Vladimir Petrov no creyó volver a sentir felicidad en su larga existencia. Hasta la noche que conoció a Elisabeth Morrison, entonces no la reconoció; pero hoy no tenía duda alguna que el hilo rojo del destino les unió desde hace más de dos siglos. Aspiro el olor que emanaba de ella. —¿Un hijo? —preguntó con voz cortada. Miles de emociones atravesaron su muerto corazón y sus lágrimas se derramaron por sus mejillas. Hasta ese preciso momento que llevó los dedos hacia su mejilla fue consciente de ellas. Creyó haber pedido esa capacidad junto a su humanidad. —Si, un hijo. Vladimir yo… —Lisa no tenía idea de lo que deseaba decir. Nunca se había planteado la posibilidad de dar a luz un hijo. Creyó que su vida sería únicamente alcanzar la cúspide del éxito a nivel laboral y personal. Hoy

