Capítulo 4

1485 Words
Will había pedido permiso especial para venir al hospital, pero ahora debía regresar a su trabajo. Cuando se marchó, la enfermera apretó los dientes con frustración. —¿Es eso un hombre de verdad? —pensó indignada—. Llegó a donde está gracias a su esposa, la engañó, la maldijo, ¡y ahora incluso quiere despedir al empleado más leal y quedarse con la empresa que ella fundó mientras sigue en coma! ¡Qué basura de persona! Pero regañar era lo único que podía hacer. Después de todo, solo era una enfermera común. Se dio la vuelta, dispuesta a salir de la habitación, cuando de pronto una voz suave y melódica sonó a sus espaldas: —Señorita… ¿podría traerme un vaso de agua? —preguntó una voz femenina, delicada pero firme. La enfermera se giró de inmediato y se quedó sin aliento al ver a Celeste despierta. La mujer sentada en la cama del hospital era sorprendentemente hermosa. Su piel era más clara que la porcelana, sus ojos oscuros brillaban con un fulgor profundo y vivo. El cabello n***o le caía en ondas hasta la cintura, brillante como una cascada de seda. Sus labios rojos y su nariz delicada completaban un rostro tan perfecto que resultaba hipnótico. La enfermera —que había visto a Celeste día tras día, pálida y dormida— quedó completamente paralizada ante su transformación. Celeste, mientras tanto, la observaba con serenidad. Había estado entrenando dentro del Reino DL cuando escuchó las palabras de Will, y esa sola noticia bastó para hacerla despertar. Esa empresa era el legado de su madre. Y no permitiría que Caleb y Nadia la destruyeran. Sus ojos se posaron en la placa de identificación de la enfermera. Amelia Hart, leyó mentalmente, y una leve sonrisa agradecida se dibujó en sus labios. Amelia tenía poco más de veinte años. Era menuda, de rostro dulce y ojos grandes y redondos, con un par de hoyuelos que aparecían cuando sonreía. Aunque frágil a la vista, era una joven amable, decidida y con un gran sentido de la justicia. Celeste recordaba —porque lo había oído incluso mientras estaba en coma— cómo Amelia había defendido su nombre y había insultado a Caleb por su crueldad. —Señorita… ¿podría traerme un vaso de agua, por favor? —repitió Celeste con una sonrisa gentil. Aunque se sentía liviana y fuerte en su interior, su cuerpo en el mundo real aún estaba algo rígido por tanto tiempo inmóvil. Amelia se sonrojó al ver la sonrisa de Celeste, y por un instante pareció olvidarse de lo que estaba pasando. —¿S-señora Moore … está despierta? —balbuceó. En cuanto lo dijo, se dio cuenta de lo obvio. Se palmó la frente y, apenada, soltó una risita nerviosa. —¡Ah! Lo siento, qué pregunta más tonta. Le traeré agua enseguida. Celeste sonrió con dulzura al ver su reacción. Amelia le pasó un vaso de agua y dijo con cariño: —Señora Moore, por favor, tome un poco. Celeste lo aceptó con calma y corrigió suavemente: —Llámame señorita Darrow … o simplemente Celeste. Mientras bebía, cada uno de sus movimientos era grácil, natural, lleno de elegancia. A los ojos de Amelia, Celeste no parecía humana, sino un hada que acababa de despertar de un largo sueño. La joven enfermera no pudo evitar mirarla con asombro, pero Celeste la sorprendió atrapando su mirada justo a tiempo. —S-señora Moore … no, señorita Darrow —tartamudeó Amelia —, voy a avisar al médico ahora mismo. Sin esperar respuesta, salió apresurada del cuarto. Minutos después, el médico asistente de Celeste y otros especialistas entraron corriendo. Todos quedaron estupefactos al verla. —La marca de nacimiento en mi rostro y mi obesidad se debían a un veneno muy raro —explicó Celeste con serenidad—. Encontré el antídoto antes de perder el conocimiento. Por eso mi cuerpo cambió tan repentinamente. Los médicos, sorprendidos, intercambiaron miradas llenas de curiosidad. Algunos profesores de medicina incluso comenzaron a hacerle preguntas sobre el tipo de veneno y el antídoto que había utilizado. —Lo siento —dijo Celeste con una leve sonrisa—, no conozco los detalles exactos. Y les ruego que mantengan esto en secreto. No quiero convertirme en objeto de estudio médico. Los médicos, aunque algo decepcionados por no obtener más información, decidieron respetar los deseos de Celeste. Después de realizarle una serie de pruebas exhaustivas, confirmaron que su cuerpo estaba completamente sano y que podía recibir el alta médica en cualquier momento. Tras informarle, todos se retiraron de la habitación. Sin embargo, Amelia no se fue de inmediato. Quería quedarse un poco más… en el fondo, deseaba recordarle a Celeste que Caleb no era más que un miserable traidor. —¡Un hombre así no merece a un hada tan hermosa! —pensó Amelia, conteniendo la rabia. Entonces, con paciencia, le contó en detalle a Celeste todo lo que había sucedido después de que ella se desmayara. —Ya veo… Señorita Amelia, muchas gracias —respondió Celeste con una leve sonrisa. Pero, apenas terminó de hablar, una frialdad intensa apareció en sus ojos. —Y no es necesario que nadie sepa que he despertado. Amelia asintió enseguida, encantada de ser de ayuda. —Muy bien, señorita Darrow. ¿Le gustaría que la acompañe a dar un paseo? —Claro —aceptó Celeste. También pensaba que debía acostumbrarse pronto a su nuevo cuerpo. Amelia le ofreció la mano para ayudarla a levantarse, pero en el momento en que Celeste tomó su muñeca, su expresión cambió ligeramente. Las habilidades médicas adquiridas en el Reino DL le permitieron detectar de inmediato algo anormal. —Señorita Amelia —dijo con calma—, por favor, hágase un chequeo médico lo antes posible. Creo que hay algo que no está bien en sus pulmones. Celeste pensó que Amelia era una persona sencilla y directa, por lo que decidió advertirle sin rodeos. Amelia se quedó un instante sorprendida. —¿Qué quiere decir, señorita Darrow? —preguntó, algo confundida. —He aprendido medicina —explicó Celeste con voz tranquila—, y puedo sentir que hay algo en su cuerpo que no está funcionando correctamente. Amelia sonrió dulcemente; los hoyuelos en sus mejillas se hicieron visibles. —Gracias, señorita Darrow. Iré a revisarme cuando tenga tiempo —respondió con amabilidad. Sin embargo, no se tomó las palabras demasiado en serio. Después de todo, la semana anterior le habían hecho un chequeo completo y los resultados habían salido perfectos. ——— A la tarde siguiente, en el edificio de la Compañía Farmacéutica Darrow, la tensión estalló en la sala de juntas. —Señor Moore, ¿qué se supone que significa esto? —exclamó un hombre de unos cincuenta años, mirando fijamente a Caleb Moore con furia en los ojos. Era Henry Blackwell, el veterano director del departamento de ventas. —¿No lo he dejado claro, señor Blackwell? —respondió con sarcasmo la directora financiera, Nadia Lorens, cruzándose de brazos—. ¡Está despedido! —Señorita Lorens, yo estaba hablando con el señor Moore. Le agradecería que no interviniera —replicó Henry con tono firme y cortante. En apariencia, Nadia se presentaba como la mejor amiga de Celeste, pero dentro de la empresa era bien sabido que coqueteaba con Caleb a espaldas de su esposa. Por eso Henry nunca la había soportado. El rostro de Nadia se tornó rojo de ira. Casi todos en la compañía le mostraban respeto, pero Henry era la excepción. Amparado en sus años de experiencia, nunca dudaba en confrontarla. Ver a Nadia siendo reprendida delante de todos solo hizo que Caleb se enfureciera más. —¡Henry Blackwell! —rugió—. El rendimiento del equipo de ventas que diriges ha sido pésimo durante los últimos seis meses. No necesitamos a un inútil como tú en nuestra empresa. ¡Estás despedido! Henry se levantó de golpe, con los puños apretados. —Señor Moore, primero, usted se negó a ampliar nuestro equipo. Segundo, no nos permitió desarrollar nuevos canales de venta. Tercero, bloqueó todo presupuesto para la promoción de productos. Y cuarto, prohibió que lanzáramos el nuevo medicamento al mercado. Respiró hondo, la voz cargada de indignación. —Y, aun así, ¡exige que tripliquemos las cifras originales! Dígame, ¿hay alguien capaz de cumplir con un requisito así? —¡Eso es porque eres incompetente! —replicó Caleb con frialdad—. Te lo advertí hace mucho: si no mejorabas, te echaría. —¡Quiero ver a la señorita Darrow! —gritó Henry, golpeando la mesa—. ¡Esta es su compañía, no la suya! ¡Usted no tiene derecho a despedirme! Las palabras resonaron con fuerza en la sala, y todos los presentes contuvieron el aliento. Era evidente para todos que Caleb Moore buscaba deshacerse de Henry solo para poder controlar completamente la empresa que alguna vez perteneció a Celeste.
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