Cambio de prioridades

1403 Words
Franco sonrió al notar cómo se encogía una mujer tan segura de sí misma como ella y por su propio desliz. Se acercó un poco más para sentir su aroma y quedó fascinado con él. Había estado observándola por horas y lo que le llamó la atención fue la rigidez que mostraba al notar que los hombres la miraban con deseo. No iba a mentirse a sí mismo. En ese momento, él ya formaba parte de ese grupo de machos que se preguntaban qué tipo de líneas les seguían a las pocas visibles en sus piernas torneadas. Y se había endurecido imaginando hasta dónde llegarían y lo que podía hacer con su lengua si seguía el camino. Su plan al inicio no era acercarse, mucho menos insinuarse. Él no actuaba así. Pero el instinto venció a su cabeza y allí estaba, atraído por esa piel clara que apenas se mostraba de sus hombros. Ella se alejó de su cercanía como si él quemara y eso lo hizo ensanchar la sonrisa. Le estaba dando armas muy útiles y quizá placenteras para hacerla caer. —Señorita Ávalos. Lo lamento. —Se colocó la mano derecha sobre el corazón y fingió sentirse apenado, pese a la sonrisa que no podía borrar—. Me confundí. Si hubiese sabido que era usted… —No hay problema. Llámame por mi nombre, no hay necesidad de tanta formalidad. —De acuerdo, Livia. ¡Vaya! —Se le quedó viendo a la mujer a su lado un poco más de lo necesario, porque la rubia era hermosa—. ¿Me presentas a tu amiga? —Por supuesto. Ella es Abril Duque. La reacción de felicidad de Livia fue inesperada, pero él aún no había terminado. —Franco Baumann, a tus pies. —Extendió su mano y se acercó a Abril, dándole la espalda a Livia en un claro movimiento que la ofendería y él disfrutaría con ello—. ¿Te han dicho que tienes un perfil agraciado? ¿Modelas o actúas? —Encantada. Abril se movió colocándose al lado de Livia, echando al piso sus planes de dejarla fuera, pero se sorprendió aún más cuando la rubia rodeó a la morena con un brazo sobre su hombro y agregó: —Le agradezco por la oportunidad que le han dado a Livia en su empresa. Es muy talentosa. —Eso espero —dijo después de asentir, como si darle empleo a esa mujer no tuviese la mínima importancia—. No me has respondido Livia ni siquiera lo miraba, ahora estaba enfocada en lo que sucedía entre una pareja que se dirigía con prisa a uno de los pasillos. En ese momento deseó volver al ataque con su galanteo, llamar su atención, que lo recordara de una vez. —¡Oh, sí! Lo siento. —La risita de Abril fue encantadora—. Estoy en una escuela de actuación, pero me atrae más el modelaje. Trabajo con Margot Spencer. —Entonces debes ser increíble. Ella solo contrata a los mejores. —Es dicen. Se vio obligado a halagar a esa arpía, aunque sintiera las bilis en la garganta. Ella tenía otro de los tantos apellidos que hundiría en el fango. Extrajo una tarjeta de presentación de su chaqueta y sacó una pluma de oro para anotar su número personal en el dorso. —Si quieres probar suerte en MB, llámame. Casi escupe su trago por la risa cuando vio el rostro de la chica iluminarse con emoción a punto de desbordarse, pero actuó como si nada. Ella tomó la tarjeta con la mano temblorosa, apretó con fuerza a Livia, pero esta se zafó de su agarre de inmediato y salió disparada hacia el lugar que estuvo mirando todo el tiempo con nerviosismo. —¿Qué le sucede a tu amiga? ¿No se alegra por ti? —preguntó queriendo saber un poco más sobre el lazo que las unía. —No, digo… Sí, claro que sí. Disculpa… —Abril lo dejó allí plantado y la vio seguir a la morena con determinación y sin mirar atrás. —Creo que llevas repelente de mujeres encima —comentó Elías por lo bajo, acercándose a él con una seriedad pasmosa. —No. Esto no es normal. Dejó a su amigo allí y se fue tras ellas. Vio que salían del pasillo hacia la entrada del edificio en una carrera frenética y aceleró el paso. En la acera, Livia discutía con un hombre y le impedía que se acercara a otra chica mientras lo empujaba con ira, pero la diferencia de estaturas era notoria. Aunque ella parecía controlar muy bien la situación y los pocos hombres que había alrededor solo se limitaban a reír por el espectáculo. Franco dudó entre intervenir o no. Abril se giró hacia todos lados con lágrimas en el rostro y el resto sucedió demasiado rápido. El hombre evadió con seguridad a la castaña y sujetó de la muñeca a la que lloraba, arrastrándola hacia un auto cercano. Livia intentó impedirlo, pero cuando lo sujetó de la camisa por la espalda, este se giró con furia y la tomó del cabello. Estaba a punto de golpearla y Franco corrió sin pensarlo. No supo con exactitud lo que ocurrió con él en ese momento, pero le bastó recordar todo lo que Andrea había sufrido en garras de su primer esposo y, eso fue suficiente para que se lanzara sobre el cobarde. Veía todo rojo y lo golpeó hasta que se cansó, aunque ese hombre no se había quedado con los brazos cruzados. Le rompió el labio en respuesta y estaba seguro de que tenía una herida sobre el pómulo cuando sintió que la zona palpitaba sin parar. Los miembros de seguridad lo alejaron del cuerpo inerte del sujeto, mientras Elías se ponía en cuclillas sobre él y dijo: —Todo está bien. El hijo de puta sigue respirando. —Le entregó unos billetes a los de seguridad y agregó—: Llamen una ambulancia y encárguense. —¿Estás bien? —Livia se acercó con la angustia marcada en el rostro. —¿Bien? Franco es un puto ninja —respondió Elías por él con una carcajada—. ¿Quieren divertirse? —¡¿Qué?! —exclamaron Abril y Livia a la vez mirándose una a la otra. —Yo sí —dijo con un jadeo a la que habían halado y vio con desprecio al desecho humano que intentaba incorporarse sobre el suelo. —Suban —dijo Elías al señalar la camioneta que ya lo esperaba y empujó a Franco para que los siguiera—. ¿Vamos con Toni? —le preguntó a él. —Hay que curar esas heridas. ¿Podemos detenernos en una farmacia? Livia miró a Elías con reproche cuando lo vio quitarle las llaves al conductor y subir al asiento del mismo antes de girar hacia él. Franco cerró los ojos para romper con la fuerza de su mirada y subió al asiento trasero. Sintió que el auto se movía entre el tráfico y luego escuchó a una de las chicas decir: —¿Hablan del local de Toni Moreno? Lo conozco. —Es un amigo. Allí podré asearme —dijo Franco sin abrir los ojos. No quería mirarla. De hecho, estaba furioso con ella, porque por su culpa se había peleado como un vándalo. Su tía Viviana lo vería herido en la junta y ahora tendría que soportar su estúpido discurso. El mismo de siempre sobre enfocarse en su venganza y organizar sus prioridades, en lugar de andar por allí, interviniendo por una damisela en apuros. Y no se refería a Livia. Abrió los ojos cuando escuchó la risa estudiada de Elías. Eso lo puso alerta. Él no debía obstruir sus planes por sus tonterías cursis del destino, aunque ahora hablaban demasiado bajo como para que los escuchara. Dos minutos después se detuvieron en la entrada del club y adivinó las intenciones de su amigo cuando le entregó las llaves al aparcacoches y se acercó a Livia para rodearle la cintura. Así que no le quedó más remedio que adelantarse y tomarla de la mano. —¿Me ayudas? —dijo sin esperar una respuesta de su parte y la guio por uno de los caminos hacia el fondo del estacionamiento sin voltear atrás, ignorando la risa histérica de Elías. Cerró los ojos un segundo y exhaló. Se lo haría pagar. Después.
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