Jefe

1464 Words
Caminaron en silencio y él usó el juego de llaves que le correspondía como socio. Cruzaron un pasillo a oscuras rodeado por varios cubículos, y a unos metros se veía la luz de una de las oficinas. El sonido de la música se escuchaba amortiguado, pero al hacerla pasar y cerrar la puerta, los envolvió el silencio. Se movió directo hacia otra de las puertas dentro de la oficina y atravesó el umbral. Era una especie de habitación, utilizada cuando cualquiera de ellos necesitaba un espacio urgente con alguna mujer. Él no lo empleaba tanto como Toni o Elías, pero lo había hecho unas cuantas veces. —Ven aquí —la llamó. Franco no supo por qué la llevó allí en realidad, no lo tenía planeado. Él podía curarse solo. Pero el verla junto a Elías… Encendió la lámpara de pie, con tenue luz amarilla que daba la cantidad de claridad necesaria para que ella pudiera ver lo que hacía y se sobresaltó cuando se dio cuenta de que lo observaba apoyada en el marco, llevando ya en sus manos el botiquín que mantenían en el baño. Él se quitó la chaqueta y se desabotonó la camisa que ahora tenía manchas de sangre encima. Livia no perdía detalle de sus movimientos. —Toma asiento —dijo ella señalando la austera habitación. Él solo se giró sobre la cómoda, pero Livia negó. —Eres muy alto, no alcanzaré la herida. A la cama… Él alzó la ceja, divertido y ella se ruborizó, lo que le causó más gracia todavía. Antes de obedecerla, se sirvió un vaso con whisky y se lo bebió de un trago. Estaba actuando como un imbécil novato, lo sabía muy bien. Sin embargo, su curiosidad por el tatuaje, aunada a los tragos que llevaba encima y esa mirada de fiera agazapada de esa mujer, le estaban fundiendo la cabeza y sobrecalentando otras partes del cuerpo que no quería ni mirar en ese momento. —¿Sabes lo que haces? —dijo sentándose a la orilla de la cama como le pidió. Tragó con fuerza cuando abrió las piernas y Livia se colocó entre ellas para tener un mejor acceso a su rostro. —Siempre sé lo que hago. Franco no estaba seguro, pero casi pudo jurar que el tono que ella usó era como una invitación a jugar y él quería hacerlo, mucho. Livia le colocó un algodón con alcohol que lo hizo gruñir y cerrar los ojos. Sin embargo, al abrirlos de nuevo, tuvo que aguantar la respiración cuando la vio sacar su lengua y pasearla por sus labios, para terminar en un gesto que le provocó suplicar que le diera sus atenciones con ella… más abajo. —Gracias. —¿Gracias? —dijo él con la voz entrecortada y patética que la hizo sonreír. —Por intervenir. Lamento lo que sucedió. —También es tu amiga. No era una pregunta. Verla defender a esa chica con tanto valor fue admirable. Ella asintió. —Te debo una. —No me agradan las deudas, Livia, aunque sé cómo puedes pagarme. Franco sonrió, pero hizo una mueca al sentir el tirón sobre la mejilla. Livia limpió con un poco de fuerza la herida más grande y él sin preverlo la sujetó de las piernas para detenerla. Ella tembló bajo su tacto y él sintió el tirón inmediato en su entrepierna. Así que se atrevió a lanzarse al vacío de su imprudencia. —Hagamos esa prueba —dijo con la voz ronca, deslizando sus manos hacia arriba, sintiendo los bordes delicados de su tatuaje. —Eres mi jefe y yo tu empleada. Ella sonreía, no obstante la piel erizada bajo su tacto decía algo muy distinto a la seguridad que mostraba en el rostro. —Pero también somos adultos —susurró él antes de morder la tela sobre su sostén. Ella se arqueó de manera sensual y Franco perdió el control. —Quiero probarte, Livia Ávalos. Quiso agregar que quería hacerlo como tanto se lo imaginó años atrás, pero no lo hizo. Fue su mano exigente, la que subió por las intrincadas líneas hasta que ya no había espacio para avanzar y se desvió al interior de su muslo, acariciando el encaje de sus bragas y lo que lo hizo jadear con anticipación. —No quiero confusiones. Es solo sexo —advirtió ella en medio de una respiración tan agitada que lo endureció aún más. —De acuerdo. Solo sexo —respondió, haciendo a un lado la tela e introduciendo un dedo en ella. —Solo una vez. Livia cerró los ojos, pero al abrirlos, sus pupilas se habían dilatado tanto que él quiso encender todas las luces para notar cada uno de sus cambios. Sin embargo, en vez de alejarse, introdujo un dedo más. —¿Y si nos gusta? —¡Claro que te va a gustar! —bromeó ella en medio de una carcajada que se cortó por un fuerte gemido cuando él bombeó con más autoridad—, pero yo no repito. Livia lo empujó como una fiera, con ambas manos sobre el colchón. Él se tuvo que separar de su interior, pero no estaba del todo arrepentido, pues fue ella misma quien se quitó las bragas frente a él y se ofreció a darle una mano para deslizar fuera el pantalón y el bóxer. —Preservativo —dijo ella y él se le quedó mirando como un imbécil por un largo rato. —¡Ah, claro! En la cómoda. Se frotó el rostro con ambas manos y se sintió desfallecer al sentir el aroma de Livia en una de ellas. Escuchó que ella silbaba divertida y él ignoró el comentario sobre si eran distribuidores exclusivos de tantas marcas, texturas y sabores, para ordenarle: —Ven aquí, ¡ahora! —No te equivoques, Baumann. Aquí quien manda soy yo. La vio cortar con sus dientes el empaque de uno de los preservativos y luego subir al colchón con una gracia felina. El reconocimiento fue inmediato y él se sintió orgulloso de que su gran aliado en esas batallas no le fallara. Ella se lo colocó con maestría y sin soltarlo, le mordió el cuello haciéndolo gemir. Se deslizó sobre una de sus tetillas y lo lamió con fuerza arrancándole un grito salvaje. Ella misma se subió el vestido, revelando la tinta de la mitad de un mandala con estrellas colgantes, muy sensual. A Franco no le dio tiempo de observarlo demasiado, porque ella se apoderó de él, absorbiéndolo despacio, volviéndolo loco. —¡Oh, Dios mío! —gimió al sentirla. La sostuvo de la cadera y la empujó un poco más para ir a su encuentro. —No, sin blasfemias. Soy Livia —susurró sobre su boca, atrapando sus labios con autoridad. Cada beso lo sentía en el m*****o, pero fue ese mismo movimiento que lo había torturado por años que lo hizo girarla y tomar el control. Ella usó la boca para hacerle una felación a su lengua, una tan exigente y experta que estuvo a punto de c******e al tener la sensación en ambos lugares a la vez. —Ahora mando yo —replicó él, colocando su espalda sobre la cama con facilidad mientras él quedaba de rodillas para ayudarle a quitarse el vestido. Solo fue capaz de bajar de nivel el sostén y apoderase de uno de sus pezones. Había soñado tantas veces con poseerla, con enseñarle que era más de lo que ella creía y que era capaz de hacerla sentir más que todos aquellos que ocuparon su lugar durante años. —Así… Livia gemía con fuerza y Franco sonrió al verla. Quizá no tenía planeado llevarla a la cama, pero cómo lo estaba disfrutando. Se introdujo en ella con fuerza. Una y otra vez, tomando su boca, su cuello, sus senos y luego bastó un movimiento de cadera para hacerla gritar. Fue la convulsión más sexi que había visto en una mujer, lo que lo arrastró poco después a temblar sobre ella y desintegrarse en su interior con un sonido áspero al final. La dejó en libertad y se acomodó a su lado para recobrar el aliento. Sintió que ella se movía, pero se sentía mareado y tras sus párpados aparecieron luces de colores, así que no la miró. Esperaba recobrar el aliento pronto, porque moría de ganas por volverla a tomar, pero el sonido de más tela lo obligó a mirarla. —¿Dónde crees que vas? —dijo al ver que se ponía la ropa con una velocidad pasmosa. —Primero, al baño —respondió al cerrar la cremallera lateral del vestido y luego acomodar su corto cabello con los dedos—. Segundo, con mis amigas. A tomar una copa y después, a casa. Nos vemos mañana a primera hora, jefe.
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