capítulo 6

1316 Words
Y cuando los guardias intentaron atraparla, Celeste notó el brillo lascivo en sus ojos. Esa mirada le confirmó que, si no actuaba, algo terrible podría sucederle. Así que decidió castigarlos sin piedad. Desde que había aprendido artes de combate en el Reino DL, la fuerza dormida en su interior clamaba por salir. Había pasado demasiado tiempo siendo débil, humillada, indefensa. Ahora disfrutaba de esa energía que corría por sus venas: por primera vez, se sentía viva. Aquello era justo lo que deseaba: proteger a quienes la habían tratado con sinceridad y hacer pagar mil veces a quienes la habían traicionado. —¿No pretenderás que eres Celeste Darrow? —dijo Nadia con una risa incrédula. celeste la interrumpió con calma y un destello desafiante en la mirada. —Sí. Soy Celeste Darrow. Sus ojos se encontraron. La voz de Celeste, firme y pausada, retumbó en la sala: —Ha pasado un tiempo, Nadia. El tono fue tan deliberadamente lento que heló la sangre de todos los presentes. Nadia, intimidada por el aura dominante de Celeste, sintió cómo las piernas casi le fallaban. —¡No… eso es imposible! —murmuró Nadia, sin creer lo que veía. La Celeste que conocía era gorda, torpe y cobarde; una mujer con una marca de nacimiento horrible y una mirada vacía. Pero esta... esta era una diosa vestida de fuego, con una mirada que atravesaba como una espada. Aunque trató de negarlo, algo en los ojos de Celeste, esa chispa familiar en su voz, derrumbó su incredulidad. —¿Eres… realmente Celeste? —balbuceó Caleb , incapaz de ocultar el asombro. Celeste respondió con serenidad, aunque en su voz vibraba una autoridad nueva: —No habrías hecho una pregunta tan estúpida si hubieras comprobado mi estado en el hospital. Luego se volvió hacia Henry Blackwell y, con un gesto sincero, inclinó ligeramente la cabeza. —Lamento lo que ha tenido que soportar, señor Blackwell. Henry, aún incrédulo, la observó detenidamente antes de murmurar: —¿De verdad… es usted la señorita Celeste? Celeste asintió con una leve sonrisa melancólica. —Sí, señor Henry. Soy yo, Celeste. Su mirada se suavizó al recordar el pasado. De niña, su madre había intentado eliminar su marca de nacimiento sin éxito. Aquel estigma la aisló, le cerró escuelas y amistades. Fue ese dolor lo que llevó a su madre a fundar la compañía farmacéutica Darrow, dedicada a curar lo que otros llamaban imperfección. Henry había sido uno de los primeros en creer en ese sueño. Leal hasta los huesos, permaneció en la empresa incluso tras la muerte de la señora Darrow. Y cuando Celeste se mudó a Serenille para apoyar la carrera de Caleb, él la siguió sin dudar. Pero en esos años, Caleb despidió a casi todos los empleados fieles bajo falsos pretextos. Celeste, sumida en la ignorancia y la tristeza, pensó que se habían marchado por decisión propia. Ahora entendía que fueron expulsados. La vergüenza le oprimió el pecho. —Señor Blackwell, señor James, señora Rogers… lo siento mucho —dijo con voz firme. Los tres veteranos se emocionaron al ver ante ellos no a la joven tímida que una vez conocieron, sino a una líder decidida y luminosa. El gerente de recursos humanos, nervioso, rompió el silencio: —¿D-desea que los guardias… los expulsen? —Por supuesto —respondió Celeste con frialdad, señalando a Caleb y Nadia. La sala entera contuvo el aliento. —Por la presente, como presidenta de Darrow Pharmaceutical Company, declaro que Caleb Moore y Nadia Lorens quedan oficialmente despedidos —anunció con voz firme y segura—. Ahora, ¡salgan de mi compañía! Caleb, rojo de furia, apenas podía creer lo que oía. —¿Qué se supone que significa esto, Celeste? —rugió, mientras todos los presentes comprendían que el poder había cambiado de manos. —¡Durante los últimos tres años he entregado mi vida entera a esta empresa! —exclamó Caleb, con el rostro enrojecido por la ira—. ¡Fue gracias a mis contribuciones que la compañía logró tanto progreso! ¿Quién te crees que eres para venir a despedirme? Celeste arqueó una ceja, su voz cargada de una ironía gélida. —¿Tus contribuciones? Tengo entendido que fueron el señor Blackwell y sus colegas quienes realmente sostuvieron esta empresa mientras tú la hundías. El comentario de Celeste lo dejó sin palabras. El silencio pesó sobre la sala. —Te daré hasta que cuente cinco —dijo ella con voz suave, pero cada palabra cortaba como acero—. Si para entonces no te has ido… Celeste levantó lentamente su mano y comenzó a contar con sus delgados dedos blancos. Al soplarlos con elegancia, Caleb recordó el sonido seco de los huesos de los guardias rompiéndose minutos antes. Un escalofrío le recorrió la espalda. —Nadia, vámonos de aquí —murmuró, tirando de la mano temblorosa de su amante. Mientras sus figuras se alejaban, los empleados veteranos no pudieron contenerse y estallaron en aplausos. La energía en la sala cambió; por primera vez en años, se respiraba justicia. Las “ovejas negras” por fin habían sido expulsadas. Celeste se volvió hacia sus antiguos empleados y se inclinó con respeto. —Les debo una disculpa por haber permitido tanto sufrimiento debido a mi ceguera. Les prometo que algo así no volverá a suceder. Su voz se volvió más cálida. —Como muestra de mi sinceridad, todos los antiguos empleados recuperarán sus puestos originales y recibirán un aumento del veinte por ciento en su salario base. Y aquellos que fueron obligados a marcharse… los contactaré personalmente para invitarlos a regresar. Los rostros de los empleados se iluminaron. —¡Gracias, señorita Darrow! —respondieron al unísono, emocionados. Entonces, el semblante de Celeste cambió. Su expresión se volvió firme, casi fría. Recorrió con la mirada a los gerentes intermedios que aún temblaban en sus asientos. —No me interesa de qué lado estaban antes. A partir de ahora, los que estén conmigo tendrán mi protección —declaró con voz autoritaria—. Hizo una pausa, su mirada tan afilada como una cuchilla. —Pero quien se atreva a traicionarme otra vez… correrá la misma suerte que esos guardias de seguridad. Un escalofrío recorrió la sala. —¡S-sí, señorita Celeste! —respondieron casi al unísono. En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Un joven entró apresuradamente. —¡Señor Blackwell! ¡Malas noticias! —exclamó Will, el mismo que había visitado el hospital días atrás. —¿Qué ocurre? —preguntó Henry, frunciendo el ceño. —El señor Caleb robó el nuevo medicamento que desarrollamos hace medio mes y registró la patente a nombre de una empresa nueva —explicó Will, jadeante—. Sin esa patente, el banco exigirá la devolución inmediata del préstamo de dos millones de dólares. ¡Tenemos solo siete días antes de que todo se derrumbe! Celeste lo miró con asombro. —¿Nuestra compañía está realmente en una situación tan grave? Recordaba bien que, aunque la empresa no era puramente lucrativa, siempre había mantenido un flujo estable. Algo no cuadraba. Will bajó la vista, ruborizado al percatarse de la presencia de Celeste, tan imponente y distinta de la mujer que recordaba. No se atrevía a mirarla directamente. —¡Sabía que era obra de ese bastardo! —gruñó Henry, golpeando la mesa con el puño. Antes de que Celeste se casara con Caleb, Henry había sido el Director General de la compañía. Pero, tras la boda, él renunció a su cargo y se trasladó al departamento de ventas. Su experiencia era vasta: bastaba con revisar los informes anuales para saber cuándo algo no cuadraba. Desde el año pasado, Henry había notado irregularidades: un presupuesto cada vez más ajustado, préstamos bancarios sin justificación, gastos imposibles de rastrear. Todo apuntaba a una sola conclusión: Caleb y Nadia habían estado desviando dinero de la compañía en secreto.
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