Capítulo 5

1379 Words
Caleb golpeó la mesa con fuerza y se levantó de su asiento. —¡Henry Blackwell! Soy el director general de esta compañía, y estoy a cargo de todas las decisiones. ¡Por supuesto que tengo autoridad para despedirte! —rugió con arrogancia. La empresa había sido trasladada de Augeonille a Serenille, y con ella llegaron muchos de los antiguos empleados leales a Celeste Darrow. Pero Caleb no soportaba que esas personas siguieran hablando de ella; cada vez que escuchaba su nombre, sentía que lo trataban como a un hombre que había vivido a expensas de su esposa. No le importaba cuánto se había esforzado Celeste por construir esa compañía, ni el hecho de que ella fuera la verdadera fundadora y presidenta. Así que, bajo distintos pretextos, comenzó a despedir uno a uno a todos los veteranos que le eran fieles a Celeste. —¡Si tú no quieres llamar a la señorita Darrow, iré a buscarla yo mismo! —respondió Henry, furioso. Las venas se marcaron en las sienes de Caleb. —¡Guardias! —gritó, perdiendo la paciencia—. ¡Este hombre está despedido! ¡Sáquenlo de aquí ahora mismo! Dos guardias de seguridad se acercaron enseguida, sujetaron los brazos de Henry y comenzaron a arrastrarlo fuera de la sala sin piedad. Los dos únicos altos ejecutivos antiguos que aún permanecían en la empresa no pudieron contenerse más. Uno de ellos habló con tono de súplica: —Señor Moore, el director Blackwell ha trabajado incansablemente por esta compañía. Si lo despide, temo que muchos empleados no lo aceptarán bien. El otro añadió con firmeza: —Señor Moore, le ruego que muestre algo de respeto por quienes ayudaron a construir esta empresa. Caleb los fulminó con la mirada. —¿Tienen algún problema con mi decisión? —gruñó—. ¡Entonces ustedes dos también están despedidos! En realidad, Caleb deseaba deshacerse de todos los empleados leales a Celeste. Así se libraría de la molestia de tener que buscar excusas una y otra vez. Uno de los hombres golpeó la mesa, furioso. —¡Señor Moore, ha ido demasiado lejos! Nadia, que observaba la escena desde un rincón, no podía ocultar su satisfacción. —Si tanto aprecian al señor Blackwell —dijo con tono burlón—, pueden marcharse con él—. ¡Guardias! —ordenó con una sonrisa venenosa—. ¡Ellos también están despedidos! ¡Sáquenlos a todos! Los dos veteranos la miraron con desprecio. —¡Nadia Lorens! Tú solo estás a cargo del departamento de finanzas. ¿Qué derecho tienes a despedirnos? Antes de que Nadia pudiera responder, Caleb dio un paso adelante y la defendió con voz autoritaria: —¡Ella tiene todo el derecho! Sus palabras son mis palabras. Su mirada se volvió más dura. —Están todos despedidos. Y si no quieren que los eche a la fuerza, ¡salgan por su propio pie ahora mismo! Uno de los empleados dio un paso adelante, indignado. —¡Caleb! ¡Tú y esa mujer son una pareja despreciable! ¡Le contaré todo a la señorita Celeste! —¡Guardias! —vociferó Caleb —. ¡Échenlos a patadas! —¡No nos iremos! —gritó otro—. ¡No tienes derecho a despedirnos! Los guardias comenzaron a usar la fuerza para sacarlos, y pronto la sala de reuniones se convirtió en un caos. Los gritos, los golpes y los sonidos de las sillas cayendo llenaron el aire. De repente, la puerta se abrió de golpe. Una figura imponente apareció en el umbral, y el silencio cayó de inmediato. Todos los presentes se quedaron paralizados. Una voz fría y firme resonó en la habitación: —¿Quién se atreve a despedir a mi gente? El silencio fue absoluto. Incluso los empleados que observaban desde fuera se quedaron sin palabras. Siguiendo el origen de la voz, vieron entrar a una mujer alta, de figura elegante y perfectamente delineada, envuelta en una falda roja que resaltaba sus piernas largas y esbeltas. Su piel era tan blanca como la nieve, y la indiferencia en sus ojos la hacía parecer un ángel distante… hermosa, pero imposible de alcanzar. En sus labios rojos y perfectamente dibujados se podía leer con claridad una mezcla de burla y arrogancia. Caleb se quedó sin aliento al verla. Por un instante, se sintió completamente hipnotizado por aquella mujer deslumbrante que acababa de aparecer. …Nadia odiaba verlo así. Con su figura esbelta y su rostro delicado, Nadia era el tipo de mujer que despertaba en los hombres un instinto de protección. Además, era experta en maquillaje, y eso realzaba aún más sus rasgos. Podría decirse que su belleza estaba muy por encima del promedio. Sin embargo, comparada con la mujer que acababa de entrar, vestida con una falda roja, Nadia no era más que una flor blanca común al borde del camino, una que nadie se detendría a admirar. Mordiéndose los labios, Nadia reprimió sus celos y adoptó una postura arrogante. —Disculpe, señorita, ¿a quién busca? ¿Tiene una cita? —preguntó con tono altivo. La recién llegada la observó con una mezcla de burla y desdén. —¿Necesito una cita para entrar a mi propia empresa? —respondió fríamente. El rostro de Nadia se contrajo de ira al ver esa sonrisa provocadora. —¡Esta es la compañía del señor Moore! —gritó furiosa—. Me pregunto de dónde salió esta loca. Para Nadia, aquella mujer no podía ser otra cosa que una intrusa delirante. —¿La compañía del señor Moore? —repitió la desconocida, con una ceja arqueada—. Tenía entendido que esta empresa pertenecía a la familia Darrow. Dime, ¿cuándo exactamente pasó a ser propiedad del señor Moore? —¡Mujer ignorante! —bufó Nadia, ya sin paciencia. No tenía ganas de discutir, así que se volvió hacia los guardias de seguridad y gritó: —¡Guardias! ¡Buen trabajo el suyo! ¿Cómo pudieron dejar que esta mujer entrara en las instalaciones? ¿Y si vino a robar información confidencial? ¿Van a hacerse responsables ustedes? Los guardias se miraron entre sí, incómodos, y uno de ellos murmuró con voz temblorosa: —Señorita… ella dijo que era… la señorita Darrow. —¿Celeste Darrow? —repitió Nadia, incrédula—. ¿Quieres decir que esa loca de allá afirma ser la gorda y fea Celeste Darrow? Una risa burlona escapó de sus labios. —¿De verdad crees semejante tontería? ¡Debes estar ciego para tragarte una mentira tan ridícula! Los guardias no se atrevieron a responder. En realidad, tampoco creían que fuera posible, pero desde el momento en que aquella mujer había aparecido, su elegancia y belleza los habían dejado sin palabras, y simplemente… la habían dejado pasar. —¡Llamen a la policía ahora mismo! —gritó Nadia, fuera de sí—. ¡Quiero que arresten a esta impostora de inmediato! —Nadia, eso no será necesario. Déjala ir —dijo Caleb con nerviosismo, intentando evitar un escándalo. —¡No! —chilló Nadia, con voz aguda—. ¡Una estafadora como ella debe ser expulsada ahora mismo! ¡Guardias, atrápenla! —ordenó con furia. Los dos guardias dudaron un instante, pero finalmente se acercaron lentamente a Celeste. Cuando estuvieron a punto de tocarla con sus manos toscas… —¡Aaah! —gritaron los dos al unísono, mientras sus alaridos resonaban por toda la sala. Los presentes se quedaron petrificados. Las manos derechas de ambos guardias colgaban, fracturadas. El silencio fue absoluto, seguido de una oleada de incredulidad. Nadie esperaba que una mujer tan hermosa pudiera ser tan peligrosa. —Tú… ¿cómo te atreves a romperles las manos? —balbuceó Nadia, pálida por el miedo. Celeste la miró con frialdad y respondió con calma: —Les pago para que trabajen, no para que levanten la mano contra mí bajo las órdenes de otros. ¿Por qué habría de mantener a semejantes rufianes en mi compañía? Su voz era tranquila, pero cada palabra estaba impregnada de autoridad. Celeste había visto perfectamente lo ocurrido antes de su llegada: Esos mismos guardias habían atacado con violencia a Henry y a los empleados leales a ella, dejándolos con heridas visibles en el rostro. Se los haría pagar.
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