Cinco azotes

1139 Words
NISHA En cuanto entramos en casa, me encontré con un Sandro enfadado. Me miró con el ceño fruncido, los brazos cruzados sobre el pecho y una mueca de disgusto en el rostro. —Al sótano—, ordenó Sandro. —Ahora mismo. Tragué saliva y giré la cabeza para mirar nerviosa a Blake. Él apretó los labios y asintió con la cabeza. No estaba segura de si lo que sentía en el estómago era miedo o emoción. Bajé la cabeza y bajé en silencio al sótano. Volver al lugar donde Blake me había besado reavivó el fuego en mi interior. Había algo en esa habitación que despertaba en mí un deseo voraz que solo podía saciar el contacto de Blake y Sandro. Sabiendo lo mucho que a Sandro le gustaban las parejas obedientes, me arrodillé y esperé pacientemente con la cabeza gacha. No levanté la vista ni siquiera cuando oí el ligero sonido de sus pasos acercándose a mí y, finalmente, deteniéndose frente a mí. La emoción y el miedo que sentía se agitaban dentro de mí con cada momento que pasaba mientras esperaba sus instrucciones. Blake dijo que sería castigada por lo que había pasado esa noche. Ahora me doy cuenta de lo tonta que estaba siendo. Podría haber roto el contrato y arruinado mis posibilidades con todos ellos solo porque estoy privada de contacto físico. Pero, al mismo tiempo, me encanta provocar a Sandro. Y me encantará aún más cuando finalmente consiga que pierda el control. —Mírame—, exigió Sandro, con un tono de voz que denotaba puro dominio. Un escalofrío me recorrió la espalda mientras levantaba lentamente la cabeza. Él se inclinó y sus dedos fríos y venosos se curvaron bajo mi barbilla. Sus helados ojos azules me atravesaron con intensidad, con su expresión indescifrable como de costumbre. —Lo siento—, murmuré. —¿Te lo has f0llado? Negué con la cabeza. Sandro apretó más mi barbilla. —Usa tus palabras, Nisha. —No —respondí—. No me lo f0llé. Solo nos besamos. Nada más. Retiró la mano y la metió en el bolsillo de sus pantalones de chándal. Eran similares a los que llevaba Blake, excepto que eran negros en lugar de grises. Y, aparte del color diferente de los pantalones, Sandro llevaba una camiseta blanca, mientras que Blake iba sin camiseta. Me encantaba verlos con traje. Pero había algo muy atractivo en verlos con pantalones de chándal. Era tan diferente de su atuendo formal habitual, que me daba ganas de montármelos. —Quítate la ropa. Me puse de pie y empecé a quitarme la ropa lentamente. Sandro me observó hasta que me quedé en lencería roja, sin apartar los ojos de los míos. —Te quiero desnuda—, aclaró. Mordiéndose nerviosamente el interior de la mejilla, se apartó de mí mientras yo me ponía a quitarme el conjunto de lencería. Tras quitarme la última media roja y la última prenda que me quedaba puesta, la dejé caer en la pila que había creado delante de mí. Mi mirada se desvió. Observé con curiosidad cómo Sandro se detenía justo delante de su pared de fustas, látigos y azotes. Se quedó de pie con la mano en la barbilla, como si estuviera delante de un menú tratando de decidir qué quería pedir en un restaurante de comida rápida. Me pareció una eternidad mientras esperaba a que eligiera con qué artículo de cuero me castigaría. Y cuando finalmente tomó una decisión, sacó la fusta de la pared y se volvió hacia mí. Sus ojos recorrieron lentamente mi cuerpo, absorbiendo cada centímetro de piel expuesta. No podía controlar mi respiración, lo cual le resultó obvio, ya que el hombre se da cuenta de todo. Se acercó a la cama y se sentó en el borde. —Ven aquí. Avancé lentamente, empezando a sentir más excitación que miedo. Me inclinó sobre su rodilla y me colocó boca abajo, con el cul0 desnudo frente a él. —No has sido una buena chica, Nisha. Me estremecí al oír el tono grave de su voz y sentí cómo se me calentaba el cuerpo cuando noté cómo me acariciaba el trasero con la palma de la mano. —¿Vas a castigarme ahora? —Sí—, respondió. —Y tú serás una buena chica y lo aceptarás—. Pensé que me iba a dar unos azotes en el trasero, pero entonces dijo: —Abre las piernas. Separé las piernas y me estremecí cuando sentí la punta de la fusta rozar mi v4gina. Se me escapó un grito ahogado cuando me dio un ligero golpecito en mi sensible botón con la fusta. —No te muevas—, gruñó. Hice todo lo posible por quedarme quieta. —Te voy a dar cinco azotes en la v4gina. No me avisó la primera vez. Apreté las piernas con fuerza y se me escapó otro grito ahogado. La sensación era surrealista, el dolor punzante era abrumador. Lo que hacía difícil entender cómo algo que se suponía que era un castigo podía excitarme. —¡Cuenta!—, ladró. —Uno—, gemí sin aliento. La segunda vez que me golpeó con la fusta, me resistí. —Quédate quieta—, me ordenó, presionándome la espalda con la otra mano. —Dos—, logré decir. Mi cuerpo parecía estar en llamas. Cada vez que la fusta golpeaba mi v4gina, no podía evitar gemir y gritar. Me dolía tan bien. La presión comenzaba a aumentar y, al llegar al quinto golpe, estaba experimentando un orgasmo. —J0der—, gemí, retorciéndome incontrolablemente. Sandro frunció el ceño. —¿Te he dicho que te corras? —N-No. Me levantó de un tirón. Me mordí el labio, con las mejillas sonrojadas, incapaz de mirarle a los ojos. —Mírame—, gruñó. Levanté la mirada hacia él y me fijé en cómo se le oscurecían los ojos y apretaba con rabia la mandíbula. —Hasta tu v4gina me desafía. Parecía realmente enfadado por eso. Casi sonreí, pero logré reprimirlo. Sabía que no podía soportar el hecho de no poder controlarme. Y resulta que esta vez lo intenté de verdad. Intenté portarme bien con él, pero hay algo en mí que solo quiere ser mala. —Lo siento—, me disculpé, sabiendo muy bien que por dentro estaba sonriendo de oreja a oreja. Fruncí el ceño, confundida, cuando sus labios se curvaron en una sonrisa burlona. A pesar de que mi desobediencia lo enfurecía, una parte de él parecía disfrutarlo. Es como un desafío para él. —Me cabreas mucho, Nisha. Me burlé más fuerte de lo que quería y Sandro arqueó las cejas. Esperaba algún comentario frío y desagradable, como los que solía recibir. Pero en lugar de eso, dijo: —J0der. Me voy a divertir mucho destrozándote.
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