Había correo recientes en el buzón, una factura del gas y una nueva revista de moda. Pero no había ningún sobre de Inglaterra. Silvia no se había dado cuenta de la ansiedad con que había estado esperando otro sobre hasta que no llegó.
Y ahora estaba absolutamente abatida, mientras una fina lluvia caía de un cielo metálico y limpiaba las aceras. Silvia permaneció como una idiota mirando el buzon. No había nada peor en el mundo que alimentar la esperanza de obtener algo y luego no conseguirlo. Pensó que iba a llorar.
— No puedo soportarlo. No puedo soportarlo, estoy cansada de todo esto.
Murmuró una y otra vez mientras volvía al apartamento. ¿Porqué no llegaban más sobres? ¿Por qué tenía que pasar por esta mortal impaciencia.
Una vez en su apartamento, Silvia se sirvió un gran vaso de vino y se instaló en el sofá. En cuestión de minutos, Su gata estaba en su regazo, ronroneando y acariciandole el estómago como para hacerle saber que estaba contenta de su compañía.
— No sé qué me pasa, gatita no entiendo nada.
Le cuchicheó tiernamente.
Nunca había estado así. Se está convirtiendo en una obsesión. ¿Por qué? ¿Qué lo está causando? ¿Es ese hombre? ¿Cómo puede alguien que lleva más años de muerto y tener tanto control sobre mí?.
Sorbió el vino y sintió aumentar la temperatura de la habitación. Quedó envuelto en una manta de calor; una envoltura adormecedora, agradable, que hizo relajarse y reclinar la cabeza. Se había quedado dormida y otra vez un sueño se le reveló en sus más profundos sueños.
"Dos grandes hombres la sacaron de hay como una esclava sin dueño, como una vil delincuente sin saber porque la trataban así comenzó a gritas.
— No me traten así, tengo dueño soy la esclava del príncipe.
— Príncipe nada, aquí todo los indios son iguales sin amos o no.
— Por favor no me hagan daño.
— Vamos llevemos la a dónde nos dijeron. Ella se extraño con lo que dijeron.
Los hombres se la llevaron a un claro en las adyacencias del pueblo y hay la lanzaron al suelo. Ella solo estaba angustiada de lo que le podrían hacer, entonces se levantó, cuando lo hizo uno de los hombre la golpeó fuertemente que cayó al suelo, con el labio roto, y la cara roja, se volvió a levantar. Entonces se dió cuenta que alguien estaba detrás de ella, cuando dió la vuelta lo vio era aquel hombre, que no le gustaba cuando Carlos los presento.
— Tu... Que haces aquí y con estos hombres.
— Mi bella indiecita, desde que te conocí te he deseado con todo mi ser.
— Por Dios eres el mejor amigo de Carlos.
— Si.. pero el no se merece nada de lo que tiene.
— ¿Que quieres?. Selva se puso muy nerviosa, sabía que era lo que deseaba.
— Ya veo que estás nerviosa, te debes de imaginar lo que deseo.
— De mi no... obtendrás nada.
— Que si no, agarrarla.
Cuando los hombre la sostuvieron, Andrés Mancillo su dignidad, la tomo con gran brutalidad que la dejo en mal estado moral. Luego los otros hombre la tomaron igual que Andrés.
— Eres la mejor mujer que he conocido.
Cuando Andrés volvía a tomarla, ella ya no podía más y con violencia, agarro y lo rajuño con tal fuerza y el con tanta rabia la golpeó. Entonces al ver Andrés sangre que corría por su rostro, el la agarro con tal fuerza por los cabellos y saco de su alforja una daga. Cuando Selva miro la daga, se puso fría y sintió como el, la clavaba en su pecho, rasgando la carne y introduciéndose en su corazón que latía rápidamente. Ella cuando agarro la daga se había dado de cuenta que era su obsequio que le había dado si abuelo. Entonces cayo al suelo como un plomo, y mirándolo le dijo.
— Vas a morir, Andrés... Carlos te va a matar. Lo que hacia era reírse de ella, entonces salió corriendo de el lugar."
Casi al instante, se levantó gritando no podía creer lo que le había pasado, lo había sentido real. Sus días se pesadilla regresaron con más fuerza. y no comprendía el porque. Fue
como si hubieran estado encerrada detrás de una puerta durante
muchos años hasta que ahora, por algún motivo desconocido Silvia,
hubieran encontrado una llave que abría esa puerta.
Y unos recuerdos que estaban allí dormidos despertarán para atormentarla, se agitaron en su mente imágenes, rostros, secuelas de un pasado que no recordaba. Había otras imágenes también. Eran fragmentos de su infancia en aquel templo escondido del mundo, de su
ida de la selva a la capital, lo doloroso de crecer sin padres y quedar bajo los cuidados de su abuelo y después de su tío.
Silvia no tenía ni hermanos, ni hermanas. Sólo su tío durante tanto tiempo como alcanzaba a recordar. Y su abuelo, su único pariente y compañero, ella había sido una persona difícil de soportar.
Otra visión surgió brevemente en su mente algo que había olvidado. Y que ahora recordaba se levanto y fue al tocador y entre su ropa interior saco un collar a juegos con unos zarcillos, como podía haberlo olvidado. En algún momento los llevaba siempre puestos hasta que un día decidió guardarlos. Su amiga los vio y señalándola, dijo:
— ¿Que es eso, Silvia?
Una mirada de nostalgia había cruzado su rostro. Ocultó precipitadamente con su mano las joyas. Entonces llorado durante una hora, hasta su amiga la abrazo.
— Cuando tenía trece años, mi abuelo me dió estas joyas, mis padres la hallaron el ese dichoso templo y mi abuelo las guardo hasta que tuviera edad suficiente para llevarlas.
— Porque ahora las quieres usar.
Le había dicho Perla.
— Porque ahora me acordé de ellas, que las tenía guardada por mucho tiempo y me acordé de ellas en este momento.
Cuando sonó el teléfono, Silvia se incorporó, apartando a su amiga. Se
tambaleó sobre unos pies dormidos y se frotó la cara antes de contestar. Para su sorpresa, se seco una lágrima de la mejilla.
— Hola, cariño. ¿cuál es el veredicto?
Por un instante, no supo quién era, luego dijo apagada:
— Oh tío estoy mal, mi amiga está aquí a mi lado, será que puedes venir y hablamos.
— Me acércare hasta allá. dijo el.
— Gracias tío te esperaré.
— ¿y vamos no tomamos un café, entonces?
— Está bien tío.
—Perfecto. Te vere más tarde. Adiós, cariño.
Silvia permaneció largo tiempo junto al teléfono, como hipnotizada. Al
poco, volvió gradualmente en si y se dio cuenta de que su amiga estaba a su lado y me dijo.
— Me preocupas mucho amiga desde que llego esos sobre a tus manos estas extraña.
— Ni yo misma me comprendo, me siento fatal desde que toda mi vida cambio a causa de esa noticia y la llegada de ese manuscrito.
— Bueno amiga que puedo decirte
Sólo había una cosa que ella quiera hacer ahora, y era alejarse de aquellos
recuerdos de su mente. Olvidar el terror que vivió en aquel templo. Hacer desaparecer la tristeza de su infancia. Y volver a poner tras la puerta cerrada todo lo vivido. Desenterrar el pasado no servía de nada. Unicamente le hacía sentirse
fatal y verter lágrimas amargas, estaba cansada.
Silvia logró eliminar, en parte, la oscuridad y el silencio.
Mas, cuando las caras de sus padres amenazaron con persistir, Silvia llegó a un acuerdo consigo mismo: no quería estar sola.
Antes que su tío llegara. Marcó a la doctora Magnolia y tras pensar un minuto ella contesto.
—¿Diga?
— Doctora Magnolia soy yo Silvia.
Una pausa.
— Vaya, hola. ¿Cómo está?
— Muy mal. Escuche, sé que es viernes y se que es tarde, necesito de su ayuda.
Ella no respondió.
— Son los manuscritos.
Prosiguió ella.
— Necesito ir a su casa, no sé si por la tarde usted pueda, necesito hablar cosas.
—Me encantará atenderte.
— ¡Fantástico! ¿A qué hora quiere que vaya?
Silvia suspiró aliviada.
— ¿Te parece como a las tres de la tarde?
— Está muy bien.
— Bueno te espero a esa hora.
— La veré a las tres gracias Magnolia.
— Sí. Y gracias por llamar y tener mi confianza.
Después de haber colgado, no estaba tan segura de haber hecho lo correcto. De hecho, no estaba realmente segura de por qué lo había hecho. Había actuado por un impulso o la desesperación. Estuvo en la sala a esperar a su tío, cuando en ese momento su amiga se pone ha hablar con ella.
— Vamos Silvia todo pasará.
— Pasará y esta sensación de desesperación que es.
— Vamos amiga hay que ponerle un mundo, se que no es fácil tu vida.
— Que te puedo decir.
— Nada solo que tienes que se paciente.
— Paciente estoy desorientada no sé que hacer con mi vida ahora.
— Muy fácil vamos haz lo que sabes hacer sonreír.
Silvia medio se rió, pero en ese momento se sintió bien, con lo que le había dicho su amiga.