—Insiste en que es estéril —respondió Estrella a la pregunta de su madre de cómo le había ido hablando con Leobardo Alarcón—, incluso me preguntó si mi hijo es de Benjamín, ¿puedes creer tal descaro?
—No lo sé —respondió la madre de una joven que, como si fuera una leona enjaulada, iba y venía en un espacio de, si acaso, dos metros de largo—, yo no lo conozco mucho, ¿tú se lo crees?
—¡No lo engañé, mamá! —explicó la rubia casi molesta, pues su madre no parecía estar enojada aun cuando le explicaba que Leobardo le había acusado de ser infiel.
—Sé que no lo hiciste —aseguró la mayor—, te conozco bien, amor, solo digo que tal vez él cree en serio que no puede tener hijos, pero el cuerpo humano es tan impredecible y maravilloso que pudo haber cambiado sin que él se diera cuenta.
—¿De qué estás hablando? —preguntó la rubia, caminando hasta su madre y tomando asiento a su lado—. ¿Qué tiene que ver el maravilloso cuerpo humano con lo que pasa conmigo y con Leobardo?
—Bueno —habló Rebecca—, yo sé que el cuerpo se regenera. ¿Te acuerdas de mi amiga Blanca? Ella se hizo una oclusión tubaria bilateral, creo que se llama así, que le cortan las trompas y se las ligan para que no pasen ni los óvulos a la matriz ni los espermas a los ovarios, porque dijo que jamás sería mamá, y como siete años después quedó embarazada porque la trompa se reconectó sola.
—¿Eso en serio se puede? —preguntó Estrella, con la expresión de confusión decorándole nuevamente el rostro. Últimamente, parecía que confusión era lo que más experimentaba.
—Pues algo pasó con ella que se pudo —declaró Rebecca, que había sido el paño de lágrimas de esa mujer que, por su edad madura y problemas de salud, no había logrado tener al bebé, solo quedó en un susto y el corazón medio roto—, además, también creo haber leído sobre casos en que la vasectomía no funcionaba por esa reconexión misteriosa. Puede que algo así pasara con Leobardo y no se diera cuenta.
—Eso suena demasiado increíble para ser real —resopló Estrella, dejándose caer por completo en el respaldo del sillón, quedando muy mal sentada pues, cuando se acercó a su madre, que quedó en la orilla del sofá, por eso se levantó casi de inmediato al sentir la presión en su estómago por la postura en que quedó—… pero, de ser así, debería de saberlo, ¿no?
—Blanca no lo supo hasta que lo experimentó y eso le explicó el médico —informó la buena madre de esa joven—, no digo que sea su caso, digo que podría haber pasado y que él no lo sabe, por eso piensa que le fuiste infiel.
La rubia no dijo más, solo respiró profundo, hizo mala cara porque no soportaba demasiado ese aromatizante de manzana canela que su madre adoraba y tenía por toda la casa, y se fue a recostar, a sabiendas de que no dormiría, pues seguramente se pasaría toda la noche leyendo artículos y noticias que respaldaran la teoría de su madre aun cuando ni siquiera sabía bien por qué quería justificar al idiota de su amado.
—Es porque lo amo —se respondió a sí misma algo que ni siquiera se había preguntado, pero la verdad salió sola a la luz en cuanto pensó en por qué se esforzaba tanto en algo que ni siquiera debía intentar hacer.
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—¡Cuatro días! —exclamó Rubén Sandoval, joven médico y mejor amigo de Leobardo Alarcón—, tienes cuatro días sin ir a trabajar, sin tomar el teléfono y, al parecer, sin bañarte. ¿Al menos comiste algo o solo has estado bebiendo? ¿Qué intentas, Leo? ¿Acaso quieres morir de una congestión alcohólica?
Leobardo ni siquiera respondió, él solo vio como su mejor amigo le quitaba la botella vacía de la mano y luego cerró los ojos mientras con dificultad intentaba ponerse de pie, sin lograrlo, por eso terminó cuatro puntos al piso, devolviendo el estómago.
» ¿Qué mierda te pasó? —preguntó un azabache de ojos azules, ayudando a su amigo a ponerse en pie—. Por favor, dime qué es lo que está pasando contigo.
—Estrella está embarazada —respondió el hombre que era arrastrado por su mejor amigo hasta un sofá, pues había estado bebiendo en el piso, recargado en la cama a la que no logró subir luego de bajar por una nueva botella de alcohol—, ella tendrá un bebé.
—¿Y no querías tener hijos o por qué tanto drama? —cuestionó Rubén, comenzando a empujar con el pie los cristales rotos de algunas botellas—. La interrupción del embarazo lo arregla, a menos que ella no quiera interrumpirlo… ¿Por eso estás así?
—Sabes bien que no puedo tener hijos —declaró Leobardo comenzando a llorar, no sabía si de tristeza o por culpa del alcohol.
—¿Te lo prohibió tu familia a cambio de recibir herencia? —cuestionó el médico y el otro le miró mal.
—¿No recuerdas mi accidente? —preguntó Leobardo comenzando a sentir cómo su estómago ardía de nuevo, precediendo una nueva devolución de alcohol con jugos gástricos—, él dijo que no podría tener hijos ni con un milagro.
—No —respondió el médico con el ceño fruncido—, él dijo que sería casi un milagro, pero eso fue hace muchos años, el tiempo pasa y la ciencia ha avanzado a pasos agigantados. No creo yo que en este tiempo tengas muchos problemas para tener un bebé.
Las palabras de su mejor amigo hicieron más que revolver aún más su estómago, le revolvieron la cabeza y hasta la borrachera le bajaron, aun así, sentía que no había manera, por eso se aventuró a preguntar muchas cosas más pues, definitivamente, necesitaba estar seguro de cómo eran las cosas en realidad.
—Eso mediante procedimientos médicos, ¿no? —cuestionó Leobardo, sintiendo el corazón en la garganta, tenía mucho más que un mal presentimiento—. De manera normal no se podría, ¿o sí?
—Si existieron las condiciones adecuadas, claro que podría ser de manera natural. Si ella no tiene problemas de fertilidad, si lo hicieron mucho sin protección, por supuesto que podría pasar sin la intervención médica, ¿por qué tanta pregunta? —cuestionó el médico y, tras interpretar la preocupación de su amigo se hizo una idea de lo que había pasado entre Estrella y él, por eso hizo una pregunta más—: ¿Qué le dijiste a la Estrellita Marinera?
Leobardo frunció de nuevo el ceño, él odiaba como nada que ese joven le llamara a la chica que amaba con un apodo tan curioso, porque para él los apodos significaban dos cosas: un profundo cariño o un total desprecio, y no quería que su amigo sintiera ninguno de los dos por el amor de su vida.
—Le dije que no era mío—informó Leobardo sintiendo de nuevo asco, pero esta vez no por el alcohol, sino por su enorme error—, incluso le pregunté si el padre de sus bebés, porque dijo que eran dos, era el tío de las niñas que casi adoptó.
Los ojos de Rubén se abrieron enormes, eso era tan sorprendente que ni siquiera sabía qué podía o qué debía decir, así que solo respiró profundo, terminando por sentir asco de lo mal que olía ese lugar.
—Bueno —habló el médico—, primero comprobemos mi teoría o la tuya, luego de estar seguros te quiebras la cabeza intentando recuperarla porque la Estrellita Marinera debe estar demasiado molesta por tu insinuación, ¿o no?
Leobardo asintió, informando a ese hombre que incluso le pidió que la buscara nunca más.