Mis primos siguen gritando mientras navego con mi nueva esposa por la pista de baile. Mi palma roza los cristales de su vestido, que brillan como si las estrellas hubieran bajado a la Tierra esta noche. Cuando la jalo hacia mí, ella está más rígida que una tabla de lavar. Pensando que no le gusta el contacto, me aparto. —Puedes tocarme. No soy tan contagiosa.— Sus dientes rechinan. Esa es la primera y última cosa que Zoe me dice durante toda la ceremonia. Ella sigue sonriendo para nuestras familias, las cámaras e incluso los reporteros raros, pero le cuesta mirarme a los ojos. ¿Está dándose cuenta de que este trato no le sirve? Qué lástima. Ya es la señora Adrián Blackwood. Cuando finalmente estamos a solas en el coche y tengo la oportunidad de preguntarle a Zoe qué le pasa con su áni

