—Creo que eso es todo—, le dijo Vivi a Teo, apartándose el pelo de la frente sudada y observando el desorden que los rodeaba.
Acababan de subir una mesa de centro por dos tramos de escaleras y la habían colocado en medio de la habitación. Todo el apartamento era un caos de pertenencias, un laberinto formado por muebles, libros, electrodomésticos y cajas de quién sabe qué.
Teo la miró, la empujó hacia una silla y fue a la cocina a buscar un vaso de agua. Se lo ofreció cuando ella mostró su sorpresa. Se lo acercó insistentemente a la cara cuando ella no hizo ningún movimiento para cogerlo.
—Estás sonrojada, deberías relajarte un momento—, dijo. —Recuerdas que estás embarazada, ¿verdad? ¿Estás esperando un bebé?
Vivi le quitó el vaso de las manos y se lo bebió de un trago. Dejó el vaso sobre la mesa y lo miró.
—Gracias—, dijo.
Él se limitó a mirarla y abrió una caja de libros. Sacó algunos y empezó a colocarlos en las estanterías, agachándose y estirándose mientras realizaba la tarea. Tenía una espalda bonita, hombros anchos y músculos que se veían claramente bajo su camiseta azul claro.
Vivi lo observó durante un minuto, fascinada. El hombre que estaba viendo no era nada comparado a los que antes había conocido. Quizás podría decirse que era el único en su especie, se le estaba haciendo agua la boca, pero rápidamente sacudió la cabeza ante esos pensamientos sucios.
—¿Te gusta lo que ves?—, preguntó él sin darse la vuelta.
Ella dio un respingo al oír su voz. Parece que la había tomado desprevenida. Así que sonrojada le respondió:
—Bueno, eres lo único que se mueve en la habitación, ¿sabes?—, dijo a modo de explicación.
Él se dio la vuelta para mirarla, con libros en ambas manos y una pequeña sonrisa en el rostro.
—Por supuesto, ¿en qué estaba pensando?—, preguntó retóricamente.
Vivi exhaló un suspiro y se dirigió al baño para deshacer las maletas allí. Acababa de pasar las últimas tres horas frente a él, rodeada de cajas y muebles, mientras él se esforzaba, resoplando y jadeando, y luciendo en general muy atractivo. También desprendía una fragancia, una loción para después del afeitado que no le resultaba familiar y que le distraía mucho. Necesitaba alejarse de él un rato.
Guardó varios ungüentos y suministros en el armario, abriendo envases que le parecían interesantes, oliéndolos y tocándolos con curiosidad. Roció una pequeña botella verde y descubrió el origen de su embriagador aroma. Olfateó el aire con aprecio.
—Oye, Matteo—, llamó al salir del baño, agitando la mano para intentar disipar los olores del baño y ocultar el hecho de que había estado revolviendo entre sus cosas. —Eh, sobre el dormitorio...
—Sabes, creo que nuestras vidas ya van a ser lo suficientemente complicadas fuera de este apartamento, intentando mantener la apariencia de un matrimonio —dijo Matteo desde su posición en la escalera de mano en su pequeña cocina—. Creo que aquí, dentro de estas paredes, deberíamos intentar mantener las cosas sencillas, ¿no? —Se apartó el pelo de los ojos—. ¿Qué tal si me llamas Teo, como le dijiste a tu abuela? Y yo te llamaré Vivi.
Ella consideró sus palabras mientras guardaba los cubiertos en el cajón correspondiente.
—¿En serio? Me preocupaba que te ofendiera lo de “Teo”; iba a disculparme por eso...
Él le sonrió. Mostrando un pequeño hoyuelo en su mejilla lo que lo hizo parecer aun mas tierno. Su sonrisa era perfecta.
—No, al contrario, me gusta—, dijo con entusiasmo. —Teo suena como un buen tipo, ¿sabes? Como si le pidieras a Teo que te acompañara a la biblioteca cuando no quisieras ir sola. O como si Teo fuera el primero en ofrecerse a cortar las verduras para la cena.
Ella lo miró fijamente.
—¿Cortar verduras? ¿En serio?—. No pudo reprimir una risa.
Él asintió con la cabeza y siguió colocando papel protector en el estante superior.
—De acuerdo, seremos Teo y Vivi—, dijo ella, asintiendo con la cabeza.—Bueno, en fin, Teo—, dijo, sonriendo un poco para disimular su vergüenza. —No hemos hablado del dormitorio—. Y, debido a su color de piel, su rubor se hizo evidente de inmediato. Cruzó los brazos bajo los pechos, un gesto que él no pasó por alto.
—¿Sí? ¿Qué pasa con el dormitorio?—, le preguntó inocentemente.
—Bueno, este no es el apartamento que pensaba que íbamos a conseguir, para ser sincera, y solo hay un dormitorio...—, dijo con incertidumbre, sonrojándose aún más.
Finalmente, se compadeció de ella y se volvió hacia ella.
—Mira. Los dos somos adultos, ¿no?—. La miró con atención. —El sofá que acabamos de traer aquí costó cincuenta dólares en la tienda de segunda mano y debe de tener al menos treinta años. No quiero dormir en él, y no creo que tú quieras hacerlo tampoco. Ambos podemos hacer algo para que no tengamos problemas si es lo que tanto te preocupa.
Ella negó con la cabeza.
—La cama es bonita y grande, cada uno puede tener su propia manta, creo que nos las arreglaremos, ¿no? —. Observó su reacción. —Te doy mi palabra de que esto no va a ser un problema para mí. En absoluto. ¿Va a ser un problema para ti? porque te doy mi palabra que ante todo soy un caballero.
Ella lo miró y suspiró profundamente.
—¿De verdad? ¿En absoluto?—. Se recuperó rápidamente del significado involuntario de sus palabras.
—No, tampoco será un problema para mí—, dijo con firmeza. —Podemos compartir la cama.