CAPÍTULO 49

1500 Words
—Yo —titubeó Leobardo al pie de la puerta de la fortaleza Bianco, donde ambos estaban invitados a cenar—, ¿te molesta si voy a hablar con mi madre justo ahora? Estrella lo pensó un poco, no es que le molestara comer sola con su familia, pero justo en ese momento las cosas estaban verdaderamente incómodas luego de que ella se portara como una tonta y le rompiera la nariz a Chase esa mañana; además, ella no les había respondido el teléfono en todo el día, así que, además de enojados, debían estar un poco preocupados, y no sabía si quería enfrentarse sola a eso. Sin embargo, a pesar de que las cosas podían ponerse un poco tensas antes de la cena, lo seguro era que su familia no la molestaría demasiado, y también era seguro que ese hombre necesitaba disculparse con su madre e intentar arreglar un poco las cosas. Y no, no es que ella quisiera llevársela de maravilla con su suegra, pero no quería ser la “culpable” de que su esposo, porque eso es lo que ese hombre terminaría siendo si las cosas le salían tan bien como solían salirle, tuviera una mala relación con su madre o con su hermana, que era el par de parientes con quien ella había tenido el altercado. —No me molesta —aseguró la rubia, sonriendo compasiva—, pero espero que la próxima vez que me prometas algo lo cumplas, porque quedaste de cenar conmigo, y ahora me dejas sola con los que me quieren regañar, seguramente. Y, aunque Estrella hizo un puchero, al verla terminar su frase con una sonrisa, el joven futuro padre supo que ella estaba jugando con él, así que simplemente besó la cabeza de su amada y devolvió los pasos a su auto. Hablar con su madre era algo que necesitaba hacer, porque luego de pensarlo bien se dio cuenta de que quien la había regado, y gacho, era él. Estrella, por su parte, tomó tanto aire como sus pulmones pudieron tomar, y lo soltó lentamente para no perder la calma, porque, aunque aún no se quería disculpar, en su cabeza estaba claro que ella lo había hecho mal, la prueba era que ella estaba ilesa y que su hermano tenía la nariz rota por el bolsazo que le dio. —¿No vas a entrar? —cuestionó Chase, abriendo la puerta sin avisar, sobresaltando a una rubia que solo atinó a detener su mano, pues, inconscientemente, al sentirse desconcertada, se sintió también en peligro y quiso defenderse de alguien que no la atacaba, en realidad—. ¿Me vas a volver a pegar? ¿Ahora qué me quieres romper? —La cabeza —respondió la rubia tras tomar de nuevo aire y de nuevo soltarlo lento—, ¿por qué abriste la puerta? Ni siquiera la he tocado. —¿Por qué tocarías? —preguntó Alessandro, asomando la cabeza a la puerta también—. Sabes bien que esta es tu casa, aun si le rompes todos los huesos a este zonzo. ¿Por qué no dejas de molestar a tu hermana? —Yo no la quería molestar —aseguró el rubio, cuyo rostro amoratado se contraía un poco más por lo doloroso que resultaba hablar con semejante herida—, solo la vi llegar y, como no entraba, y como vi el auto de Leobardo alejarse, pensé que se había ido otra vez, y quería asomarme nada más. —Pues me asustaste —declaró la rubia, comenzando a adentrarse en la casa que, según su padre, y su feliz corazón, sería de ella para siempre—. Y por eso te iba a pegar, no porque en realidad quisiera romperte algo más. ¿Cómo estás? —Adolorido —respondió el cuestionado, caminando detrás de su hermana y de su padre, que caminaban medio abrazados—, pero bien. ¿Cómo estás tú? ¿Te volvió a dejar Leobardo? —¿En serio no le puedo romper la cabeza? —preguntó la joven, haciendo uno de esos pucheros que lograban que su padre fulminara con la mirada al menor de sus hijos. —Solo pórtense bien —pidió el mayor tras suspirar—, tu madre no necesita que la hagan enojar, suficiente tiene con que no le respondiste ningún mensaje o llamada, incluso Leobardo no le respondió, y eso la tiene rara. —¿Rara molesta o rara triste? —cuestionó Estrella, que, sentía, necesitaba informarse bien para preparar su curso de acción. —Solo rara —aseguró el padre de ese par de rubios que, a pesar de las riñas constantes, se amaban con todo su corazón, tal como los amaba él y como los amaba su madre; entonces sonrió con burla, molestando un poco a su hija mayor, que notó en esa sonrisa la intención de molestarla de su padre. Y, aun sin saber cómo debía actuar, la rubia entró a la cocina donde su madre terminaba de apagar la estufa donde había cocinado algo que olía en serio bien, y que ansiaba poder comer. —¿Y tu queja por el olor de la comida? —preguntó Rebecca, abriendo los brazos para su amada bebé—. Siempre te quejas de que algo huele mal. —Hoy todo huele bien —aseguró la rubia y se abrazó al cuerpo de la mujer que más amaba en la vida, y a la que amaría para siempre también. ** —¿Qué huele tan mal? —preguntó Leobardo, sin lograr entrar al comedor donde su familia terminaba de cenar; y, tras recibir la desaprobadora mirada de su hermana, recordó que la intención de ir a esa casa no era discutir más, sino disculparse por haber actuado como lo hizo, y debía empezar con lo “fácil”, su mamá—. ¿Podemos hablar en el jardín, por favor? Eloise, que tampoco quería seguir discutiendo, y mucho menos quería tener que detener una pelea entre sus dos hijos, aceptó salir al jardín pues, además, su hijo menor parecía estar a punto de desmayarse si no tomaba un poco de aire fresco justo en ese momento. » Sabes, mamá —comenzó a hablar el joven en cuanto ambos tomaron asiento en una de esas bancas en el enorme y precioso jardín de su madre—, no te dije nada porque pensé que mis cosas eran cosas que yo debía resolver, y luego estaba tan feliz de haber logrado que ella me perdonara que solo quise traerla y compartir mi felicidad con ustedes, pero todo se puso feo porque soy idiota. —Leo —interrumpió Eloise a su hijo, que hablaba rápido y emocionado de cosas que ella seguía sin comprender, y se lo dijo—, hijo, no entiendo nada de lo que hablas. ¿Quieres ser más explícito y hablar con calma, por favor? El mencionado respiró profundo, entonces comenzó hablando de todo sobre la mujer que amaba, de cómo ellos habían decidido hacer una familia solos, porque ella no deseaba tener hijos propios, y de cómo, sin saber que no era infértil, como siempre creyó, terminó embarazándola, acusándola de infiel y dejándola atrás. » ¿Cómo que no eres… —preguntó Eloise lo que más le costaba creer, porque siempre supo lo que supo su hijo—? —No lo soy —respondió el hombre—. Rubén me explicó que la posibilidad era casi nula, pero que, en condiciones adecuadas, como la fertilidad de mi pareja, la compatibilidad de genes o no sé qué, o con algún tratamiento médico podríamos lograrlo, y ella es mi destino, madre, de otra forma no hubiéramos logrado lo que yo creí imposible siempre. —Entonces, lo de que te perdonara y aceptara era porque la trataste primero tú como la tratamos Ethel y yo, ¿verdad? —cuestionó la madre de ese chico cuyo rostro se iluminaba al hablar de la mujer de su destino. —Sí —confesó Leobardo Alarcón—, y me costó en serio que ella me permitiera estar a su lado, porque la herí mucho al desconfiar, pero ahora estamos juntos, y va a ser para siempre, por eso quiero que las cosas no sean tan malas entre ustedes, porque, aunque ella dijo que debía disculparme con ustedes por haber actuado tan imprudentemente, la verdad es que no es de las que perdonan tan fácil. —Pero eres tú quien se equivocó —recalcó la mayor, burlona—, así que la culpa es tuya, y en eso me apoyaré cuando me disculpe con ella. Leobardo sonrió, emocionado, su madre parecía ya no odiar a su amada, así que al parecer las cosas se podrían arreglar entre ellas; ahora solo había una cosa por resolver, y era una que seguro le daría dolor de cabeza no solo a él, porque Ethel tenía un carácter amargado y amargoso, y no sabía si sus hormonas de embarazo lo podrían soportar.
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