La última vez que supo de su abuela Adelle, estaba recorriendo el mundo en un crucero desde hacía meses. Según ella, lo había tomado por sugerencia de su médico de cabecera para olvidar los altos niveles de estrés y la horrible vida que había vivido junto a su esposo, quien en realidad fue un amor y se desvivió siempre por ella. —¿Qué haces aquí? —preguntó Livia, contrariada, pero avanzó sonriendo en su dirección. —Catalina, esta niña es tan maleducada como tú —respondió la anciana sin moverse de su sitio, negando con la cabeza y oscilando los ojos—. ¿Esa es la forma de saludar a tu abuela? —Lo siento —respondió ella, abochornada, pero sin detenerse. Siempre la hacía sentir así cuando actuaba por impulso, como si no hubiese crecido y continuara siendo la niña que cuidaba, mientras su

