foot”, habló con el gerente— explicó Jun —Y pues me despidieron— —¿Es en serio? — se sorprendió Cristina —eso es inaudito, si quieres puedo hablar con el gerente y explicar la situación, siento que es mi culpa por darle la razón al pie de tamal— —Gracias, pero no te preocupes, de hecho, tampoco le gustó que le pusiera alfileres a un vestido que no se va a vender— —¡Que se calme! solo son alfileres, no me gusta esta injusticia, espera aquí un momento voy a hablar con ese tal gerente y va a escuchar lo que tengo que decir— Jun dejó caer la caja y detuvo a Cristina sosteniéndola del brazo —No, por favor, en verdad, no te preocupes, vámonos— imploró Jun, Cristina decidió hacerle caso, ayudo a levantar la caja y ambas salieron de la tienda. —Como me chocan las personas ricas, me imagino que la dueña de estas tiendas y de la ropa, la tal Fang es igual de pomposa y fifí, ¿alguna vez la has visto? — Cristina cargaba con la caja, a pesar de ser tan voluminosa no era tan pesada. —No, la verdad es que no viene a cuidar las tiendas personalmente, ella no sale de Londres. —Oh, sí, la inglesa— las dos llegaron a una banca frente a una tienda de helados, amablemente Jun ofreció un helado a Cristina, ella aceptó, las dos pidieron un helado en cono, al momento de pagar Cristina insistía en correr con el gasto —Gracias por el helado, pero no deberías pagar por mí. —No te preocupes, tengo mi liquidación— la chica sacó una cartera de la caja de cartón con muchos billetes dentro. —¿Te lo dieron en efectivo? — Jun rio de forma nerviosa, Cristina estaba sorprendida por la cantidad de dinero que se veía, Jun sustrajo un billete de a 500 y pagó los helados —bueno gracias, pero espero y la próxima vez me dejes invitar a mí— Las dos regresaron a la banca a terminar sus helados —Sabes, ¿Qué tal si me acompañas? voy a seguir a otras tiendas, continuare con la búsqueda del vestido— Jun aceptó ir con ella y justo después de terminar el helado las dos caminaron a otras tiendas de ropa Llegaron a una tienda con vestidos de agrado para Cristina, ella se probó varios modelos, solo que Jun los desaprobaba. —Disculpe— habló Jun con la tendera —¿No tendrá algún vestido verde? — preguntó, la señorita que las atendía llevó, después de buscar por casi 10 minutos, varios vestidos de color verde, Jun enseguida los desaprobaba, no le gustaba el tono, o la tela, o el corte, incluso se quejaba de las costuras, para Cristina era obvio lo que Jun hacía. Después de descartar todos los vestidos, Jun pidió a Cristina ir a otra tienda. —De acuerdo— concordó —Pero promete que no buscaras una copia del vestido verde. —No, no, no busco una copia, solo pienso que el color que te queda es el verde— Cristina sabía que Jun mentía, aun así le siguió la corriente, en la siguiente tienda que entraron, Jun pidió vestidos verdes, esta vez le probó cada uno de esos vestidos a Cristina, esta, incluso, no le gusto como se le veía los vestidos, estaba insatisfecha pues no había pieza que se le comparara al vestido que ya se había probado, desanimadas continuaron en las siguientes tiendas hasta el atardecer cuando ya empezaban a cerrar. —16 tiendas y en ninguna encontramos un buen vestido— decía Jun mientras caminaba a un lado de Cristina —Creo yo, no debimos enfocarnos solo en los vestidos de color verde— —Olvídalo— dijo y se detuvo Jun —ya lo he decidido, yo misma creare tu vestido— expuso. Cristina, quien también se había detenido, empezó a cuestionarla. —¿Un vestido en solo un día? Es decir, no dudo de tu talento, lo demostraste demasiado bien en la tienda, solo que un vestido desde cero no es…— —no, no, no será desde cero— interrumpió a Cristina —tomare como base el vestido de la tienda, aunque no lo creas tengo una copia hecha por mí en casa— decía a una incrédula Cristina —bueno, tengo muchos modelos creados por mí, falsificaciones si quieres así decirles, al vestido verde intentaba darle unos toques originales, me volvía loca pues no estaba inspirada hasta que llegaste tú. —Oh vaya, gracias, supongo, ¿y cuánto me cobrarás? — preguntó esperando que el precio no fuese tan elevado. —¿Qué? ¿cobrarte? Olvídalo, no pienso cobrarte solo te pido que confíes en mi— Jun le sonrió —¿Confiar en ti? — Cristina no sabía que decir, por supuesto que confiaba en Jun, lo suficiente como para dejarle el trabajo de hacer un vestido, aun así, ¿Cómo se puede confiar en una persona que acabas de conocer? —sí, me temó que te entregare el vestido el día de la boda— la afirmación puso nerviosa a Cristina —¿Qué? Pero ¿estás segura que estará a tiempo? — preguntó —Bueno, sí, aún no está terminado, debo acabar unas costuras y ajustarlo para que tú lo uses— —Es cierto, debo medírmelo antes, necesitare ir a tu casa— —No es necesario tengo tus medidas en mi memoria, no en balde te ayude a probar toda esa ropa, tu solo confía— Jun puso su mano en el hombro de Cristina Cristina no estaba segura, después de todo apenas conocía a Jun, sin embargo, aparentaba ser una buena persona. —De acuerdo— contestó sin más titubeos —tu dime donde nos vemos para que me entregues el vestido— —¿Qué tal en tu casa? — opinó Jun, Cristina concordó con ella, le dio la dirección de su departamento —Iré tan temprano como me sea posible para que uses el vestido— sin más, las chicas se despidieron, Jun tomó su caja, que fue cargada todo este tiempo por Cristina, ambas chicas partieron en direcciones opuestas. Cristina fue directo hacia su apartamento que, para llegar, subió de nuevo al metro y transbordo al menos 3 veces, revisaba su celular, consultando las r************* y una que otra noticia, a pesar de ello, no dejaba de pensar en Jun, era una chica algo misteriosa y un tanto obsesiva, además, el hecho de que ella crearía un vestido para una completa desconocida le pareció irreal ya que era un acto demasiado desinteresado y bondadoso, primero pensó que Jun tenia intereses ocultos y después ella misma se arrepintió de ese pensar, tanto que empezó a avergonzarse. Cristina llegó a su última estación, bajo del metro y camino por 5 cuadras hasta llegar a un edificio de 6 pisos de ladrillo rojo, la puerta era de metal pintado de verde, McHale, empujo la puerta con mucha fuerza después de introducir la llave y abrir una cerradura que chirriaba y golpeaba, cerró la puerta con tal azotón que se quedó el eco. El primer piso, el lobby, constaba de una puerta de madera con un letrero que decía “CONSERJERÍA” arriba. A un lado de la puerta, de su lado derecho, había un cúmulo de 23 buzones en la pared, Cristina se acercó al buzón número 13, lo abrió con una pequeña llave, al verlo vacío lo cerro nuevamente. Caminó del lado izquierdo de la puerta del conserje donde había un pasillo y subió unas escaleras hasta la tercera planta pasando por un pasillo con cuatro puertas dos del lado derecho y dos del lado izquierdo, al final estaba el apartamento 13 que al igual que las demás puertas estaba escrito, a mano, con brocha y pintura blanca, el número del cuarto con números grandes.   El lugar era algo pequeño que consta de 1 recamara con baño y una sala de estar pegada a la cocina. Al entrar fue recibida por una pequeña felina de color n***o llamada Laura, nombre sacado de una protagonista en una serie de televisión favorito de Cristina, el felino iría hacia un rincón cerca de la estufa donde se encontraba un platón, la chica entendía esa señal como que su gatita tenía hambre, por lo que casi enseguida, le daría una lata de atún. —Hay minina, fue un día agotador— le contaba mientras ella se acostaba en su sillón después de servir el atún —Fui a tantas tiendas y en ninguna encontré un buen vestido, bueno, si encontré uno, solo que si lo compraba, te tendrías que olvidar de tus latas de atún— Cristina volteó a ver a su gato quien seguía comiendo sin apartar la cara del platón —Aunque me parece que hice una amiga, me prometió hacer un vestido— el felino comía efusivamente —Se ve bueno lo que comes ¿me convidas? — justo en ese momento el gato hizo un gruñido al azar provocado por la comida —De acuerdo, no te enojes, yo ya me preparo algo y tampoco te voy a convidar— Cristina fue a su cocina donde se preparó una pasta, en el transcurso pensaba en el trabajo, su ex–trabajo, en cifras y formas de organización, su mente se plagaba de ideas y planes para optimizar las labores, hasta que ella misma se dio cuenta “pero si yo ya no trabajo ahí, creo que es difícil olvidar viejos hábitos” pensó, le era costumbre pensar en Sistemas justo cuando cocinaba, termino de hacer su pasta, la comió no sin antes convidarle a su mascota. Acabando de lavar sus trastes tomó una ducha para luego ir a la cama. La noche transcurría tranquilamente, Cristina dormía plácidamente, junto a ella estaba su felina compañera, de repente se escuchó un estruendo, un plato de la cocina se había caído, esto alertó a Cristina despertándola, por un momento pensó que era Laura, se preocupó mucho al notarla cerca de ella, “un ladrón” pensó. Su gatita, quien se despertó por el movimiento de McHale, bajo de la cama y camino hacia la cocina, Cristina trató de detenerla, lo único que pudo hacer fue acercarse a la puerta de su cuarto, se escuchaba que alguien levantaba los trozos del plato. Sin pensarlo mucho decidió cerrar la puerta del cuarto pensando que el ladrón no lastimaría a Laura, con mucho cuidado y sin hacer ruido cerraba la puerta lentamente, fue en ese momento cuando el gatito hizo un gruñido y maullaba. Preocupada por su mascota McHale se dio valor para salvarla, se armó con una escoba, abrió la puerta, encendió las luces y corrió gritando hacia la cocina, abanicaba frenéticamente de un lado a otro esperando tomar desapercibido al ladrón, se detuvo cuando vio la cocina vacía, pedazos del plato roto en el suelo y Laura, con el pelo erizado y lomo curveado encima del fregadero, donde se encontraban los demás restos del plato. Sin bajar la guardia, Cristina busco por toda la cocina, abriendo puertas de alacenas aun si fuese imposible que alguien cupiese en esos reducidos espacios, sin más, se alejó para buscar en otros lugares, no encontró a nadie. El apartamento estaba vacío y la puerta de la entrada cerrada con llave. —Laura— habló a su gatico —¿Me estaré volviendo loca? — cuestionó, volteo a ver a su mascota quien seguía en el fregadero en guardia, mirando justo una esquina en el techo —¿Qué tienes? — se acercó y el gato lanzó un alarido —Dios, ¿Qué estás viendo? — volteó a ver la esquina, no había nada, sin darle muchas vueltas al asunto, confiando plenamente en el juicio de su felina, sin previo aviso tomó una botella de plástico y la lanzó hacia la esquina, la botella no llegó al techo, había golpeado algo, este algo, había gemido por el golpe, una ráfaga de aire levantó las cortinas de la ventana cerca del fregadero, como si alguien hubiese corrido y saltado a través de la ventana, durante esos movimientos Laura había estado frenética saltando de un lado a otro, gruñendo y lanzando arañazos. Cristina no daba crédito a lo que había pasado, ella era una mujer escéptica a lo paranormal, sin embargo, el haber presenciado lo que había sucedido le hizo creer y temer. Después de un rato de estar en el mismo sitio, observó de nuevo a su gatito, este ya se había calmado, agarró la botella y la lanzó contra todas las esquinas de la casa, no había rastros de algo más. Luego fue a la ventana cerca del fregadero y la palpó, estaba cerrada, miró el plato en el fregadero “¿Por qué?” se cuestionaba “según yo, los fantasmas no se pueden tocar, pero, la toqué, le aventé la botella, además, tiró y levantó un plato, no solo eso, ¿atravesó la ventana?” Sin

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