MÁS TÓXICO QUE CHERNÓBIL ADRIÁN Zoe intenta levantarse de mi regazo, pero le tomo la mano. —¿Adónde vas? —No muy lejos,— susurra. El leve temblor en su voz es un indicio claro de que está por iniciar algo sexy, y no puedo esperar a ver lo que mi esposa ha planeado sobre la marcha. Aunque ella piense lo contrario, sé sobre la caja envuelta en papel amarillo en el aparador. Pero mi emoción se detiene en seco cuando siento sus manos frías en mis rodillas, aferrándose al suave tejido de mis pantalones. —¿Zoe? ¿Qué estás haciendo?— No puedo ocultar la sorpresa en mi voz. —¿Ahora está más claro?— Sus manos suben lentamente, descansando sobre mis muslos, a un centímetro de mi erección palpitante. Mis manos están ansiosas por quitarme la venda de los ojos. Seguro está sonrojada, el carmesí

