Capitulo N°7

1461 Words
||Sombras de Metal y Carne|| «Ángel» La puerta de la habitación de Sía se abrió de golpe, rompiendo el silencio clínico. Por ella entraron los demonios: Akel, inexpresivo; Daniel y Deimel, con la mirada fija en el "brazo" de su hermana; y Akary, cuya intensidad parecía querer perforar mi cráneo. —¿Por qué siempre tenemos que encontrarte en cada rincón al que vamos? —escupió Akary, a la defensiva. —Lo mismo pregunto, pelinegro —respondí, sosteniéndole la mirada—. Ustedes no son mi objetivo, pero aparecen hasta en mis sueños... y no precisamente unos muy santos. Alessia nos observaba desde la camilla, analizando la corriente que fluía entre nosotros. Ella no era una víctima ingenua; era una Ricci, un ángel atrapado en un nido de víboras. Akel se acercó a la cama. Sus dedos rozaron la superficie de la prótesis que yo misma había diseñado. —Es nanotecnología —sentencié antes de que preguntaran—. Se llaman Nanait’s. Pequeños artefactos del tamaño de un grano de arena que responden solo a mi voluntad. No solo es una mano, Alessia; es una extensión de tu sistema nervioso. Para demostrarlo, deslicé una pequeña pegatina en mis pulgares. Con un movimiento sutil, los Nanait’s cobraron vida bajo la piel sintética de la prótesis, cambiando de forma, convirtiendo los dedos en esporas y luego volviendo a ser una mano perfecta. —¿Qué quieres a cambio, Ángel? —pregunta Akel, luego de un rato hablando, su voz tenía un matiz peligros Termino lo que estaba haciendo y los veo con burla Piensan que ayude a Alessia por un favor de ellos. Idiotas arrogantes —¿A cambio?— los con burla—Alessia es mi amiga por ella vine a este pueblo, no quiero nada a cambio por devolverle su felicidad, nos vemos luego Ricci salí de la habitación. Sabía que los Ricci me seguían los pasos. Al llegar al estacionamiento, me detuve en seco sin girarme. —¿Por qué? —soltó—. No le debes nada a nuestra familia. De la nada apareces, te vuelves el centro de la universidad, el entrenador te trata como a una vieja gloria... Estás en todas partes, Ángel. ¿Qué estás tramando? Me giré lentamente, cruzando los brazos sobre el pecho. Una sonrisa pequeña y letal bailó en mis labios. —Me mudé porque quería estudiar. Alexis es un viejo amigo del internado. El entrenador... bueno, él conoce mi pasado. Y Alessia es familia. Aquello que considero mío, lo protejo con todo lo que tengo —me acerqué un paso a él, bajando la voz—. Y si aparezco en todos lados, quizá sea porque ustedes no dejan de cruzarse en mi camino. —Dijiste que había otros motivos para estar aquí —intervino Akel, apareciendo de la nada como una sombra—. ¿Cuáles son? —Eso, Ricci, no es de su incumbencia —sentencié. Subí a mi camioneta y arranqué, dejándolos con el sabor amargo de la duda en la boca. Recogí a Kelly en la escuela. No venía sola. A su lado caminaban una pequeña rubia de ojos tristes, Franchesca French, y un niño castaño llamado Marco. Al verlos, el instinto me gritó que algo estaba mal. Kelly me preguntó si podían ir con nosotras, yo le dijo que debíamos avisar a los padres de ellos. La madre de Franchesca, una mujer cuya piel parecía sostenida por cirugías y falsedad, me entregó a su hija con una indiferencia que me revolvió el estómago. El padre de Marco, un hombre de acento irlandés y mirada lujuriosa, solo accedió a dejarlo ir cuando sus ojos me recorrieron completa. —¿Podemos ir atrás? —suplicaron los tres. —Claro. Pero no se muevan —les advertí con una sonrisa. Ayudé a los tres niños a subir al cajón de la Hilux y arranqué. A mitad de camino, una hilera de camionetas negras nos dio el alcance. Los Ricci. Akel se sentó en el capó de su auto, mientras los otros se distribuían alrededor como una jauría. —¿Qué haces por aquí, pelinegra? —preguntó Akary, con ese tono de superioridad que empezaba a cansarme. —Dios, es que los encuentro hasta en la sopa —mascullé bajando de la camioneta. Franchesca corrió hacia ellos. La niña era la hermana menor de las "coloridas". Kelly y Marco también bajaron. Kelly nos miraba con esa sonrisa tétrica que solo ella poseía cuando sus ataques estaban cerca. —Ya conozco a los ángeles —susurró Kelly, mirándolos fijamente—. Pero ustedes huelen a azufre. —Kelly Jennifer Keller —le advertí. Ella se encogió de hombros, pero no apartó la vista. «Deimel» Nos quedamos en el hospital, procesando lo imposible. El doctor Johnson estaba eufórico; decía que los Nanait's no solo eran una prótesis, sino que estaban reparando los tejidos de Alessia a una velocidad antinatural. Cortes y laceraciones que deberían haber dejado cicatrices perpetuas se cerraban ante nuestros ojos. —Díganle a su amiga que esto es revolucionario —dijo el doctor antes de salir—. Su padre querría conocerla. —Hay que llamar a papá —dijo Akel. Sabíamos que Paolo Ricci no aceptaría un milagro sin saber quién lo había obrado. Tras informarle a nuestro padre que llegaría al día siguiente, salimos hacia la universidad para encontrarnos con el resto de la manada. En el camino, una camioneta conocida iba delante de nosotros. En la parte trasera, tres niños reían: Franchesca French, un niño que no conocíamos y... Kelly, la hermana de Ángel. Tocamos la bocina y el vehículo se detuvo a un lado de la carretera. —¿Qué haces por aquí, pelinegra? —preguntó Akary viéndola. —Dios, es que me los encuentro hasta en la sopa —masitcó ella bajando de la camioneta Franchesca, la hermana de mad y Meli se bajo y vino a nosotros corriendo diciendo que iba a casa de la hermana de angel, nosotros nos vimos extrañados preguntándonos como la madre de la niña dió el permiso, si esa mujer solo se quiere a ella misma Kelly y un niño que Fran nos presento como marco también baja, pero la castaña tenía una sonrisa que noe ra propia de su corta edad —Ya conozco a los ángeles —susurró Kelly, mirándonos fijamente—. Pero ustedes huelen a azufre. Todas las miradas cayeron en ella de inmediato —Kelly Jennifer Keller —la voz fría y de advertencia de Angel llamo al nombre completo de su hermana que se encogió de hombros solamente Ángel se sentó en el borde de la maleta abierta de su camioneta. Se veía agotada, pero alerta. Kelly, su hermana, la miró con urgencia repentina. —¡Ángel! No compramos la comida de mascotas, ni los materiales para el cuarto especial... y mañana llegan Lobo y Koroleva —dijo la niña como si fuera una emergencia de vida o muerte. Ángel cerró los ojos y se dejó caer de espaldas sobre el metal de la camioneta, soltando una risotada incrédula que rayaba en la locura. Algo me decía que la llegada de "Lobo y Koroleva" no eran precisamente gatos o perritos. —Mándame paciencia, Señor porque si me das fuerza los entierro a todos... —murmuró en un italiano perfecto y fluido que nos hizo tensarnos a todos—. Bien, esto es lo que haremos: iremos al centro comercial, comeremos basura hasta que nos duela el alma, compraremos todo y luego a casa. —¡SÍ! —gritaron los tres niños al unísono. Ángel se incorporó, limpiándose el polvo de los pantalones. Su mirada café se volvió intensa, analítica, como si estuviera calculando el peso de nuestras almas. —¿Y ustedes qué? ¿Se quedan ahí como estatuas o vienen? —nos retó jugando con el piercing en su boca —Vamos —respondimos casi al unísono. Ángel se tensó. Noté cómo apretaba los puños y cómo su hermana, Kelly, le echaba una mirada de advertencia mientras tocaba su propio reloj. Hubo un segundo de estática, una comunicación silenciosa entre las hermanas Keller que no pudimos descifrar. —Merda... lo que me faltaba: ocho niñeras de lujo —susurró Ángel—. Hagan esto: vayan a cambiarse. Nos vemos en la entrada de mi propiedad en veinte minutos. —¿Y dónde es eso? —preguntó Gael. —Ya verán la señal —dijo ella, subiendo a la camioneta y arrancando con una destreza agresiva. Me subí a la camioneta sintiendo el peso de sus miradas en mi nuca. El tablero se estaba complicando. Las piezas se movían solas, y el festival del sábado se acercaba como una ejecución inminente. Mañana llegaba Paolo Ricci, y con él, el verdadero infierno.
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