—¡Son preciosas! —señaló la rubia, sacando la pequeña pulsera de la caja que tenía el moño mal acomodado, esto debido a que Leobardo no lo supo hacer perfecto, tal como estaba el de la otra cajita—. Ahora siento pena de que desinvitaras a tu mamá.
—Yo también sentí pena —declaró el futuro padre, viendo como el iluminado rostro de su amada sonreía al revisar detenidamente la pulserita entre sus dedos—. Pero Ethel es otra cosa, así que definitivamente fue lo mejor, aunque nos incomode.
La rubia asintió. Ella se podía imaginar fácilmente a la hermana del padre de sus hijas haciendo comentarios mordaces que seguramente incomodarían a muchos, incluyéndola a ella, y no quería eso para la primera celebración oficial de sus hijas.
—De todas formas —habló la rubia, devolviendo la pulserita a la cajita para atarla tan hermosamente como estaba la otra—, dile a tu mamá que muchas gracias. A mí me encantaron, así que definitivamente saldrán del hospital usándolas. ¿Dónde deberíamos mandarlas grabar?
—Supongo que en la joyería donde las compró sabrán hacerlo —respondió Leobardo—, y como ella solo compra en una joyería, sé justo a donde ir. ¿Qué les vas a grabar?
—Sus nombres —informó la joven, sonriendo hermosamente al ver ambas cajitas frente a ella.
—Hablando de nombres —dijo el hombre, abrazando a su amada por la espalda—, no hemos hablado de eso. ¿Por qué?
—Pues porque no necesito tu opinión —explicó Estrella Bianco abrazando los brazos de su amado—, esos nombres están en mi cabeza y corazón desde que supe que estaban conmigo, y no tienes derecho a réplica, aunque no te gusten.
Leobardo no replicó, y no poque se sintiera sin derecho a hacerlo; sino porque, definitivamente, esa tarea era algo que intentó varias veces comenzar y no logró nada ni siquiera porque leyó cerca de setecientos nombres para niñas en internet.
—Está bien —concedió él—. No opinaré, pero, por lo menos, tengo derecho a la información, ¿no? ¿Puedo saber los nombres de nuestras hijas?
—Alexa y Leia —informó la orgullosa futura madre—. Alexa por mi papá, y Leia porque es una variante de Leya, un nombre de origen hindú y significa "león", que suena como el nombre de su papá: Leo.
El que escuchaba no supo qué decir, pues, quitando el hecho de que le encantaba y alagaba que una de esas princesas llevara su nombre, amaba que ella hubiera pensado desde siempre en incluirlo en la vida de sus bebés.
—Son hermosos —aseguró el hombre, besando la cabeza de su amada mientras se sentía, de nuevo, el hombre más feliz del universo—, hermosos y perfectos, así que gracias por elegirlos.
Estrella sonrió emocionada, ella también se sentía la mujer más feliz del universo justo en ese momento.
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La mañana había sido ocupada a pesar de que Rebecca se aseguró de tener suficiente personal para no tener que ocuparse de demasiadas cosas; sin embargo, tanto Estrella como ella sentían que, si no supervisaban todo ellas mismas, algo podría salir mal; y aun así lo único que no estaba bien era lo cansadas que estaban ambas justo antes de iniciar con el festejo.
—Creo que van a tener que festejar sin nosotras —dijo Estrella, sentada en la cama, envuelta en una bata de baño y con la toalla amarrada en la cabeza—. Quiero ponerme el pijama y dormir dos o tres días.
Leobardo sonrió, esa queja era una que él decía constantemente pues, a pesar de que Estrella continuaba cansada por todo el peso extra en su delgado cuerpo, era a él a quien le aquejaban fuertemente los achaques del embarazo.
—Solo serán cuatro o cinco felices horas —aseguró el hombre, besando la frente de su amada—, así que esfuérzate un poquito, porque todos tienen que ver lo bellas que son ustedes tres juntas.
La rubia sonrió con cansancio. Es decir, estaba en serio agotada y ni siquiera le creía a ese hombre que se viera ni un poco bella. Porque, sí, ella que siempre fue bonita, ahora con tanto kilo de más, con una figura diferente y la expresión de agotamiento que siempre cargaba, tenía plena conciencia que se veía todo menos bella.
» Además —continuó hablando el hombre, acariciando las mejillas de su amada—. Te tengo una sorpresota que no te puedes perder.
La rubia no dijo nada, a ella no le encantaban las sorpresas precisamente, pero lo cierto era que necesitaba motivación para asistir a esa fiesta que ella misma ayudó a organizar, y ahora sabía que todo de parte de su esposo era algo bueno para ella.
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—¿Esa es mi sorpresa? —cuestionó la rubia con mala cara al ver llegar a la hermana de Leobardo acompañada de un hombre mayo que se veía justamente como el hombre que amaba, pero muchos años mayor—. Déjame decirte que no me encanta.
Leobardo, que desde que vio a su padre y a su hermana aparecer en el jardín había dejado de respirar, resopló y movió la cabeza en negativas, porque, según el acuerdo al que llegó con su madre, nadie de su familia debería estar en ese lugar.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Leobardo, llegando hasta su hermana—. Les dije que no estaban invitadas ya.
—A mí no me retiraste la invitación —declaró el hombre con una voz firme y casi seca—, y decidí invitar a tu hermana a acompañarme; después de todo, seguimos siendo familia, ¿no?
—Ni siquiera pensé que querrías venir —explicó el menor de los Alarcón presentes en esa incómoda conversación—, por eso no pensé que necesitara retirarte la invitación; es más, creo que no viniste por voluntad propia, vienes porque esta bruja necesitaba venir a arruinarnos la fiesta.
—Yo no dije que no vendría —recordó Ethel a su hermano, quien, con semejantes palabras sintió la cabeza comenzar a doler—, así que ahórrate tu regaño, porque no lo merezco.
—Ethel —comenzó a hablar Leobardo, pero el grito de dos pequeñas hizo que todo el mundo mirara a la entrada del jardín, donde un par de bellas rubias corrían tras gritar emocionadas por ver a una rubia embarazada que sonreía hermosamente luego de escuchar el grito de ese par.
—¡Mamá! —gritaron Beca y Beta mientras corrían a los brazos de una mujer que, ni bien las escuchó y las vio correr hacia ella, se arrodilló para poder recibirlas con un enorme y ansioso abrazo.
—Hola mis amores hermosas —dijo Estrella, con la voz suave y un poco ahogada, porque por la emoción que sentía estaba a punto de llorar—, ¿cómo están? Las extrañé muchísimo… Me moría de ganas de verlas otra vez.
—También te queríamos ver —respondió Beca, tomando entre sus manos el rostro de una que amaba como a su mamá de verdad.
—Y a las bebés —añadió Beta—, por eso cuando el tío Leo nos envió los boletos y la invitación, le suplicamos al tío Benjamín que nos dejara venir…
—Y aquí estamos —explicaron a unísono las bellas rubias que Estrella amaba demasiado, tanto como a Leobardo, que la miraba con una sonrisa de entera satisfacción.
—¿Qué significa esto? —preguntó Ethel, que no lograba concebir que la futura esposa de su hermano fuera madre de un par de niñas tan grandes.
—Es una larga historia que no te quiero contar —respondió Leobardo, recordando que antes de deleitarse con la felicidad de su amada estaba lidiando con su no bienvenida familia—, así que, en serio vete. No voy a perdonarte si haces algo mal aquí.
—No vine a hacer nada malo —aseguró la hermana de Leobardo—, así que no estés fastidiando y déjame disfrutar de una fiesta que nunca tendré.
Leobardo iba a discutir, pero su padre lo detuvo del brazo y negó con la cabeza mientras ambos la veían ir hacia donde Estrella acariciaba el rostro de sus dos primeros amores en esa vida, amores que serían suyos para siempre.
—¡Felicidades por poder ser mamá! —exclamó Ethel sin poder contener ese tono de ironía que reflejaba su voz—, esto es para lo que yo nunca podré tener: bebés.
Estrella, que entendía la amargura de esa mujer porque conocía su situación, decidió que no se molestaría con ella; después de todo, tal como se lo señaló en su comentario, Ethel tenía muchas más opciones que no estaba considerando.
—Pues porque no quieres —dijo la embarazada poniéndose en pie con un poco de dificultad, volviendo a acariciar dos rostros que amaba demasiado—, porque yo, incluso sin estar embarazada, me convertí en mamá de este par.
—¿Qué? —preguntó Ethel, que desde el primer comentario de su cuñada sintió desconcierto.
—Se llama adopción, Ethel, y te convierte en mamá también —explicó la rubia, aceptando de la mano de su cuñada ese par de bolsas de regalo que ella llevaba—. Y, aunque pienses que no es lo mismo, yo sé que si lo es. Amo a este par de princesas tanto como a ese par de princesas. Son mis hijas, y por cualquiera de ella daría todo excepto la vida.
Ethel no dijo nada más, solo la vio sonreír a un par de niñas que sonreían extasiadas a la mujer que, tras tomarlas de la mano, caminó con ellas hasta donde el resto de los integrantes de la familia Bianco esperaban, también, emocionados a ese par de niñas.